Cochabamba

Mons. Oscar anima a renovar la fe para ser liberados y sanados, así asumir la vocación misionera

Domingo, Jornada Mundial de las Misiones, Monseñor Oscar Aparicio, en su homilía, invitó a renovar la fe en el Señor, pues Él es quien transforma y dignifica la vida de las personas, liberando de cualquier ceguera.

En torno a ello, y celebrando además el Domingo de las Misiones, expresó la importancia de la acción misionera en el anuncio de la alegría del Evangelio, a la grey que Dios ha asignado a cada uno, como discípulos misioneros que, en el encuentro con Jesús uno es transformado y liberado.

Texto completo de la homilía

Muy amados hermanos y hermanas, hoy celebramos el Domund, el Domingo Mundial de las Misiones. En realidad, todo octubre de cada año es marcado por este aspecto de la misión de Jesús, que es transmitida a la Iglesia y, por tanto, es también el aspecto misionero, algo fundamental en todo este mes, sellado justamente por este domingo particular hacia el final de octubre, poder remarcar nuestro, nuestro ser, lo que somos. Somos auténticamente y definitivamente misioneros, encargados, de parte del Señor anunciar esta alegría del Evangelio que Él mismo ha tenido como misión particular.

Por tanto, es una fiesta, diríamos así, para nosotros como Iglesia, que hemos recibido este mandato y queremos cumplirlo bien. Es un momento de renovación de aquello que hemos sido llamados y para renovar también, en nuestro propio interior, lo que son los contenidos de esta misión. El anuncio de la Buena Noticia, del Evangelio, en medio de nuestra realidad, en medio aquí, de nuestro país, de nuestro departamento, de nuestras ciudades, de nuestras familias, lo que nos toca en realidad a lo que el Señor mismo nos ha mandado, porque a todos nos encarga una pequeña grey. Todos tenemos alguna responsabilidad hacia alguien o hacia algunos.

Por tanto, que este día domingo sea particularmente un renovar nuestro ser misionero y queremos ser auténticamente Discípulos Misioneros del Señor. Sabemos también que es un domingo en el que la colecta de cada Eucaristía, de cada misa, está destinada justamente al a la misión en el mundo. Vamos a, también nosotros, ser generosos en esta colecta que podamos hacer.

Y vean que la Palabra de Dios nos viene justamente como anillo al dedo en este aspecto misionero. El contenido de la misión sabemos que fundamentalmente, en síntesis, está en que Dios es el Dios de la vida y de la historia que se hace presente. Es un Dios que salva. Es un Dios cercano. Es un Dios que camina. Es un Dios que anuncia la salvación a todo ser humano. Por eso, la síntesis también, diríamos así, del Evangelio está en esta gran noticia. Aquel que habían crucificado, hoy vive. Cristo, nuestra Pascua ha resucitado. Por tanto, el mensaje que se nos trae, el mensaje que se nos anuncia, el mensaje que se nos da, es justamente de salvación. Salvación o libertad de tantas opresiones que podamos tener. Pero sobre todo también de la vida y en la vida en plenitud. Estamos llamados a aquello, creados para la vida en la plenitud.

Por eso la primera lectura, cuando habla justamente del motivo o el objeto, a quiénes hay que anunciar, sobre todo este Evangelio pone a estos más marginados de la sociedad. Es urgente anunciar a ellos, como es urgente anunciar a los que no conocen o han hecho oídos sordos. Es también para nosotros, evidentemente, pero de manera particular es a aquellos que más lo necesitan y están esperando esta buena noticia. Podemos poner nosotros en nuestro contexto, los enfermos, los escasos de libertad, los oprimidos en crisis, los de soledad, aquellas situaciones de sufrimiento, aquellos que enfrentan crisis o una desorientación en la vida, aquellos que todavía no han conocido a Jesús. Se trata de una auténtica noticia de salvación, porque de alguna manera es llevarlos a Jesucristo, a la persona de Jesucristo a sus vidas. Es hacer posible que el Señor, el dueño de la vida y de la historia, pueda también consolar, estar presente en la vida de todos y cada uno.

Por eso el Evangelio, hermanos, es, creo, muy bello. Repasémoslo, sólo así, brevemente y en un ratito, sabiendo que aquellos que el Señor llama, estamos también nosotros o aquellos que también lo necesitan y necesitan recibir el anuncio del Evangelio. Jesús salía de Jericó. No olvidemos, por tanto, que Jesús es el que va de ciudad en ciudad anunciando la Buena Noticia. Y Él está acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Es interesante este detalle. Lo acompañan a Él, sus discípulos, que es normal, que camina junto con ellos. Pero el hecho de que lo acompaña también una gran multitud, es decir, aquellos que han creído ya en su persona y en su palabra, no sólo los discípulos y la gran multitud, es el signo de la humanidad o el género humano.

Allí se presenta un hombre, el hijo de Timeo, Bartimeo, quiere decir eso, el hijo de Timeo. Lo conocen así, como el hijo de… No tanto porque él tenga una identidad. Casi que medio, que no tiene nombre, diríamos así. Es un mendigo y es ciego, con otro detalle más: estaba sentado junto al camino, sin nombre, sin identidad, mendigo, vive solamente de aquello que se le da, ciego, tan limitado, no puede ver. Y al borde del camino, marginado de la sociedad, de la familia y de todo lo demás. No puede haber mayor situación extrema de alguien así.

Al enterarse de que pasaba Jesús el Nazareno se puso a gritar: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”. Le llama hijo de David, tiene toda una connotación política. De hecho, Jesús no siempre le gusta que le llamasen hijo de David. Sin embargo, este reconoce que Jesús puede hacer algo por él. Tiene autoridad, tiene poder. Muchos reprendieron al ciego para que se callara, pero él gritaba más fuerte: Hijo de David, ten piedad de mí. Miren hermanos, la posición, no sólo reconoce la soberanía de Jesús, sino que Él puede hacer algo, entonces, ten piedad de mí. Espero que esta actitud sea la de todos nosotros. Ten piedad de mí, estoy ciego, amargado, en crisis, en soledad. Estoy enfermo, estoy abatido. No veo más allá, no tengo esperanza. Ten piedad de mí.

Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Entonces llamaron al ciego y le dijeron, escuchen bien las palabras: Ánimo, ánimo, coraje, fuerza, levántate. Significa que este estaba postrado al margen de todo. Él te llama, Él te llama, no somos nosotros, no es tu desgracia, no es otro tipo de fuerza. Él, Jesús, te llama. Vean la reacción del ciego. El ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Se puso en pie, botó el manto, es decir, dejó absolutamente toda pequeña seguridad que podía tener, porque, aunque mendigo y aunque ciego y aunque marginado, por lo menos tenía la túnica; se despoja incluso de esto y escucha el llamado de quien le llama, de Jesús.

Qué quieres que haga por ti”, le dice Jesús. Miren la pregunta es genial y se refiere también a nosotros. Qué quieres que haga por ti, por ti, por ti, por ti. ¿Qué quieres que haga? Maestro, maestro, que yo pueda ver.

Este hombre, Bartimeo, es consciente de lo que es, un ciego, que es el resumen de todas sus desgracias. Que yo vea. Y la respuesta de Jesús es la más grande que hoy tenemos que proclamar, como el anuncio también del Evangelio y como el anuncio de que hoy nosotros estamos llamados a justamente experimentar y anunciar esto. “Tu fe te ha salvado”. Son las palabras del Señor. Por tanto, se trata de renovar la fe. No dice por qué has gritado tanto es que yo te salvé, porque eres consciente de lo que eres, yo te salvé, dice tu fe, porque tú crees. Esto es lo que te ha salvado.

Y el último detalle, escuchemos bien, comenzó a ver el ciego, comenzó a ver. Se iluminaron los ojos y su historia y su vida y lo siguió, lo siguió, por dónde, por el camino. Jesús lo pone, de estar marginado al lado del camino y ciego, lo pone en identidad, puesto en pie, despojado de toda seguridad; solamente poniendo su mirada en Jesús hace que él vea. Se le ilumina la vida y camina. Camina junto a Jesús en el camino.

Hermanos míos, esta es la obra del Señor para nosotros y a todos aquellos a los cuales nosotros hemos sido llamados a anunciar la alegría del Evangelio. Amén.

Fuente: Iglesia Cochabamba