Sucre

Mons. Jesús Pérez: La Fe del Centurión

El evangelio de este domingo 9º del tiempo ordinario, Lucas 7,1-10, nos narra el pasaje del Centurión romano que fue escuchado por Jesús, curando a su criado. Este Centurión del ejército romano era extranjero y no tenía la religión judía. Este Centurión es una buena persona que cae simpática, con el pueblo judío porque les había construido una sinagoga. Hay que tener en cuenta que aunque lo consideren bueno los judíos, es un extranjero, perteneciente a las fuerzas de ocupación. Cristo escuchó la petición e hizo un elogio de la fe.

Es a tener en cuenta la primera lectura de este domingo de 1Re 8,41-43. El gran sabio Salomón, al terminar la edificación del Templo de Jerusalén en la oración que dirigió a Dios dijo: “cuando uno de un país extranjero venga a rezar en este templo, escúchale tú desde el cielo y haz lo que te pide el extranjero”. Dios escucha a los extranjeros y la salvación que Dios ofrece no tiene fronteras. Salomón sabe que pueden haber forasteros de buena voluntad, con ello manifiesta su apertura universal. Es que la salvación es para todos, también para los paganos.
Cristo aparece admirado por este oficial romano que era jefe de una guarnición de cien soldados. Jesús “sintió admiración por él” (Lc 7,9). Y todavía mucho más que “ni siquiera en Israel había hallado semejante fe”(Lc 7,9). Fue la actitud de Cristo una llamada fuerte por la poca fe del pueblo. Una llamada al crecimiento espiritual pues los ancianos habían demostrado bastante fe al suplicar la curación del criado del Centurión. Jesús accedió a realizar la sanación que le pedían.

La fe del Centurión le hace que dé a Jesús un apelativo, “Señor”. Es un reconocimiento que nadie había hecho hasta ese momento. El Centurión trata a Cristo como debe tratar a un Señor. La oración humilde de Señor se expresa con toda claridad cuando reconoce que no merece que vaya a su casa. La liturgia ha canonizado esta oración poniéndola en nuestros labios antes de acercarnos a recibir el Cuerpo de Cristo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Necesitamos mucha humildad para reconocernos indignos pero el Señor es el que puede superar nuestros pecados. Todo en la vida es un regalo de Dios. Nos falta humildad, por ello es que no vivimos en continua admiración la cual nos llevaría a la acción de gracias constante. Pobre, muy pobre el que se sienta digno de los favores de Dios. El Centurión sabe muy bien que Jesús es el Señor.
Cuando el evangelista Lucas escribe su evangelio la Iglesia naciente ya estaba recibiendo a no pocos paganos al seno de la Iglesia. Aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles Pedro haciendo una catequesis al Centurión romano, Cornelio, que se convirtió con toda su familia. Este es un hecho clave para algunos que manifiesta como se bautizaron adultos y niños, toda la familia dice el texto. La Iglesia de Jerusalén entiende la lección: “realmente Dios no hace distinción de personas” (Hch 10,34).

 El Espíritu Santo está en la Iglesia, en la comunidad de los cristianos, todos los bautizados pertenecemos a la Iglesia, somos iglesia. Por ello, es necesario que nos miremos en este espejo de la comunidad primitiva cristiana que nos muestra una mentalidad abierta hacia todos. Es necesario que aprendamos la lección del Centurión y también la otra lección no menos importante de la alabanza de Jesús que nos invita a revisar nuestros esquemas mentales. Muchas veces catalogamos a personas por no ser de los nuestros y los consideramos indeseables o inútiles. Todos están llamados a ser discípulos de Jesús a pertenecer a la Iglesia, de la respuesta al llamado de Dios se podrá pertenecer a ella.

Este universalismo de la fe, no puede ser confundido con el relativismo y el permisivismo. El evangelio nos trae la salvación a todos, pero no hay más que un solo evangelio. No existe un evangelio a la carta, o sea, al gusto de cada cual. Cuando respetamos a aquellas personas que no forman parte de nuestra fe cristiana, cuando reconocemos la bondad de estos hermanos y hermanas, no significa que todo es lo mismo, o que “todas las religiones son iguales”. Aunque admiremos las manías de nuestros amigos, no por ello vamos a considerar nuestras manías iguales. Hay que ser amplios de corazón pero inflexibles en la adhesión a la verdad del evangelio.

La Eucaristía es la gran escuela de universalismo. La eucaristía no nos permite la marginación. En la eucaristía nos reunimos personas de todas las clases: pobres, ricos, originarios, mestizos, bolivianos, extranjeros… En ella oramos todos y por todos, participamos en la escucha de la Palabra, de un único pan, el Cuerpo de Cristo, nos sentimos hermanos los unos de los otros. Nos damos en la eucaristía la paz, gesto que nos une a los presentes y, en ellos, también a los ausentes. Esta actuación cuando es coherente, fe y vida, es el mejor testimonio de lo que creemos.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre, 2 de Junio 2013