Análisis Reflexión Dominical

Mons. Eugenio Scarpellini: “La resurrección de Jesús no puede ser superficial o ciega”

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Así lo ha manifestado el Obispo de El Alto, Mons. Eugenio Scarpellini, la mañana de este Domingo de Pascua,  recordando que a nuestro lado sigue habiendo pobres y marginados y es la esperanza cristiana, fundada en la resurrección de Jesús, la que sana desde la justicia rechazando todo lo que se plantea como muerte en nuestra sociedad: violencia, corrupción, manipulación de la verdad para comunicar al mundo entero que “Cristo ha vencido la muerte, Cristo está vivo y es nuestra esperanza”, remarcó, durante su homilía desde la Basílica Menor de San Francisco en la ciudad de La Paz.

Homilía Mons Eugenio Scarpellini

DOMINGO DE PASCUA – 2019

“Cristo ha verdaderamente resucitado y es nuestra esperanza”

Querida comunidad,

Acabamos de celebrar el triduo pascual, hemos contemplado el don único y eterno de la Eucaristía donde Cristo se hace presencia real y misteriosa, de manera anticipada, de la muerte y resurrección; hemos contemplado a Cristo en el camino del Calvario y de la Cruz y nos hemos alegrado al anuncio de la Resurrección en la vigilia pascual.

Exulten… Es el grito que hemos proclamado a noche en el Anuncio Pascual: Exulten por fin los coros de los ángeles. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, Alégrese también nuestra madre la Iglesia.

Es el mismo anuncio que el Apóstol Pedro hace a la gente en Jerusalén: “Nosotros somos testigos de todo lo que Jesús hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día”.

La Buena noticia del Resucitado se hace testimonio misionero en la primera comunidad. Pero todo eso no está exento de dificultades, de tribulaciones y persecuciones.

Pedro no calla todo lo que ha acontecido con Jesús: de como ha pasado haciendo el bien para todos y curando a todos los que habían caído en poder del demonio. Denuncia abiertamente a los judíos porque lo han condenado y matado suspendiendo al patíbulo, manipulando la justicia para fines e intereses personales y de grupo: “Mejor que uno solo muera en lugar de todo el pueblo”. Ayer como hoy, la injusticia hacia los más débiles, las muertes de inocentes siguen levantando el grito: “¿Dónde estás o Dios?”

La alegría de la vida nueva de la resurrección de Jesús no puede ser superficial o ciega: a nuestro lado, sigue habiendo pobres y marginados, siguen atentados a la vida por el aborto y violencia a menores; el desconocimiento de la libertad de conciencia de profesionales en salud, educación y comunicación atenta a lo más íntimo y profundo de la dignidad e identidad de la persona humana. La migración, fruto de la pobreza, atenta a la familia, la corrupción y el narcotráfico hieren profundamente nuestra sociedad. Por tantas llagas de ayer y hoy, Jesús muere en la cruz. Es el silencio de la muerte.

Pero en la madrugada, Maria y las mujeres van al sepulcro, encuentran que la piedra está quitada, la tumba está vacía. Este hecho, reactiva en Maria el dolor de la pasión, el afecto está puesto a prueba. «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». El cariño y el amor de discípula de María no terminan en la muerte, perduran en su memoria, mantienen viva su fe, son anticipo, prefiguración del anuncio que Cristo está vivo.

En otro relato de la resurrección, los ángeles invitan a las mujeres a tener fe y superar el miedo: miedo a la muerte, a la oscuridad, a las fuerzas del mal, porqué Jesús ha resucitado, está vivo.

Pedro y Juan corren al sepulcro y lo encuentran vacío; de Juan se dice: “vio y creyó”. La fe le permite ir más allá de las apariencias y posibles explicaciones humanas. Cree que la muerte no es la última palabra sobre la vida, su esperanza se afianza y es fuente de consuelo.

Entonces, como hemos proclamado a noche, es justo y necesario exultar porque Cristo “ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán, ha derramado su sangre y cancelado el recibo del antiguo pecado, se han roto las cadenas de la muerte y asciende victorioso del abismo”.

El gran misterio del amor, de la misericordia de Dios llena de esperanza, abre el corazón a la vida. Pero, esta misma misericordia del Padre necesita ahora que los discípulos continúen la misión de Jesús: recomenzar desde Galilea, es decir la misión de Jesús es ahora nuestra misión: revelar la misericordia del Padre para con los pobres y pecadores, las víctimas y los marginados.

San Pablo, en su carta a los Romanos, nos invita a comprender nuestra nueva condición que es al mismo tiempo nuestra misión: “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra”.

Queridos hermanos, por el bautismo, hemos muertos con Cristo y somos resucitados con Él; llevamos una vida nueva, la vida de la resurrección; ha sido destruida nuestra vida de pecado para que vivamos para Dios, como Él.

Ahora, preguntémonos ¿Cómo podemos ser testigos gozosos y convencidos de Cristo en nuestras familias, colegios, trabajos, comunidades y barrios?

Misioneros de la vida

Cristo resucitado nos trae la vida nueva del Padre; es una vida dada a los apóstoles, es una vida que debemos comunicar al mundo haciéndonos presentes en los diversos ambientes y saliendo a las periferias existenciales y geográficas del mundo para ir al encuentro de los alejados. Es la vida nueva liberada del pecado, construida en comunidad y fraternidad. Es la boda nueva de hijos de Dios y hermanos entre todos.

Misioneros testigos de la esperanza

La resurrección nos invita no sólo a creer en Dios, sino a creer que la persona de Jesús, su mensaje y su obra de liberación, su misión profética, su destino de muerte violenta e injusta y su esperanzadora vida nueva en la resurrección constituyen la sorprendente Buena Noticia de la salvación para los seres humanos.

La misión de la Iglesia, nuestra misión, consiste en llegar a todos los ámbitos de la vida humana, de manera especial en ir a los espacios de muerte, de decepción y de desesperanza, en ir al mundo del dolor y del desconsuelo, para oír y transmitir en el fondo de tanto sepulcro la gran palabra de la esperanza y la alegría que anuncia la vida que procede de Dios Padre. (cfr. Conclusiones V CAM)

Misioneros constructores de un mundo nuevo

La esperanza cristiana, fundada en la resurrección de Jesús, realiza su misión sanando desde la justicia las rupturas que se presentan en nuestro mundo. La sangre derramada por Jesús en la cruz obra definitivamente la más profunda reconciliación entre Dios y humanidad, envía a los discípulos a vivir la solidaridad, a ser constructores de justicia, a vencer lo que todavía mantiene en condiciones infrahumanas a una cantidad demasiado grande de hermanos y hermanas en nuestro país. La resurrección de Jesús nos envía como hijos de la luz, ya no de las tinieblas, a rechazar todo lo que se plantea como muerte en nuestra sociedad: violencia, corrupción, manipulación de la verdad.

Misioneros de la misericordia

Nosotros, comunidad de los resucitados en Cristo, debemos ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Debemos indicar el camino del perdón en un mundo donde la calumnia, las injurias y la mentira son las armas para destruir al otro, al adversario. Estamos llamados a consolar al triste, al decepcionado donde muchas veces hay gente que se ensaña con los débiles, los indefensos y los últimos.

Querida comunidad, salgamos con confianza al encuentro de nuestros hermanos para decir al mundo entero: Cristo ha vencido la muerte, Cristo está vivo y es nuestra esperanza.

Fuente: Diakonia Multimedia CEB – Iglesia Viva