Análisis

Mons. Sergio Gualberti “El banquete de Dios tiene que ser libre, gratuito y universal”

La Palabra de Dios de este domingo, al igual que la del domingo anterior, habla del Reino de Dios a través de parábolas. La Biblia utiliza imágenes de una realidad pasada, no para que conozcamos lo que pasó en ese entonces, sino como luz para que miremos lo que pasa en cada uno de nosotros y en nuestra sociedad hoy.

El profeta Isaías, como escuchado en la 1era lectura,  nos presenta a la imagen de un festín de manjares suculentos y de vinos añejos que Dios prepara para todos los pueblos: “El Señor ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos”. La imagen del banqueteen la Biblia, es símbolo de alegría, comunión, diálogo y de vida. También en nuestra cultura, no puede haber fiesta si no se comparte una buena comida juntos.  

Isaías, con esta imagen, subraya el carácter festivo y universal de este banquete, elementos que definen la presencia salvadora de Dios, que transforma la muerte en vida, el llanto en regocijo y el sufrimiento en alegría.«Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación… ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!». Este anuncio de esperanza y gozo, abre una nueva perspectiva: Dios no sólo trae vida y salvación para Israel, el pueblo elegido, sino que la ofrece indistintamente para todos los pueblos: salvación que es representada como abundancia de bienes, plenitud de vida, alegría y fraternidad.

Este sueño de salvación para todos los pueblos se cumplirá plenamente en Jesús de Nazaret que, a través de su mensaje y su actuación, hizo cercano el Reino de Dios, como nos presenta el Evangelio de hoy.

Jesús nuevamente habla en presencia de los ancianos y sumos sacerdotes, y lo hace, al igual que Isaías, con la imagen de un banquete. Se trata de un rey que celebraba la boda de su hijo y que, por medio de sus siervos, avisó reiteradamente a los invitados que todo estaba listo, pero éstos, con diferentes disculpas, se negaron ir: “y se fueron, uno a su campo, otra a su negocio”. Pero no solo se conformaron con esa negativa, sino que mataron incluso a los criados: “se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron”. Ante semejante atrocidad, el rey mandó hacer justicia con los asesinos e incendiar su ciudad.

Los distintos personajes son simbólicos: el rey representa a Dios, los siervosenviados para llamar a los invitados son los profetas y los apóstoles, y los invitados son las autoridades judías y el pueblo. Dios en varias oportunidades, a través de sus mensajeros, hizo conocer a su pueblo que el tiempo de la salvación ya había llegado y que acogieran su oferta. Pero su anuncio chocó repetidamente con la indiferencia, el rechazo total y la hostilidad hacia los mensajeros, llegando al extremo de eliminarlos de una manera trágica y cruel. Con esta oposición, queda claro que son los mismos invitados que,  voluntaria y conscientemente, se autoexcluyen del banquete de la salvación, del Reino de Dios.

Sin embargo, el plan de vida de Dios no se anula ni detiene, por el contrario se amplía a otros destinatarios: Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.”Con esta orden queda manifiesta la voluntad de Dios: el banquete tiene que ser libre, gratuito y universal, abierto a todas las gentes y de todas partes.

Dado que es un proyecto gratuito de Dios, nadie puede esgrimir méritos algunos ni su buena conducta para participar de la fiesta, sino que todos son invitados al banquete de la salvación, sin discriminación entre buenos y malos: Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos”.

Esta vez la respuesta es muy favorable y la sala del banquete se llena pronto con aquellos que aceptan el plan de Dios: los pobres, los que sufren, los marginados de la sociedad, los pecadores perdonados. Sin embargo, aunque es gratuito participar en el banquete, no todo vale, porque la invitación a ser parte del Reino de Dios es exigente y comprometedora. Como requisito indispensable para la boda, hay que ir adecuadamente vestido con el traje de fiesta del Evangelio,: “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”        .

Este traje de boda simboliza el estilo de vida acorde a la llamada de Dios. Toda persona, independientemente de su procedencia étnica, nacionalidad y rango social, tiene acceso al plan de salvación ofrecido por Dios. Solamente hace falta acoger la invitación, es decir, creer de verdad en Jesús y en el Evangelio, asumir su propuesta de vida, vestir el traje de la caridad”, amar al prójimo, practicar la justicia y ser solidarios con los necesitados y abandonados.

Asumir las exigencias evangélicas y traducirlas en vida cotidiana, es un programa exigente que no todos están dispuesto a tomar: “Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.” Esta sentencia final de Jesús constituye un apremiante llamado a no escatimar esfuerzos para pertenecer al número de los elegidos.

Nosotros no nos procuramos la salvación, es Dios que nos hace el don de la llamada y nos elige. Aceptar de ser miembros de  pueblo y participar del banquete de la salvación, es una gran responsabilidad, porque esa oferta  no es un talismán, una garantía de salvación, sino la exigencia de responder generosamente con los hechos y, en verdad, producir frutos dignos de conversión durante toda nuestra existencia. Ojalá no nos acobardemos y no lleguemos a esgrimir excusas como los invitados de la parábola: que no tenemos tiempo, que nos espera mucho trabajo, que debemos cuidar nuestros intereses económicos y personales.

Al terminar esta reflexión quiero renovar la exhortación del Domingo anterior acerca de las Elecciones Generales que se desarrollan hoy en nuestro país. Todos los ciudadanos debemos participar sin vacilar, conscientes de la trascendental importancia que representa la elección de las autoridades que guiarán las suertes de nuestro país durante los próximos cinco años. ¡Nadie puede quedarse indiferente y al margen de este evento lavándose las manos como Pilato, porque la Patria somos todos!

¡Qué cada uno, con sentido y actitud de responsabilidad, se comprometa para que las elecciones se desarrollen en forma trasparente y pacífica, en un clima de absoluto respeto de los demás y de los principios democráticos!

Confiamos este día en las manos del Señor, con las palabras del salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta”, para que nos ilumine y acompañe en este proceso. Amén