Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “Dios respeta nuestra condición de personas libres”

Para esta ocasión la Comisión Arquidiocesana de Catequesis y Biblia ha preparado la III Expo-Biblia que se realizará desde esta mañana hasta las dos de la tarde en el Parque Urbano, Frente a la Parroquia María Auxiliadora e invita cordialmente a todos los bautizados, niños y adultos a participar de este evento.

Hoy iniciamos también la Semana de oración de la Hermandad de la Iglesia en Bolivia con las Diócesis alemanas de Tréveris e Hildesheim, Iglesias con las que hemos recorrido un largo camino de intercambio y comunión eclesial, y a las que agradecemos por su constante apoyo en nuestra labor evangelizadora.

Este Domingo la Palabra de Dios nos ilumina acerca de una tendencia muy presente en todo ser humano: la resistencia a asumir la responsabilidad de nuestras acciones y omisiones. En nuestra existencia personal, profesional y social nos resulta bastante fácil atribuirnos a nosotros mismos los logros, pero nos resistimos a aceptar los fracasos, por eso buscamos algún culpable fuera de nosotros. Lo propio pasa en nuestra vivencia cristiana, en nuestra vida espiritual, ante nuestros errores, pecados y desgracias buscamos escusas llegando incluso a cuestionar el actuar de Dios.

El profeta Ezequiel nos habla de esta tendencia presente en el pueblo judío que murmura ante la actuación de Dios, porque supuestamente habría desconocido la alianza, permitiendo el destierro en Babilonia. Los israelitas tampoco logran entender porque Dios perdona a los pecadores que se convierten de sus malas acciones, y porque deja a los justos a la merced del mal, cuando se apartan de la justicia y cometen malas acciones:

“El proceder del Señor no es correcto”. La respuesta de Dios es muy clara y los pone ante su propia responsabilidad: ”¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?”. Son ellos que han sido infieles a la alianza apartándose de la justicia y cometiendo toda clase de atropellos y abominaciones.

Esta respuesta del Señor vale también para nosotros, Él nos pide que seamos coherentes y valientes en asumir la responsabilidad de nuestra conducta, de nuestros actos, acorde a nuestra vocación de libertad. Dios al crearnos a imagen y semejanza suya, nos ha dado este gran don, el don de la libertad, como nos dice San Pablo en la carta a los cristianos de Galacia: “Es cierto, hermanos, que han sido llamados a la libertad”. El don de la libertad pone en nuestras manos la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. Dios respeta nuestra condición de personas libres, inclusive nos deja la posibilidad de rechazar su don, de transformar la libertad en libertinaje, de dejar el camino del bien, de la realización personal y de la felicidad, para encaminarnos en las sendas escarpadas del mal, la insatisfacción y la muerte.

Sin embargo, el amor del Señor es tan grande que, cuando escogemos el camino equivocado, cuando nos alejamos de él y pecamos, Él está siempre abierto a perdonarnos, con tal de que sepamos reconocer nuestro error. Esta actitud misericordiosa de Dios nos llena de esperanza y nos anima a entrar en nosotros mismos, a reconocer nuestros pecados, a arrepentirnos y convertirnos, y así poder gozar de su amor y perdón.

En la misma línea que el profeta Ezequiel, Jesús, con la parábola del Evangelio de hoy, pone ante su propia responsabilidad a los sacerdotes y notables del pueblo de Israel, porque no están cumpliendo con la voluntad de Dios, aunque aparentan ser fieles observantes de la ley.  

El Padre de la parábola representa a Dios y, sus dos hijos, a los notables judíos, pero también nos representa a nosotros en nuestras distintas reacciones al llamado de Dios. El Padre se dirige al primero: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Hijo: Dios nos invita en cuanto hijos y no cómo esclavos, nos llama a trabajar en cualquier momento en su viña. Hoy: es el tiempo de nuestra existencia que Dios nos pide vivirlo conforme a su plan como camino a la felicidad. Trabajar en la viña es ser parte del pueblo de Dios en el servicio a los hermanos, al Reino de Dios. La respuesta de ese hijo es tajante “No quiero”… pero después se arrepintió y fue”. Este hijo en un primer momento, tal vez porque ve al Padre como patrón, le dice no, como reivindicando su autonomía y libertad, esto lo hacemos también nosotros al pecar, que reivindicamos un poco nuestra propia autonomía. Pero su negativa le causa malestar y, callado, va a trabajar.

El Padre se dirige al segundo con el mismo pedido, y éste le responde: “Voy Señor”, pero no va. Este hijo sigue encerrado en su visión negativa del padre, y le dice sí por miedo porque no puede decir no, aunque este es su deseo, que de hecho cumple. En la actuación de este hijo, vemos reflejada la situación de los que, como las autoridades judías, se profesan creyentes por miedo y no por amor, y todavía, también en nosotros puede haber ese sentimiento de miedo, buscan cumplir a la letra sus deberes con Dios, se creen justos y por eso no se les ocurre pensar en convertirse.

Jesús, terminada la parábola, involucra directamente a sus oyentes: “¿Cuál de los dos cumplió con la voluntad de su padre?”. La respuesta es correcta; “El primero”. El diálogo de Jesús apunta a desenmascarar la actuación de esos notables, a hacerles tomar consciencia de que ellos están lejos de convertirse, porque, como el segundo hijo, se creen judíos observantes, en paz con Dios y con el prójimo. Jesús los enfrenta con palabras muy duras: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

Los publicanos y las prostitutas eran considerados pecadores públicos en el pueblo judío, y ciertamente no cumplían con la voluntad de Dios; sin embargo esa situación representaba una gran ventaja sobre los notables, porque no podían fingirse justos, nadie les habría creído. Desde el reconocimiento de su situación de pecadores, ellos estaban en la posibilidad de convertirse y recibir el perdón de Dios, y de hecho este fue el paso que dieron al escuchar a la predicación de Juan el Bautista: “creyeron en él”.

Los notables, en cambio, no recibieron el perdón porque se consideraban justos y sin pecados, no creyeron en él resistiéndose a la acción del Espíritu Santo. Este fue el pecado más grave, y este es también hoy el pecado más grande en el que podemos caer cerrarse a la luz y a la evidencia:” En efecto Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él… Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.

La fe es la gran conversión, es pasar de nuestra propia justicia al amor gratuito de Dios que justifica, que salva. No nos salvamos por nuestro méritos, ni porque consideramos que somos “los buenos, los mejores”, sino porque Dios, en su gran bondad y misericordia, nos tiende su mano y nos perdona. Sin embargo, tendremos acceso al perdón de Dios solo cuando, asumiendo nuestra responsabilidad, reconoceremos, en nosotros mismos, el pecado que reprochamos a los demás. Muchas veces si somos más fáciles a condenar a los demás, es más fácil ver la pajita en el ojo ajeno y no reconocer la viga que está en los nuestros.

Pidamos al Señor esta mañana que logremos reconocernos pecadores por que no es fácil, por eso nos unimos confiadamente en oración con el Salmista para decir al Señor: “Yo espero en ti todo el día. Acuérdate Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos!

Amén