Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “Creer en la cruz es difícil”

 

Mons. Sergio Gualberti hizo una reflexión profunda acerca del amor y la libertad que  están detrás de la actuación de Dios Padre que entrego a su Hijo para que muriera en la cruz y de ésta manera todos los que creamos en El tengamos vida eterna. Pero creer en su muerte y su resurrección es difícil, creer en el amor al prójimo es difícil, creer en la cruz es difícil porque contra la cruz se estrellan todos los intentos de hombres y mujeres sedientos de poder que desconocen que la base de los derechos humanos es el amor al Dios y por el contrario buscan domesticar a Dios.

 

El prelado reiteró su pedido de apoyo para los hermanos y hermanas damnificados por las inundaciones en el norte de Bolivia y pidió que la colecta de este domingo sea destinada para ese fin y servicio.

 

Mons. Gualberti saludo a las mujeres en este día internacional de la mujer destacando su servicio generoso en bien de la sociedad, de la familia y la Iglesia.

 

 

HOMILIA DE MONS. SERGIO GUALBERTI

DOMINGO 3RO. DE CUARESMA

PRONUNCIADA DESDE LA BASILICA MENOR DE SAN LORENZO MARTIR

CATEDRAL DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA 

 

 

Conviértanse y crean al Evangelio” es el 1er anuncio de Jesús, que resuena como llamado muy especial y característico para todos nosotros cristianos este tiempo de cuaresma. Conversión es el medio para alcanzar la meta de la vida nueva en la Pascua, en Cristo resucitado. Sin embargo no toda conversión ni toda fe gozan de la confianza de Jesús, hay una fe auténtica, la de los discípulos que ponen su vida en las manos del Señor y hay una fe sospechosa que busca su propia seguridad y provecho.  “Muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero,Jesús no se fiaba de ellos, porque… él sabía lo que hay en el interior del hombre”.

 

Jesús no se fiaba de ellos”, son palabras muy fuertes, porque Él sabe que muchos creen en Él sólo por intereses materiales, o porque sedientos de milagros y prodigios, pero su fe no es fruto del encuentro personal con Él ni llega a cambiar su vida.

 

         

 

Entre ellos están los judíos que, enceguecidos por sus prejuicios, no creen en Jesús a pesar de sus muchos signos y prodigios. Por el contrario, escandalizados porque Jesús actuó con tanta determinación al expulsar a los mercaderes del templo, le piden un milagro que avale en base a qué autoridad ha procedido:“¿Qué signo nos das para obrar así?”.

 

Jesús los provoca con su respuesta: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Sus palabras no se refieren al edificio de piedra sino a su propio cuerpo como el nuevo templo, el “templo de carne” donde Dios se hace presente en forma totalmente nueva y perfecta. Esta es la única señal, clara e inequívoca que él da: su muerte y su resurrección.

 

Los judíos consideran esta respuesta de Jesús como una provocación a la omnipotencia de Dios y la utilizarán ante el Sanedrín como la prueba principal para darle muerte.

 

San Pablo en la 2da lectura profundiza este tema acerca de la relación entre fe y milagros: “Mientras los Judíos piden milagros y los Griegos van en busca de la sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los Judíos y locura para los paganos; pero… la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres…”. La cruz, para los judíos del tiempo de Pablo, era un signo de debilidad, en contraste con la concepción que ellos tenían del Mesías, el enviado de Dios con el poder de hacer grandes prodigios y milagros. De la misma manera la cruz era un signo de locura y necedad para los griegos, un pueblo de grandes  pensadores y filósofos.

 

Sin embargo, San Pablo vuelve a subrayar con claridad que el corazón de la fe cristiana es Jesús mismo con su muerte y resurrección, y no los milagros. Estos son solamente signos que tienen la función de llevarnos a la persona de Jesucristo. “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados”. Para los cristianos, solo la fe en Cristo crucificado es auténtica, porque signo privilegiado de salvación. En Él se manifiesta la potencia, la sabiduría y el amor entrañable de Dios a la humanidad, que entrega a la muerte a su Hijo para que nosotros seamos liberados de la muerte y del mal. Ante el misterio de la cruz se ve con más claridad como los pensamientos de Dios son muy distintos de nuestros pensamientos. Creer en la cruz es difícil, por eso no nos extraña que Él, a lo largo de la historia de la humanidad, y el mundo moderno no es una excepción, haya sido hecho objeto de incomprensión, burla y rechazo.

 

Solo la fe en la cruz, nos da la fuerza para superar la tentación de escaparnos, de quedarnos en una fe superficial de milagros y sanaciones, de seguridades y devociones superficiales. Ante la cruz se estrellan todos los intentos de los que buscan domesticar a Dios, hacerse un Dios a su imagen y medida. Con nuestras solas fuerzas humanas no logramos entender la libertad de Dios y su amor ilimitado y gratuito, hace falta el don del Espíritu, que nos ilumina, nos confirma en la fe y nos fortalece para ser testigos de la cruz.

 

El amor y la libertad están detrás de la actuación de Dios cuando libera a los israelitas de la esclavitud de Egipto y, mientras están en camino en el desierto, bajo la guía de  Moisés, hacia la tierra prometida, les entrega el decálogo, (1era lectura): “Yo soy el Señor,  tu  Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”.

 

El don del decálogo, las palabras de vida, es tan grande que trasciende los límites del pueblo de Israel y se ofrece como “carta constitucional” de toda la humanidad. En los tres primeros mandatos Dios funda en el amor el principio de su relación con la humanidad: Dios es el creador, el único Señor de la vida y de la historia, el Padre que vive y hace vivir a todos. Él garantiza nuestra libertad, por eso nos manda vivir como personas libres y no hacernos esclavos de los ídolos del poder, el tener y el prestigio que solo acarrean muerte:.  “No tendrás otros dioses delante de mi”.

 

 

 

El mandato de amar a Dios se concreta en el amor al prójimo como nos indican los otros siete mandamientos.En efecto no podemos amar a Dios si no amamos a los demás como hermanos, porque ellos como nosotros son hijos del mismo Padre. Nacen nuevas relaciones basadas en el amor, hermandad e igualdad entre nosotros, sin ninguna distinción.

 

En esta verdad radica la base de los derechos humanos y los cimientos de una convivencia pacífica, justa y fraterna. Cuando se desconoce la paternidad de Dios, se altera también la relación de hermandad entre los seres humanos y se crean nuevos dioses, nuevos faraones, emperadores, dictadores y caudillos que niegan la igual dignidad de todo ser humano y su derecho a la libertad, que oprimen, esclavizan, recurren a la violencia y promueven la guerra. Ícono de esta tragedia: Caín que asesina a su hermano Abel.

 

Dios en cambio nos manda vivir el amor: el amor y respeto hacia los padres; la promoción y defensa de la vida desde su origen hasta su final como el don más preciado de Dios; el amor, fidelidad y respeto entre esposos en el matrimonio, desde la igual dignidad entre varón y mujer; compartir los bienes y ser solidarios con los más pobres; poner la verdad como base en las relaciones humanas y ser desprendidos ante las riquezas, la codicia, el egoísmo y la envidia.

 

En el espíritu de estas palabras de vida y amor, cobra su sentido auténtico la segunda colecta en todas las misas de hoy en la Arquidiócesis a favor de nuestros hermanos de Pando y Beni víctimas de las inundaciones. Confío en su solidaridad y generosidad. Agradezco la visita de nuestros hermanos de las diócesis alemanas de Tréveris y Hildesheim asimismo a los hermanos de la Fundación Puente de Solidaridad de Estados Unidos que prestan ayuda médica en nuestra Arquidiócesis…

 

Antes de terminar mis felicitaciones a todas las mujeres en su día, pero sobre mis sinceros sentimientos de gratitud, respeto y aprecio por su servicio generoso y entregado en bien de la familia, la sociedad y la Iglesia.

 

Con el estribillo del Salmo que hemos cantado, renovemos juntos nuestra fe en Jesús Crucificado y resucitado, expresión más alta del amor de Dios Padre para con la humanidad: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”. Amén