Análisis

Monseñor Roberto Flock: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?”

Jueves Santo 2019

“¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?”

Queridos Hermanos,

Plenamente consciente del desenlace de su vida, es decir, enfrentado su muerte por crucifixión, Jesús aprovechó la celebración de la Pascua para comunicar sus más fuertes preocupaciones y sentimientos. Hubo dos grandes gestos: la institución de la Eucaristía y el lavado de los pies. Su posterior agonía en el Getsemaní, vivida con oración conmovedora, revela que no había nada de superficialidad en sus palabras y acciones.

Con la celebración de la Eucaristía, Jesús interpreta su muerte en función a una Alianza Nueva y Eterna, sellada en su propia sangre. La antigua Alianza era aquella celebrada por Moisés en el monte Sinaí, momento en que Dios promulgó los Diez Mandamientos y el pueblo juró su fidelidad al Señor. La alianza fue sellada con la sangre de los animales sacrificados, que fue rociada sobre el altar y también sobre la gente. Quizás no se puede imaginar algo más solemne que rociarse con sangre. Sin embargo, a pesar de la celebración anual de la Pascua Judía, conmemorando la liberación de la esclavitud y renovando aquella alianza con el cordero pascual, aquella alianza no fue capaz de salvar al pueblo de sus pecados, como testimonia toda la historia de Israel, una historia de reiteradas infidelidades de parte del pueblo y reiteradas intervenciones de Dios a su favor.

Jesús comprende las grandes profecías para una salvación definitiva y una Alianza Nueva. Entonces, como “Cordero de Dios” se ofrece a sí mismo: sacrificio agradable al Señor, para el perdón de los pecados. Ahora, en vez de tener una ley divina escrita en tablas de piedra, se escribirá la ley de amor divino en nuestros corazones. Al comer su carne y beber su sangre, interiorizamos esta Alianza Nueva, vivida como auténtico culto en Espíritu y en Verdad.

Durante la Última Cena, Jesús instituye la Eucaristía, con pocas pero muy precisas palabras, preparadas con cuidado para comunicar todo el sentido de su sacrificio. Llama la atención que, al tomar el pan y luego el vino, primero da gracias a Dios Padre.

Jesús había explicado que no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos. Pero ¿de dónde nace semejante amor? El amor grande, pues, es fruto de la gratitud. Si Jesús es consciente de las debilidades de sus discípulos y de la crueldad de sus enemigos, aún más fuerte en su consciencia de la bondad de Dios Padre. Aunque su misión requiere el suplicio de la cruz, Jesús abraza su pasión desde un corazón lleno de gratitud. Gratitud por el amor que Dios Padre le tiene; gratitud por la amistad de sus discípulos, gratitud incluso por la cruz, instrumento para comunicar salvación al mundo.

Así el cielo nuevo y la tierra nueva que Dios nos promete, no nacen de la condena y mucho menos del resentimiento, sino de la gratitud, una gratitud tan inmensa que es capaz de perdonar la crucifixión. Además, es capaz expresarse con optimismo mediante una entrega total. Jesús sabe que su sacrificio dará fruto, como la semilla que cae en tierra y muere para luego crecer y producir, porque conoce de cerca el milagro que es Dios amor, el milagro que es la creación y el milagro que es la vida.

Para mí, la mayor falla del llamado “proceso de cambio” que se promueve en Bolivia, no está en las cuestiones económicas, sociales y políticas que distingue la derecha de la izquierda, sino en la total ausencia de gratitud. Los discursos están cargados de resentimientos exagerados y acusaciones falsas. Las leyes contra racismo y feminicidio han creado conciencia, pero no motivan el cambio; las cifras de linchamientos y violaciones siguen igual, sin hablar del creciente corrupción y narcotráfico. Un proceso de cambio basado en el rencor no ofrece esperanza para el futuro y cae en el peligro de cometer los mismos abusos que se pretende erradicar.

En realidad, tenemos muchos motivos de gratitud en nuestra historia: el don del evangelio, los defensores de los pueblos nativos, el testimonio de los misioneros, las obras caritativas de la Iglesia y el sacrificio de nuestros mártires. Un poco de gratitud y aprecio por lo que hubo y hay de bueno en este pueblo y en la Iglesia que anuncia el Evangelio, ayudaría mucho para el progreso y un cambio positivo.

Y entonces, recordamos, nosotros sus discípulos, que Jesucristo en la Eucaristía, nos regaló una Alianza Nueva y Eterna, sellada con su cuerpo y su sangre, desde un Espíritu agradecido y gozoso. Al mismo tiempo, Jesús realizó otro gesto en la Última Cena, con el lavado de los pies de los discípulos. “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes”. Es un ejemplo que va mucho más allá que el servicio humilde y generoso; incluye toda la gratitud y el amor con que Jesús pasó durante toda su vida haciendo el bien y proclamando la bondad de nuestro Padre celestial, hasta entregar de su vida por sus amigos.

Las palabras del salmo responsorial hoy, fueron vividos por Jesús. Ojalá podamos vivirlas como Él, agradecidos y gozosos, en su presencia.

¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?

Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor.

¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos!

Yo, Señor, soy tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas.

Ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor.

Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo.