Sucre

Mons. Jesús Pérez: La Cruz es absurda

En este domingo escuchamos en el evangelio de Lucas 9,18-24, el primer anuncio de la Pasión de Cristo, el “Hijo de Dios debe padecer”. Jesús viene al mundo para cumplir la voluntad del padre. Y, el plan salvador de Dios Padre es un misterio de solidaridad profunda para la humanidad sujeta al dolor y a tantos males. El profeta Zacarías anuncia que la salvación será llevada a cabo con la muerte, dice el profeta: “mirarán al que traspasaron”.  Palabras que recoge san Juan Evangelista en su evangelio capítulo 19,37.

Jesús nos invita hoy, como entonces a sus creyentes, a cargar con la cruz propia. La cruz está diariamente presente en nuestra vida. Es necesaria mucha responsabilidad y audacia para con nuestra cruz. Cargar con la cruz conlleva un riesgo y un peligro latente. Podemos caer con el peso de la cruz. Jesús tan consciente de hacer la voluntad del Padre cayó varias veces camino al calvario, pero se levantó. Aceptar la cruz, asumir la cruz es entrar en el riesgo de la existencia propia, el riesgo de la fe, guiado y sostenido por las promesas que alimentan y fortifican la esperanza.

Cristo es el modelo, el guía y Maestro del cristiano. Él sabe como podemos llegar a la plenitud de la vida. Él sabe muy bien cuál es la postura del mundo ante el dolor, la cruz, el sufrimiento. Él llegó a un momento –recordar la hora de la oración en el Huerto de los Olivos– que su naturaleza humana le quería impedir cumplir la voluntad del Padre “pasa Padre, esta hora, si es posible” (Lc 22,42). Cristo invita a enfrentar al dolor, a no rehuir ante el sufrimiento. El asumir y aceptar el dolor en el cumplimiento de cargar con la cruz, de guardar los mandamientos, eso es CREER. ¿Llega hasta ahí nuestra fe?

El apóstol Pedro hizo una hermosa profesión de fe en Cristo al decir: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Lc 9,20). Acto seguido Jesús anunció que el “Hijo del hombre tiene que padecer y morir. Y, resucitará al tercer día” (cfr. Lc 9,22). Entonces Pedro claudica en su fe. No entiende que la salvación de la humanidad debe pasar por el camino del sufrimiento, de la cruz. El Hijo de Dios se entrega a la muerte y muerte de cruz, solidarizándose con la humanidad pecadora. El apóstol Pablo exclama, “me amó y se entregó por mi” (Gal 2,20). En la cruz contemplamos el amor total.

Estamos demasiado acostumbrados a ver la cruz, a hacer la señal de la cruz sin caer en cuenta lo que ella significa, hemos “domesticado” la cruz. Para muchos cristianos la cruz está reducida a la condición de adorno precioso que pende del cuello con piedras preciosas. Olvidamos tantas veces que la vida del cristiano que quiere ser discípulo de Jesús está salpicada de dolor y sufrimiento. La cruz es cruel, absurda. La cruz hizo duro el acto de oblación de Jesús al ofrecerse, al entrar en este mundo, cuando dijo: “aquí estoy para hacer tu voluntad” y más duro cuando fue clavado y derramó su sangre.

La cruz resulta necesariamente absurda. Los romanos la usaron para dar muerte dolorosa a los más despreciables de la sociedad. Aparte del dolor físico estaba el dolor moral, pues es signo de ultraje, humillación, deshonra. Por ello, la cruz vino a ser el símbolo de las injusticias. Con Cristo cometieron la más grave de las injusticias, él era el Santo “paso la vida haciendo el bien” (Hch 10,38), no había culpa en él. La injusta justicia condenó a muerte a Cristo.

La cruz nos es necesaria y es símbolo de dolor. Jesús nos dice: “el que quiere ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga” (Lc 9,23). Pero el mayor dolor no está probablemente en el peso físico, sino en esa experiencia que sintió Jesús. “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46).Esto es lo más grave de la cruz en la dura realidad de ser fieles, de vivir la fe, en la responsabilidad de la vida.
Mañana celebramos la fiesta de Juan Bautista, recordando su nacimiento y el 29 de agosto la degollación. Este Santo, el Precursor del Señor, fue degollado por ser defensor de los derechos divinos conculcados. Tuvo valentía para hablar sin miedo. Se dirigió a los creyentes, a los publicanos, a los soldados, a los dignatarios de estado. A Herodes habló sin tapujos, se atrevió a echar en cara su incesto: “no te es lícito tener a la mujer de tu hermano” (Mc 6,18). Y, desde la cárcel donde lo recluyó injustamente Herodes continuó con fortaleza condenando los desórdenes de su perseguidor y de la concubina Herodías. Esta mujer corrupta odiaba a muerte al Precursor del Señor.

Vi una vez un poster con la imagen de Cristo crucificado y debajo esta leyenda: EL PODRIA HABERSE CRUZADO DE BRAZOS. Esto es verdad. Pero si lo hubiera hecho no hubiera habido la redención de la persona humana. Dios no claudica. A Cristo se le dijo baja de la cruz y creeremos en ti. El Dios del amor no bajó, sino que ofreció su vida. El amor no dice nunca ¡basta! ni nunca se cruza de brazos. La fe se manifiesta en la entrega amorosa.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Sucre, 23  de Junio 2013