Análisis

Mons. Sergio Gualberti “Devuelvan al Cesar lo que es suyo, la moneda, pero el pueblo es de Dios”

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones animados por el lema: “¡Atrévete! ¡Anuncia el Evangelio!”. El Papa Francisco en su mensaje nos dice: “La humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo”. Nosotros los discípulos que vivimos la alegría de haber encontrado a Jesús y el camino de la salvación, estamos urgidos a ser misioneros, a asumir la responsabilidad de compartir la fe con los que todavía no conocen al Evangelio. Tenemos que atrevernos a anunciar y testimoniar con nuestra vida que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, en otras palabras, anunciar que todos pueden encontrarse con Cristo, y nacer y renacer a la vida de fe.

Sin embargo, el priorizar el anuncio del Evangelio a los hermanos que en el mundo no conocen a Cristo, no tiene que hacernos olvidar de evangelizar en nuestra realidad, porque también en nuestras ciudades y pueblos hay personas que no conocen a Cristo y también hay tantos bautizados que dan muestras de no haberlo encontrado personalmente. Aunque se profesan cristianos, su vivencia de fe se limita a la participación esporádica en algunas fiestas y celebraciones religiosas, a practicar unas devociones, y se comportan como si no fueran creyentes, porque en su vida personal y social no se dejan iluminar ni guiar por la palabra de Dios.

El Papa nos invita también a ser generosos con nuestra “contribución económica personal como signo de una oblación de nosotros mismos, en primer lugar al Señor y luego a los hermanos, porque esa ofrenda material se convierte en un instrumento de evangelización”. Esta jornada nos llama a reavivar en nuestra Arquidiócesis el espíritu misionero, en especial porque nos espera el gran compromiso de acoger en 2018 el Vº Congreso Misionero Americano, evento que nos pide estar preparados no solo materialmente sino sobre todo espiritualmente, como verdaderos discípulos misioneros alegres de Jesucristo. Hoy tenemos otro motivo de alegría en nuestra Iglesia: en Roma se ha proclamado Beato al Papa Pablo VI, el pastor que ha llevado a buen fin el Concilio Vaticano II, y que ha sido un testigo sufrido, humilde y valiente del Evangelio de Jesús en el avance de la cultura secularizada.

Las lecturas de este domingo nos iluminan acerca de Dios como el Señor de nuestra vida y de la historia, como aquel que rige los destinos nuestros y del mundo, y que, por tanto, no debemos escatimar esfuerzos para reconocer su presencia en los acontecimientos de la vida y actuar conforme a su voluntad.

El Evangelio nos presenta una controversia diríamos de carácter político entre Jesús y dos grupos judíos sus adversarios: los fariseos y herodianos. Éstos eran miembros de un partido que apoyaba el gobierno de Herodes y los dominadores romanos y su intención era sorprender a Jesús. Inician el diálogo con un halago:” Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios”. Ellos no son sinceros, quieren congraciárselo, y no se dan cuenta que están diciendo una gran verdad: Jesús es verdaderamente un hombre sincero, imparcial, no oportunista, dice la verdad y enseña el camino de Dios.

Luego lanzan al maestro la pregunta muy insidiosa: “Está permitido pagar el impuesto al César o no?”. Jesús descubre la trampa: en efecto, si responde que “no está permitido”, lo denunciarán a las autoridades romanas como un revolucionario y subversivo, y si responde que “hay que pagar” lo tacharán de colaboracionista con el imperio y enemigo de las tradiciones y religiones judías. Jesús no se deja engañar, y más bien aprovecha esa provocación de sus adversarios para una enseñanza acerca de dos dimensiones importantes del ser humano; el comportamiento religioso y el político. En su respuesta Jesús pasa del plano ideológico de sus adversarios, al plano práctico, acompañando sus palabras con un gesto: “Muéstrenme la moneda con qué pagan el impuesto”, y continúa con una pregunta: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. La pregunta de Jesús parte de una situación política concreta: los judíos reconocían de hecho la presencia de Roma en su país, al punto que utilizaban las monedas del emperador en sus operaciones comerciales. La respuesta de los interpelados es obvia: “Del Cesar”. Jesús termina el diálogo con esa respuesta magistral, que ha pasado a la historia:”Den al Cesar lo que es del Cesar”.

Es la conclusión lógica del diálogo: si han aceptado el imperio, cumplan con las obligaciones propias de súbditos y paguen los impuestos al César. En otras palabras: devuelvan al Cesar lo que es suyo, la moneda, pero el pueblo es de Dios.

Aclarado que la autonomía del poder político en su ámbito propio y limitado, Jesús se apura en aclarar que el señorío político, de ninguna manera, puede ponerse al nivel de Dios, por eso añade: “Den a Dios, lo que es de Dios”. Esta afirmación es una novedad que quita a los adversarios toda posibilidad de replicar y que somete todo el actuar humano, por tanto también el político, bajo la influencia de Dios. Jesús no acepta la alternativa: o Dios o el César, sino que pone las cosas en su lugar. Lo último y esencial no es el César, sino Dios.

La divinización del poder político sigue siendo la gran tentación también en el mundo de hoy: hay muchos ejemplos de los “cesares de turno”, que busca constituirse como “señor y dios” de su pueblo, construyendo estructuras discriminatorias y totalitarias e imponiendo a todos a pensar y actuar de la misma manera. En este aspecto, el Señor es tajante: “Yo soy el Señor, no hay otro”. Esto significa que nadie tiene que arrodillarse ante esos poderes, ni aceptar sumisión alguna que melle la dignidad de persona: nuestro amor y entrega total se los debemos solo a Dios. En caso que el poder político impidiera reconocer a Dios como la última referencia en la vida personal y social, entonces el cristiano tiene la obligación de no acatar sus pretensiones. Es lo que dijo el apóstol Pedro a las autoridades judías, cuando le pedían dejar de predicar en nombre de Jesús Resucitado: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Reconocer a Dios como “el último”, no significa para nada denigrar a la política, solo es ubicarla en su justo lugar y reconocer su vocación de servicio a la persona y a la sociedad, y en ese ámbito darle el justo obsequio.

En este sentido, tenemos un ejemplo hermoso en la lectura del profeta Isaías, que nos habla de la elección de parte de Dios del gran emperador Ciro como instrumento de la Providencia, para liberar del exilio de Babilonia al pueblo de Dios, un pueblo sin esperanza y desanimado.

Ciro, aunque es pagano y no conoce a Dios: “Yo te llamé por tu nombre, sin que tú me conocieras”, de hecho cumple su plan, al reconocer el derecho a la libertad del pueblo de Israel. Al tomar Dios la iniciativa de elegir a Ciro, manifiesta claramente que Él es el Señor de la historia, que rige los destinos de la humanidad, más allá de que los actores humano sean o no sean conscientes: “Yo soy el Señor, y no hay otro…y no hay nada fuera de mi”.

Este hecho nos enseña que para ejercer una política sabia, hace falta respetar las leyes fundamentales que el Señor ha puesto en el interior del ser humano, como el respeto de las personas y de la vida, de los derechos humanos, de la justicia y de la verdad y la promoción del desarrollo integral de todo el ser humano y de todos sin discriminación. Por el hecho que no hay nada fuera de Dios, todos deberíamos reconocer su “señorío”, y por tanto, quien ejerce un poder político o administrativo sobre los demás, nunca tiene que olvidar de “dar a Dios, lo que es de Dios”.

Estos hechos que hemos reflexionado, son un ejemplo claro de cómo leer la historia a la luz de la fe, la única lectura que nos hace descubrir las maravillas del plan providente de Dios en medio de las vicisitudes humanas. En Reino de Dios se edifica en todos los sectores de la vida y de nuestras actividades humanas, también la política, y justamente por eso hay que poner todas nuestras energías para que se haga realidad.

Pidamos al Señor esa mirada de fe, para poder acoger con gozo la invitación del salmo de hoy: “Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor todas la tierra; anuncien su gloria y maravillas entre los pueblos”. Amén