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Monseñor Sergio Gualberti: “Gracias al Resucitado la vida es para siempre”

Homilía de Mons. Sergio Gualberti.
Pronunciada en la Catedral de Santa Cruz el 21 de abril del 2019 9

Cristo ha Resucitado”. Así se saludan, en algunos países, los cristianos el día de Pascua, la fiesta de la vida y de la alegría por la victoria de Cristo sobre el maligno, de la gracia sobre el pecado, de la verdad sobre la mentira, de la humildad sobre la arrogancia del poder. Cristo ha resucitado para no morir más y todos nos encaminamos exultantes detrás del Resucitado para gritar con alegría la noticia más extraordinaria de toda la historia de la humanidad.

Vida, esperanza y paz, signos de salvación de Cristo resucitado que vuelcan las reglas del mundo

La vida, la esperanza y la paz son los signos destacados de la salvación que Cristo Resucitado nos ha adquirido por amor, la realidad que vuelca las reglas de este mundo y que nos abre a la novedad siempre actual de este anuncio.

Cristo no ha quedado sepultado en una tumba, está vivo y es nuestra vida

El evangelio de hoy, nos narra que el primer día de la semana, el domingo, los discípulos Pedro y Juan, avisados por María Magdalena, corren al sepulcro y lo encuentran vacío, tal como ella les había dicho. Ellos quedan desconcertados, porque todavía no comprenden que Cristo debía resucitar de entre los muertos, a pesar de haberlo anunciado en varias oportunidades. Cristo no se ha quedado sepultado para siempre en una tumba, está vivo y es nuestra vida!.

La resurrección, es un nuevo modo de existencia que escapa a nuestro entendimiento humano

 ¡Vive el Señor de veras!“, hemos proclamado hace unos momentos en la secuencia. La “Vida” es la respuesta definitiva del Padre a los que han gritado: “crucifícalo”, a los pregoneros de muerte de entonces y de todos los tiempos y lugares. Y el milagro de la vida nueva del Resucitado inicia precisamente desde la muerte, cuando el enemigo pensaba haberlo vencido. La resurrección no es un retorno a la vida física de antes, sino un nuevo modo de existencia que escapa a nuestro entendimiento humano, una vida inefablemente trasformada y gloriosa, la vida divina.

Gracias al Resucitado ya desde ahora, en nuestra existencia terrenal, los cristianos gozamos del don la vida nueva de hijos de Dios, en espera de la vida plena y eterna. La vida nueva que nos induce a dejar el hombre viejo egoísta y obcecado en su propio yo y orgullo, a abrirnos a nuevas relaciones con Dios y con el prójimo y a revestirnos de los sentimientos de Cristo y el amor, signo de la unidad perfecta.

Gracias al Resucitado la muerte es solo un momento fugaz

Gracias al Resucitado que, de una vez por todas ha abierto las puertas del Paraíso a la humanidad, el dolor se acaba y la muerte ya no está, es solo un momento fugaz. Es cruzar las tinieblas de un umbral y ver la luz que entra por todas las ventanas de la vida y encontrar la paz y la felicidad que tanto buscamos, como dice una poesía del P. Martín Descalzo escrita poco antes de su muerte.

Gracias al Resucitado la vida es para siempre

Gracias al Resucitado, mas allá de nuestra vida terrenal, es siempre “Vida”, porque la “Vida” es para siempre. Este es el Credo que las primeras comunidades cristianas han llevado con gozo y emoción a todo el mundo entonces conocido, la profesión de fe testimoniada por el apóstol Pedro, como hemos escuchado en la primera lectura: “Ustedes conocen lo que aconteció… Jesús de Nazaret, consagrado por el Espíritu Santo en el bautismo, pasó haciendo el bien y sanando a todos, lo crucificaron, Dios lo ha resucitado y está vivo… y nosotros somos testigos“.

La esperanza del resucitado nos preserva del egoísmo y nos conduce a la dicha de la caridad

Nosotros llamados a ser testigos de “Cristo Resucitado”, y como dice la secuencia. “Cristo Resucitado, nuestra esperanza!”. La esperanza del Resucitado que está en nuestro corazón, que nos preserva del egoísmo y que nos conduce a la dicha de la caridad gastando nuestra vida al servicio del Evangelio.

Ser testigos de la esperanza nos exige actitudes de humildad, escucha, respeto y diálogo

Ser testigos de la esperanza del Resucitado en este mundo siempre más sediento de luz, de verdad y de alguien en quien confiar. Ser testigos de la esperanza en esta sociedad y cultura, sumida en el consumismo materialista, indiferente a Dios y a los valores de la trascendencia, desorientada y dividida por tantas injusticias e inequidades y necesitada de reconciliación y paz. Esta misión, además de una fe profunda en el Resucitado, una esperanza viva y una caridad fraterna, nos exige actitudes de humildad, escucha, respeto y diálogo.

La paz, don de la resurreccion, es vida digna, armoniosa y fraterna entre todos los seres humanos

El otro don de la resurrección es la paz, la primera palabra con la que el Resucitado saluda a sus discípulos: “La paz esté con ustedes“. No cualquier paz, sino su Paz: “La paz les dejo, mi Paz les doy”. La Paz don y fruto de su amor y de su entrega al Padre y a la humanidad. Paz que es mucho más que la falta de conflicto y de guerra, paz que es vida digna, armoniosa y fraterna para todos, paz que brota de las nuevas relaciones de hijos con Dios nuestro Padre y de hermanos entre todos los seres humanos.

La paz, es un don de la resurrección para todos los seres humanos e implica convertirnos en operadores de la paz.

Es cierto que la paz es un don del Resucitado pero un don a compartir con los demás, por eso es también conquista humana, como respuesta agradecida a Dios. Esto implica convertirnos en “operadores de paz”, paz fruto de la justicia, la libertad, la verdad y el amor, como escribía el Papa San Juan XIII en su Encíclica “La Paz en la Tierra”. La sacralidad de la vida y dignidad de todo ser humano, en cuanto hijo de Dios, sin distinción ni discriminación alguna, es el principio conductor que nos tiene que inspirar en esta misión.

Ser operadores de paz nos lleva a testimoniar con gozo y valentía la novedad de la Pascua, la fiesta de la liberación de toda clase de esclavitudes y males.

Estamos llamados a abrir horizontes de vida y amor donde hay divisiones, enfrentamientos y victimas de la violencia

La fiesta que nos invita a mirar arriba, a abrir horizontes de vida nueva y de amor, en particular, allí donde hay divisiones y enfrentamientos, donde hay víctimas del odio y de la violencia, donde hay hermanos que sufren en carne propia la deshumanización, la pobreza y la marginación, consecuencias de las injusticias, de las desigualdades escandalosas en favor de unos cuantos privilegiados.

No nos juguemos nuestra vida por los bienes materiales que perecen sino por la Buena Noticia del reino de Dios

Mirar a nuevos horizontes es lo que nos pide San Pablo en su carta a los cristianos de Colosas:” Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios…”. Es el pedido a no ser pasivos y emprender con decisión el camino de la conversión radical, el cambio de mentalidad, de corazón y de conducta. “Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra”. No nos juguemos nuestra vida por los bienes materiales que perecen, sino por la Buena Noticia del reino de Dios y así alcanzaremos los bienes eternos.

No nos acobardemos por nuestros límites y debilidades, el vencedor de la muerte y del mal, el Señor de la vida está con nosotros

La tarea que nos espera es ardua y por eso el riesgo es de acobardarnos, porque somos conscientes de nuestros límites y debilidades. Sin embargo, el Resucitado, al igual que a sus discípulos nos dice: “No teman, soy yo”, soy el Resucitado, el vencedor de la muerte y del mal, el Señor de la vida y de la historia, y estoy aquí entre ustedes para animarlos, guiarlos y fortalecerlos.

Cristo ha Resucitado… ¡Vive el Señor de veras!

Con esta certeza de habernos encontrado con Jesucristo vivo y de poder contar con su auxilio, vayamos alegres y felices a anunciar a todos la Buena Noticia: “Cristo ha Resucitado¡Vive el Señor de veras!”. Aleluya, aleluya. Amén.

Foto: Javier Vargas