Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: LA ALEGRÍA

Estamos cerca, muy cerca de una fiesta que produce alegría, que nos une a millones de personas: la Navidad. La petición que hacemos en este día en la oración colecta es: “concédenos celebrar la Navidad con alegría desbordante”. Y, la Navidad bien celebrada, es reconocer a Cristo, su Nacimiento, como el regalo de Dios, Jesús es el gran aguinaldo. Por ello el Adviento es una invitación a reconocer a Dios presente en nuestro mundo y en el corazón de cada uno.

El evangelio tomado del evangelista Juan 1,6-8. 19-28, nos presenta a Juan Bautista, el Precursor, como el protagonista de este tiempo del Adviento. Juan, ante las preguntas que le dirigen los oyentes, contesta claramente que él no es el Mesías esperado, pero clara y humildemente dice quién es, “soy la voz que clama en el desierto”.

Juan tiene clara su identidad, conoce bien su misión. No es la luz, sino testigo de la luz,  que ha sido elegido para preparar el camino al enviado del Padre, el Mesías.

Cuántos cristianos si se le preguntaran ¿quién eres, sabrían responder? “Conócete a ti mismo”, era uno de los principios de la filosofía de Sócrates. Y San Agustín oraba a nuestro Dios diciendo: “que te conozca, Señor, y que me conozca”. Así expresaba que es difícil conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos. Juan es bien honesto, pues no se apropia en beneficio propio, su misión profética, y orienta a todos hacia Cristo, el único Salvador. Juan proclama: “en medio de ustedes hay uno a quien no conocen” (Jn 1,26).

La liturgia de Adviento quiere avivar la presencia de Dios entre nosotros. Lo estamos esperando y está en nosotros. Estamos queriendo preparar sus caminos y ya llegó, vive en nuestro corazón, vive en las familias. ¡El Señor está con nosotros!
Durante este tiempo hay un desafío para cada cristiano: reconocer que Cristo nació en nosotros el día del bautismo. En Navidad nació Dios para nosotros, en el bautismo nacimos nosotros para Dios. Dios vino al hogar en el día del sacramento del matrimonio. Es necesario convencernos de que Dios está con nosotros.

No sabemos lo que hemos recibido de Dios que vive en cada uno. Mientras no nos encontremos con el Señor, no sabremos lo que podemos y no acabaremos de entendernos. Así mismo, mientras no nos encontremos con nosotros mismos, no podremos encontrarnos con el Señor. ¿Quién puede afirmar que conoce todo el poder de su mente, toda la riqueza de su corazón y sabe exactamente todo lo que es?
Isaías y Pablo de quienes están tomadas la primera y  segunda lectura de este tercer domingo de Adviento, conscientes de lo que significa en sus vidas la presencia del Señor, nos invitan a la alabanza a Dios y a la alegría. Por ello, es conveniente que sigan resonando en nuestras vidas las palabras de Isaías: “desbordo de gozo con mi Señor… el Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar la buena noticia…” (Is 61,1).

El Apóstol Pablo nos ofrece una actitud positiva en la vida: “estén siempre alegres” (Flp 4,4). Pero no todo es alegría como a veces se puede entender en forma superficial. Las buenas noticias son exigentes. Nada hay más exigente que vivir el amor y la amistad.

Inmediatamente después que Pablo nos invita a la alegría nos señala una vía para ello: ser constantes en la oración, dar gracias a Dios, o sea, que sepamos descubrir los favores que hemos recibido del Señor.
San Pablo, además, insiste en que no se apague el espíritu, o sea, que no tengamos miedo a que el Espíritu del Señor suscite nuevos carismas en la Iglesia. Que Dios que habita en nosotros no llegue a ser un desconocido. Que estemos dispuestos siempre a “examinarlo todo” y que sepamos quedarnos con lo bueno, que seamos abiertos a todos y justos.
Bien nos haría leer la exhortación sobre la alegría que hizo Paulo VI en 1975, entre otras cosas dice: “la alegría espiritual consiste en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de Él. Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas”. En la misma exhortación nos advierte: “ésta alegría, aquí abajo, incluirá siempre, en alguna medida, la dolorosa prueba”.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE