Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “No hay que responder a la violencia con la violencia”

Esta mañana en Roma el Papa, junto a los Obispos de todo el mundo,  ha inaugurado el Sínodo sobre Familia, un evento de vital  trascendencia en el que se pondrán  la escucha de la en este tiempo de  crisis y de búsqueda de identidad. Como Iglesia de Santa Cruz nos unimos a los padres sinodales con nuestra oración y apertura a los frutos de este encuentro eclesial.

 

La liturgia de la Palabra de este domingo pone al centro de nuestra atención a la imagen de la viña, símbolo de Israel y de su historia, un camino de luces y sombras, de combinación de fe y de infidelidad, resumido en el cántico del profeta Isaías y en la parábola de los viñadores homicidas.

 

 

El profeta Isaías resalta el cuidado premuroso del amigo por su viña, es decir de la amistad de Dios con el pueblo de Israel, sellada por la Alianza. Dios por amor eligió a Israel como su pueblo, lo liberó de la esclavitud de Egipto, le dio en posesión la tierra donde vivir y los colmó de toda clase de bendiciones: “¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”. Sin embargo,  el pueblo respondió con ingratitud a tantos cuidados: “Esperaba que diera uvas pero dio frutos agrios”.

 

 

Dios esperaba como frutos la fidelidad a la Alianza, el cumplimiento de los mandamientos, la práctica de la solidaridad y la justicia, para que todo el pueblo gozara del bienestar, en una convivencia justa y pacífica. “El esperó de ellos equidad, y hay efusión de sangre; esperó justicia y hay gritos de angustia”. En esta frase sentimos toda la decepción y tristeza de Dios ante su pueblo Israel que, al alejarse de sus preceptos, fue instaurando un régimen injusto y opresor en el país, con grandes divisiones internas que lo debilitaron dejándolo indefenso ante los ataques de los invasores.

 

El evangelio nos presenta a la “parábola de los viñadores homicidas”, que Jesús pronunció ante los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo judío. Como Isaías, Jesús utiliza la imagen de la viña plantada por un propietario, Dios que “plantó la viña”, que puso a los viñadores, las autoridades del pueblo de Israel, para que la cultivaran con esmero, proporcionándoles todos los medios necesarios para que diera frutos de justicia y fidelidad.

 

Al momento de la vendimia el propietario envió a sus siervos, los profetas, y a su hijo, Jesús, para percibir los frutos, pero los viñadores los eliminaron para quedarse con la viña. Dios cuidó con mucho cariño a su pueblo a lo largo de toda su historia, y como parte importante de esos cuidados envió una y otra vez a los profetas con la misión de transmitir la palabra de Dios y hacer  presente su mano providente para orientar y guiar al pueblo de Israel. Sin embargo, puntualmente las autoridades y el pueblo rechazaron, persiguieron y hasta mataron a estos mensajeros de Dios. “Pero los viñadores se apoderaron de los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon”.

 

 

Dios, con un gesto de bondad humanamente inexplicable y cómo último intento, envió a su Hijo, “Respetarán a mi hijo”, sin embargo, los viñadores, al verlo, se dijeron: `Este es el heredero, vamos a matarlo para quedarnos con su herencia’. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. Jesús, con las palabras: “fuera de la viña”  preanuncia su trágica muerte en el Gólgota, fuera de la ciudad de Jerusalén. El asesinato del Hijo es el culmen de toda una historia de rechazos a Dios y de oposición a su Reino, de infidelidad a pesar de que exteriormente se profesaban fieles cumplidores de los preceptos y mandamientos del Señor.

 

 

Jesús, terminada la parábola, interpela directamente a los ancianos y autoridades:

 

“¿Cuándo vuelva el dueño, que hará con esos viñadores?”. Ellos responden sin dudar: ”Acabará con esos  miserables y arrendará la viña a otros!”. Con esta respuesta los ancianos y sumos sacerdotes se están condenando a sí mismos, porque ellos son los viñadores asesinos de los profetas y del Mesías: “Comprendieron que “Jesús se refería a ellos”.

 

También nosotros hoy podemos ser los viñadores, a menudo rechazamos o matamos a Dios cuando pecamos, cuando rechazamos la salvación, cuando nos encerramos en nuestro egoísmo, cuando somos injustos y no somos solidarios con los demás. No es Dios que condena, sino nosotros mismos nos condenamos y nos excluimos del Reino de Dios, abierto a los últimos y pequeños dispuestos  a acogerlo.  “Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.

 

Jesús, termina su comentario aplicando a si mismo las palabras del Salmo 118: “La piedra que los constructores rechazaron  ha llegado a ser la piedra angular”. Jesús es la piedra rechazada, el Mesías despreciado y llevado a la muerte, pero colocado por Dios como piedra angular, fundamento de una construcción espiritual, el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Estos textos son una fuerte llamada de atención para nosotros discípulos de Jesús. La pertenencia al Reino de Dios no es un privilegio asegurado, sino una respuesta a su amor, una tarea que nos compromete a profesar el señorío de Jesucristo, con nuestro testimonio de justicia y amor.

 

Antes de terminar, quiero expresar unas palabras acerca del “Día de la No violencia” que celebramos hoy en Santa Cruz, oportunidad para concientizarnos acerca de este flagelo, que siembra tanta muerte y dolor en nuestra ciudad y país.

 

La tentación de la violencia es un enemigo que se anida en nuestro interior, siempre pronta a manifestarse de distintas formas: física, verbal, psicológica y moral. Por eso, hay que vigilar nuestras emociones y reacciones, sobre todo no hay que responder a la violencia con la violencia, para no construir cadenas que nos atan en una espiral de muerte. La violencia tiene también su caldo de cultivo en las injusticias, intolerancias y marginaciones vigentes en nuestra sociedad, por eso hay que trabajar intensamente para instaurar condiciones de vida justas y equitativas para todos. Sobre todo, hay que educar a la tolerancia, al respeto y a la paz en la familia, la escuela y en todos los ámbitos de la sociedad.

 

Por último, una exhortación sobre las inminentes elecciones generales de nuestro país, en consonancia con el mensaje de la Conferencia Episcopal Boliviana. ¡Qué todos los ciudadanos participemos de las elecciones! Es un derecho y un deber que no podemos delegar a nadie. Qué cada elector pueda expresar su voto libre, secreto, consciente y responsable, orientándose por los valores del bien común, la justicia, la libertad, la verdad, la solidaridad y la honestidad.

 

¡Qué las elecciones se desarrollen en forma pacífica, qué sean una fiesta democrática, sin confrontaciones que ponen en peligro la integridad de las personas y el mismo proceso electoral! ¡Qué todos, en particular las autoridades del tribunal electoral, los veedores y los delegados de mesa, velemos para que las elecciones se desarrollen de manera trasparente y sin fraudes!

Invito a todos a orar y a poner el proceso electoral en las manos de Dios, para que se desarrolle en paz y que las autoridades electas cumplan con el mandato de los electores, con espíritu de servicio y privilegien a las políticas sociales, poniendo al centro de las mismas a la persona humana en particular a los pobres y excluidos. Amén