Análisis

Carlos Toranzo Roca: Premio consuelo, un chuflay

“Lindas montañas te vieron nacer, el Illimani tu cuna meció, collita tenías que ser”. Más o menos así dice la canción y ella nos transporta a pensar en nuestra ciudad, en nuestra La Paz. Cada que escucho esa canción me da mucha emoción, como también la piel se me eriza cuando oigo Illimani majestuoso y sus demás frases casi mágicas.


 No sólo el 16 de julio, no únicamente el 20 de octubre, vemos el Illimani, lo vemos todos los días. Unas veces las nubes caprichosas lo tapan y nos impiden contemplarlo, en otros momentos el sol lo pone más bello. En fin, cada día cambia, pero cotidianamente nos gusta más. Quienes hablan de cambio climático nos dicen que lo veamos cada día, muchas veces, pues en el futuro ya no tendrá sus nieves “eternas”. Sin tener esa advertencia, el Illimani era y es parte de nuestro cotidiano, de nuestra vida de altura.


 Estamos acostumbrados a los cerros, ellos nos dan la clave de la orientación, sabemos descubrir sus colores, las variaciones de ellos en cada estación. Cuando vamos a lugares planos, donde domina el llano, sentimos que es una delicia caminar sin cansarse y acezar, como sucede en nuestras cuestas, en esta La Paz llena   de calles Landaetas y Pichinchas, o de otras calles más llenas de gradas, donde, al subir la grada número cien el corazón ya no aguanta nada, ni siquiera un flechazo amoroso.  Pero en esos lugares planos, al sentarnos a descansar, luego de las caminatas, nos damos cuenta que nos faltan nuestros cerros para saber hacia dónde vamos, para orientarnos.

 En La Paz cada día nos damos cuenta cómo cambian los colores de nuestros cerros. Es una delicia entrar a Aranjuez y asombrarnos con las distintas tonalidades de los colores, con sus rojos profundos. Más todavía si entramos a los valles más lejanos, donde los cerros cuidan a los valles de Río Abajo. Ahí hasta los colores cenizos tienen su encanto.

 Hay quienes me han dicho que viviendo en un país mediterráneo, y más todavía habitando una La Paz, rodeada de cerros, uno puede estar preso del encuevamiento, puede estar cerca del encerramiento de las ideas. No niego ni afirmo eso, puede suceder. Es más, existen muchos paceños que somos muy cerrados, muy encuevados al hablar, nuestro masticar exagerado de las sss nos dice que algunas veces nos falta mundo, que creemos que ésta es la mejor ciudad del planeta, lo cual, obviamente, no es cierto. 

 No faltan paceños que confunden el parque de los monos con Chapultepec, de México. Ésos son unos exagerados, pero los hay. Hay quienes creen que desde La Paz se va a salvar el planeta Tierra, cuando La Paz se inunda con una lluvia tenue y nadie la salva. Otros paceños creen que desde esta ciudad, o desde la plaza Murillo, se puede cerrar el agujero de ozono, cuando, en realidad, en la “hoyada” no se puede ni tapar los hoyos de sus calles. 

 Pero, nada de eso nos impide gozar y querer a nuestra ciudad y a nuestro departamento, con sus bellezas y sus horrores, como algunos mercados nuevos, que son como una Lanza al hígado.

  Hoy quería tomar un “coptelito” de mandarina yungueña, hacerlo en homenaje a las tradiciones y para atender a mi familia. Quería también regalar unas naranjas y mandarinas yungueñas, sabrosas y fraganciosas a mi nieta, que no ha conocido esos placeres yungueños. Quería hacer eso, pero me doy cuenta que sí hay singani, y cada vez más bueno, me refiero al Rujero   y al Casa Real, y no a otros con nombre de santos. Pero, paralelamente, reparo que las mandarinas sabrosas y perfumadas de antes ya desparecieron, se las llevó por delante la coca y sus “interculturales”. 

 No quiero a los narcos por razones obvias, pero los detesto más porque han hecho desaparecer las mandarinas y quizás maten todos los cítricos yungueños. 

 Premio consuelo: haré un coctelito de toronja. Me apuraré en hacer un buen jugo, pues quizás de aquí a algunos años, si el narco sigue como hoy, quizás sólo podamos tomar chuflay, pues gracias a Dios todavía se encuentra Ginger Ale, (no Sprite, ni Seven UP, Ginger Ale).
 Creo que debemos hacer una campaña mundial contra el neoliberalismo cocalero para salvar a las mandarinas yungueñas de su extinción. Sí, contra el neoliberalismo, porque lo más neoliberal del país es la plantación de coca.

Carlos Toranzo Roca es 
economista y analista.