Análisis Reflexión Dominical

Monseñor Roberto Flock: “In fragrante”

Quinto Domingo de Cuaresma – 7 de mayo del 2019

“In fragrante”

Queridos hermanos,

Con las manos en la masa” y “atrapado in fragrante”. Así se dice al pillar a alguien cometiendo un crimen o pecado, como sucedió con la mujer sorprendida en adulterio en el Evangelio. Hoy en día no hace falta descubrir muchos incidentes en el mismo hecho, porque son filmados por cameras clandestinas, o gente que casualmente están presentes, y hasta por los mismos implicados. Cuando las imágenes se viralizan, sobre viene muchas veces la destrucción de la imagen de la persona implicada, también de sus víctimas. Es una forma de “apedrear” que suele apelar a la curiosidad morbosa de las personas. Una vez que una imagen, video o comentario está en las redes, es imposible frenarlo, por bien o por mal.

Si se hubiera podido filmar este incidente en que trajeron la adultera a Jesús, quizás revelaría lo que Jesús escribía en el suelo con su dedo. Es fácil imaginar que anotaba los pecados de los acusadores, pero lo dudo, porque no cuaja con la actitud de Jesús, que no quiso condenar a la mujer, y que luego perdonó a quienes lo crucificaron. Por cierto, Jesús denunciaba con fuerza a los fariseos y otros hipócritas por su falta de compasión y humildad, pero no les nombraba. Otra idea es que escribía citas bíblicas, o que simplemente perdía tiempo para que los viejos reflexionaran. La verdad es que la inspiración divina no veía conveniente revelar el detalle.

Según el Evangelio, trajeron a la desafortunada mujer, no para hacer justicia con ella, sino para complicarle a Jesús. La respuesta de Jesús, nos ha dejado con uno de los dichos más transcendentales de la historia humana: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.”

Entonces, ¿Cuáles fueron los objetivos de Jesús? Por un lado, fue el de desenmascarar la falsa motivación de los acusadores. No fue exactamente salvar a si mismo; pues al fin de cuentas se entregó en manos de sus enemigos. Por otro lado, fue de rescatar a la mujer. Evita que fuera apedreada. Pero también le ofrece un consejo: “Vete, no peques más en adelante”. No sabemos si le hizo caso. Ojalá.

Al contemplar esta escena en la vida de Jesús, y comparar sus objetivos con los de los escribas y fariseos, tenemos que examinar nuestro propio accionar, nuestros propios objetivos y motivaciones. Cuando nos encontramos en semejantes situaciones, a quien nos parecemos: ¿a Jesús? ¿o a sus enemigos? ¿Usamos nuestra astucia para hacer el mal, y luego encubrirlo, o para salvarnos del mal y para salvar a los demás? ¿Queremos escapar las consecuencias de nuestros pecados y luego condenar, apedrear y crucificar a los demás? Dice el Evangelio: “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Ojalá nuestras motivaciones vayan en la misma línea.

Podemos cuestionar también los procesos de la justicia. ¿Cuáles son los objetivos? Aunque no soy abogado, sino pastor, me parece que, en teoría, deberían ser,

  1. Proteger a los ciudadanos y a la sociedad de la criminalidad, y de la violencia y los demás daños que esta provoca.
  2. Restituir o reparar los daños hechos por el criminal o delincuente.
  3. Rehabilitarlos para que puedan contribuir al bien de la sociedad.

Lo que no entra es venganza, que solamente añade nuevos daños en un ciclo interminable de “ajustes de cuenta” que solamente ahonda el mal y aumenta el crimen.

La mejor protección es evitar que el crimen o el pecado suceda. “Conviértanse”, dice Jesús, “porque el Reino se acerca.” Evitar el mal requiere educación, moral, ética, madurez, formación del carácter, y hasta la gracia de Dios. Es tarea de todos.

La ocasión hace el ladrón”, dice un refrán, por lo que evitar el crimen supone reducir las oportunidades, como también crear sistemas de seguridad. Vigilancia, policía, cárcel, multas, castigos, etc. Desgraciadamente estos mismos se convierten en nuevas ocasiones para el mal cuando hay avaricio y corrupción. Por lo que las instituciones de la justicia, de la seguridad y del gobierno requieren personas y procedimientos de la mayor calidad, integridad y transparencia. Es costoso construir, pero fácil destruir. “Cimientos destruidos, ¿qué puede hacer el justo?” pregunta el Salmo 11: Construir nuevos cimientos. Es lo que hace el único justo, Jesucristo.

Restituir los daños supone saber la verdad sobre ellos y la capacidad de hacerlo. Muchas veces es imposible. Nadie puede devolver la vida a un asesinado, o la inocencia a una persona violada. ¿Quién puede restituir los daños a pueblos originarios por los pecados de colonización? ¿Quién puede reparar los daños a la ecología que perjudican el clima y la salud de todo el planeta? Dios promete un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, pero esto pasa por la plena soberanía de Cristo, cuando Dios sea todo en todos.

La verdad, hermanos, es que delante de Dios, todos hemos sido sorprendidos in fragrante, con las manos en la masa, por nuestros muchos pecados personales y colectivos. Delante de él, todas nuestras jochas han sido grabadas, como también nuestros pecados y crímenes, y las faltas de caridad, verdad y fidelidad. Estamos, como esa mujer sorprendida en pleno adulterio, puestos delante de Jesús, Juez de vivos y muertos, y el Acusador insiste en que seamos condenados y apedreados. ¿Qué hará Jesús?

No solamente saca un proverbio para salir al paso en la crisis: “Quien no tenga pecado que tire la primera piedra”. No solo aconseja: “Vete y no vuelves a pecar”. Tiene otro plan, algo más grande, algo definitivo, algo que nadie sospecha. Él será el reo de la justica, tanto humana como divina, Él mismo pagará los daños, y Él rehabilitará a los pecadores. Pero por el momento, sigue escribiendo en el suelo…