Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: QUISIERAMOS VERLE

Un poco más de una semana y estaremos celebrando el misterio pascual, Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.  Las lecturas de este Domingo V de Cuaresma nos recuerdan la inminencia del hecho central de la fe del cristiano.

El próximo domingo iniciamos la gran semana cristiana, la semana mayor, la Semana Santa y, para poder vivenciar estos sagrados misterios, hoy se nos presenta cómo Jesús camina con extraordinaria fortaleza a vivir su “hora”, en la que mostrará su infinito amor dando su vida por la salvación de todos.

Casi todos solemos considerar nuestra “hora” de gloria solamente en los momentos de éxitos o triunfos, grandes alegrías, metas claves de la vida…  Pero para Cristo, su “hora”, es la entrega de su vida en la cruz por la salvación de todos.  Él dice:  “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado” (Jn 12, 23).  Esa hora de la cruz y muerte, será para Jesús, una hora de gloria.  Será el momento estelar de su vida pues glorificará a su Padre, cumpliendo su voluntad.

Esta semana es clave para entrar de lleno, el próximo domingo, en la Semana Santa, para mirarnos en el espejo divino, Cristo, a quien queremos seguirle, renovando la Alianza.

La segunda lectura de Hebreos 5,7-9, breve, pero grandemente impresionante, nos presenta a Cristo como mediador y sacerdote que conoce qué es el dolor y el sufrimiento.  También  el evangelio refleja otro momento anterior al de Getsemaní, en el que Cristo confiesa con emoción:  “mi alma está agitada”, y lo primero que hace es pedir,  “Padre, líbrame de esta hora”.  Pero inmediatamente triunfa su obediencia:  “Pero si por eso he venido para esta hora: Padre glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28).

Jesús se convierte en modelo de cada cristiano en seguir la voluntad de Dios.  El tiene el papel de Redentor y de Sumo Sacerdote, y para realizar esta misión experimentó en carne propia toda la debilidad y el dolor del camino de la cruz, del camino pascual.  Esta actitud modélica de Jesús, nos da la lección de que el dolor y la muerte no son la última palabra.  La entrega total de Cristo a la voluntad del Padre, pasando por la muerte de cruz, fue infinitamente fecunda, como sucede con la muerte del grano de trigo en la tierra.

Cualquier cristiano comprometido con la voluntad de Dios, en el cumplimiento  de los mandamientos, tiene la experiencia de que para ser discípulos de Jesús, ser fieles a las enseñanzas del evangelio, ser valientes testigos del evangelio, no resulta nada fácil.  Pienso que si alguien dice que es fácil, no ha intentado comprometerse en ser de verdad un bautizado comprometido.
Jesús nos ha dicho claramente que si alguno quiere ser su discípulo, “tome su cruz cada día y que le siga” (Lc 9,23).  No gusta a nadie la renuncia o el sacrificio, más bien, buscamos los éxitos, los honores, el poder, el placer, el poseer, “el pasarlo bien”, como popularmente decimos.  Jesús nos advierte, “el que se ama así mismo, se pierde” (Lc 12,25), ¿a quién le cae bien, espontáneo y alegre, amar a los antipáticos, calumniadores, ladrones…, y perdonar siempre “setenta veces siete” y poner la otra mejilla?

La gran mayoría de los cristianos no vive la Cuaresma, no hace nada especial, pero llegada la Semana Santa una gran cantidad de católicos tiene el deseo de “ver a Jesús”.  También ese deseo lo vemos en el evangelio de hoy por parte de unos paganos –no pertenecientes al pueblo de Dios-.  Ellos le rogaron a Felipe:  “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).  Algunos se contentan con la mirada emocionada a Cristo en la Cruz o al Cristo yacente en la procesión del Santo Sepulcro.

En cada Eucaristía, cuando celebramos la Alianza Nueva y Eterna, contemplamos el rostro doliente de Cristo expuesto en la Cruz, “este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna”, repite el sacerdote en cada misa.  Cristo en la cruz, Cristo que se ofrece en cada Eucaristía es un misterio, misterio en el misterio ante el cual el cristiano ha de postrarse en adoración.  Los discípulos verán el rostro del Resucitado.  Todo esto lo experimentamos, lo celebramos y contemplamos en el misterio de la Eucaristía.

Hay que mirar a Jesús en la Cruz, hay que verlo y adorarlo en la Eucaristía y en los hermanos más necesitados.  La cruz es dura y exigente, por ello nos cuesta mirarla.  La Eucaristía es el sacramento de la hora de Cristo, es la celebración de la hora de Cristo, es la renovación de la hora de Cristo.  La Eucaristía, cada misa, nos recuerda la Alianza, nuestra alianza con el Padre por Cristo y en Cristo.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 25 de marzo de 2012