Santa Cruz

HOMILÍA DE MONS. ESTANISLAO DOWLASEWICZ, 11-12-11

Queridos hermanos;

Todavía sentimos la alegría de la peregrinación hasta el santuario de la mamita de Cotoca, de habernos encontrado con ella, de haber mirado su rostro, presentado nuestras inquietudes y esperanzas, reflexionado de que con ella debemos caminar “hacia cielos nuevos y tierra nueva”. El día de mañana acompañando al país hermano de México vamos a celebrar la fiesta de nuestra Señora de Guadalupe la Patrona de América Latina y justo dentro de poco el Cardenal Julio celebrará y compartirá unos momentos de alegría con la capilla de nuestra señora de Guadalupe.

Nos hemos reunido en este tercer domingo de Adviento en nuestra Catedral y  a través de los medios de comunicación con todo nuestro país para escuchar: “Estén siempre alegres, no apaguen la fuerza del Espíritu”, “porque mi espíritu se  regocija en Dios mi Salvador”.
La liturgia de hoy, nos llama e invita a estar alegres porque  Él ya está cerca. Se nos hace difícil aceptar esa llamada cuando miramos nuestro mundo lleno de conflictos entre países, una gran recesión económica  mundial o cuando miramos nuestro país lleno de conflictos, bloqueos, marchas de todo tipo, ocupaciones de los terrenos ajenos… que no despiertan en el corazón ni optimismo  ni alegría.

Pero la verdadera alegría cristiana no nace en lo que encontramos sino en lo que somos: “estén alegres en el Señor”. Si estamos más cerca de la Palabra de Dios, más cerca de Cristo, nuestra alegría será más profunda y  verdadera.

En la liturgia de la Palabra, después de leer la primera lectura, se recita a uno de los salmos del Antiguo Testamento. Hoy la liturgia del Adviento nos invita a rezar el Magníficat. El himno que expresa la gran alegría de María por las obras grandes que hizo en ella el Señor: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu  se estremece de gozo en Dios mi salvador,  porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora… porque le Todo poderoso ha hecho en mí grandes cosas”.

El deseo del pueblo elegido encontró su respuesta. El Salvador tan esperado habitó en el seno de María. El pasado encuentra su presente. El Mesías también encuentra su lugar hoy día en el Adviento aunque no lo vemos, aún no se apareció pero sí está. Hay que estar atento y despiertos para recibirlo: “en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen. La espera se convierte en alegría del encuentro. El rostro del Mesías aún permanece oculto pero la lectura del Profeta Isaías nos pinta cuáles son los rasgos de aquel que ya está cerca: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque le Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena notica a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor”.

El mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, escoge este fragmento del profeta Isaías para indicar cuál es su misión. También para cada uno de nosotros el que se acerca quiere ser la Buena Nueva, quiere ser la liberación, la curación de todas las dolencias y debilidades y a cada uno quiere ofrecer su amor y ayudar para que produzcamos frutos de bien en nuestras vidas.

La liturgia de este domingo no sólo nos habla del Mesías, sino también de Juan el Bautista: “un hombre, enviado por Dios que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz”. La definición más clara sobre la función de este hombre es que en la liturgia de adviento ocupa uno de los lugares más importantes, al lado de María.

Su popularidad crece y la multitud aumenta cada día, que buena ocasión para hacerse famoso e importante pero él dice: “yo sólo soy la voz… la voz que grita en el desierto, preparen el camino del Señor.

Juan prepara el camino de Jesús en el desierto. Podía haber elegido la sinagoga o el templo de Jerusalén. Pero no quería oraciones ni ofrendas, ni quería tampoco dar lecciones de espíritu.

Juan solo pedía una conversión radical, por eso el desierto es el lugar apropiado. Su palabra invitaba a una conversión, a un cambio de rumbo, a volver de los caminos equivocados, renovar la fe, a ensanchar el corazón, comunicar y compartir la esperanza y el compromiso de compartir  un mundo mejor para todos. Juan es un auténtico testigo, no es la luz, sino que está iluminado por ella. Nos enseña a anunciar al mundo no nuestra luz, sino la luz de Jesús, no solo con palabras sino con nuestro modo de vivir y e estar en el mundo.

“Yo soy una voz que grita en el desierto” Hoy día ese tipo de proclamación no hace en nosotros ningún tipo de efecto, estamos acostumbrados a escuchar a otras voces que resuenan en las plazas, esquinas de nuestras calles, en los canales de televisión o en la prensa escrita… de un lado nos “atacan”  voces de bonanza económica, del paraíso terrenal que no nos falta nada, que somos mejores que otros, o las voces que dividen, que siembran odio, que promueven el placer… ; y de otro lado llegan las voces más silenciosas, pidiendo paz, reconciliación, verdad, apoyo, solidaridad…. Las voces de nuestros hermanos discapacitados que gritan ´ayúdennos` y los que pueden dar alegría a estas personas se hacen los sordos. Entre tantas voces ¿Cómo encontrarnos? A ¿quién decir que tiene la razón?.

La voz de Juan el Batista es la voz excepcional, única que indica una tarea concreta que debemos cumplir: “Preparen el camino del Señor”. Quiere decirnos que nuestros caminos, aunque los hubiéramos recorrido por varios años, no siempre nos llevan al encuentro con Aquel que ya está cerca. Él que viene de otro lado, por el camino que es de Él y no por el camino donde pensamos encontrarnos con Él.
A nosotros los cristianos la voz de Juan Bautista nos invita a que en medio del ruido de este mundo seamos la voz diferente, testimonio coherente y modelo de vida perseverante. Ahora nuestra tarea es no entorpecer ni dificultar la visibilidad de Dios. Nuestro testimonio consiste en que se vean en nosotros la luz de Jesús.

No encontraremos a Jesús en los caminos  de egoísmos, engaños y falsedades, ni en las luces encendidas en las vitrinas de los negocios, ni en los regalitos repartidos, tampoco en los supermercados. Por eso no tengamos miedo a Jesús en esta navidad, no tengamos miedo de acogerlo en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra sociedad, no tengamos miedo de acogerlo en nuestra vida sociopolítica, acogerlo para que nuestra vida y nuestra navidad se hagan para Él, un nuevo pesebre.

Queridos hermanos, “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión, esto es lo que Dios quiere de todos ustedes en Cristo Jesús. No extingan la acción del Espíritu, no desprecien las profecías, examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas. Que el Dios de la paz los santifique plenamente para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser, espíritu, alma y cuerpo hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo”. AMEN.