Análisis

Monseñor Roberto Flock: “Debe brillar tu luz”

5º Domingo de Tiempo Ordinario – 9 de febrero de 2020

Debe brillar tu luz

Queridos hermanos.

Al ver las noticias sobre la Riada de Cotaguaita, decidí enviar un poco de dinero para expresar la solidaridad de nuestra Diócesis con la de Potosí. Son más o menos 250 familias que han perdido todo. Mons. Ricardo Centellas me envió fotos de la casa parroquial donde un metro de agua y lodo arruinó todo, incluso las pertenecías personales de los sacerdotes. Considerando la magnitud de las pérdidas, quiero que hagamos una segunda colecta el próximo domingo, para ayudarles un poco más y para que nuestra solidaridad no se limite al Obispado, sino sea de nuestro pueblo católico. A nosotros nos llegó mucha ayuda durante los incendios (todavía estamos distribuyéndola), y la Palabra de Dios en la primera lectura hoy nos pide ser solidarios: “Si compartes tu pan con el hambriento y albergas a los pobres sin techo, si cubres al que ves desnudo y no te despreocupas de tu propia carne, entonces despuntará tu luz como la aurora.”

Dentro de poco, entraremos en el tiempo de Cuaresma cuando somos llamados en forma colectiva a la conversión mediante la solidaridad, la privación personal y la oración de acercamiento a Dios. Escucharemos el Miércoles de Ceniza a Jesús quien nos dirá: “Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo.” Irónicamente, con lo que nos dice hoy, parece contradecirse: “Debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.” ¿Cómo podemos conciliar estos dichos?

Primero, Jesús espera que nuestra luz y bondad, no sea para la fama personal, sino para glorificar a Dios Padre. Pues, si hay algo de luz en nosotros, el origen de esta luz es Dios. Fue Él que inició la obra de la Creación diciendo: “Que haya luz”, y por su Palabra, hubo luz. Y fue Dios quien hizo que la luz brillara en las tinieblas, al enviar a Jesús al mundo. Jesús no buscó ninguna fama para sí mismo; predicaba sobre el Reino de Dios como regalo del Padre bueno y misericordioso. Y si Dios realmente reina en nuestros corazones, vamos a desterrar las injusticias y vivir la solidaridad, y no solamente con nuestros vecinos, sino con los alejados.

Segundo, en la Última Cena, cuando nuevamente los Apóstoles se pusieron a discutir cuál de ellos era el más importante, Jesús les llamó la atención, primero con un niño a quien consideraba más importante que ellos, y luego comentando: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así» (Lc 22,25-26).

Esto que critica Jesús es lo que vemos cuando los políticos ponen letreros con su foto para las obras que hacen con la plata del pueblo, y luego hacen la entrega de la obra buscando votos en las elecciones. Si siguieran la enseñanza de Jesús, en el letrero y en la entrega, en vez de su propia foto, pondrían una de los obreros que realizaron el trabajo con el sudor de la frente, y dirían que el pueblo hizo la obra con sus impuestos. Y creo que, de esa forma, ganaría más votos para su reelección.

Jesús dice que nuestra luz debe brillar delante de los hombres mediante buenas obras. Entonces, lo que brilla es la luz y no tanto su portador. La palabra “Lucifer”, apodo del Satanás, literalmente significa “portador de luz”. La leyenda dice que Dios reunió a sus Arcángeles y les consultó: “La humanidad, que he creado en mi propio imagen y semejanza, ha caído en pecado y camina hacia su propia destrucción. ¿Qué hacemos?” Entonces, Lucifer dice, “Permíteme, como portador de la luz, iluminar a la humanidad para que vuelvan al camino de la justicia y del bien. Pero Dios dice: “Esa luz no es suficiente; enviaré a mi propio Hijo, Él será la luz del mundo y el Salvador de la humanidad.” Entonces, celoso y envidioso, Lucifer se rebela contra Dios y se convierte en su enemigo: Satanás.

Si Jesús nos dice que nuestra luz debe brillar ante los hombres, no se trata de una sabiduría o astucia propia, sino la que guía nuestros pasos como discípulos suyos. Vemos esto en el testimonio de San Pablo en nuestra 2ª Lectura: “Cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.”

Un hombre, traicionado por uno de sus discípulos y abandonado por los demás, acusado por las autoridades religiosas y crucificado por el poder político, no parece muy luminoso. Por eso es totalmente rechazado por grupos ciegos como “Sendero Luminoso”, quienes estúpidamente predican la revolución violenta para acabar con la injusticia.

Sin embargo, siendo este hombre crucificado, al mismo tiempo, Dios hecho hombre, es precisamente en la cruz que su luz brilla con mayor fuerza, tanto que derriba y descalifica a Satanás para siempre. Porque esa luz es la que dice con autoridad divina: “Padre, perdónalos”. Pues frente a un amor que perdona, Satanás no tiene a quien acusar. Y sus ideologías y sofismos para imponer la justicia son agujeros negros, frente a la luz de Cristo crucificado.

Jesús nos dice que nuestra luz debe brillar. Significa que la solidaridad es, en primer lugar, misericordia y perdón. Perdonamos al pobre, por necesitar nuestra ayuda. Perdonamos al enemigo por habernos ofendido. Perdonamos y amamos, porque Dios nos amó y nos perdonó. Esta es nuestra luz.