Sucre

Mons. Jesús Pérez: La alegría de la Navidad

Se acerca la Navidad y, lo noto en las personas a quienes saludo. La Navidad es motivo y causa de alegría. Este domingo tercero de Adviento, es llamado “gaudete” que quiere decir “Alégrense”. Esta palabra “gaudete” es la primera palabra latina de la antífona del canto de entrada y está tomada de las palabras del apóstol Pablo en su carta a los filipenses, “estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres” (Flp 4,4).

El mensaje de Pablo es sumamente optimista, muy apropiado para este tercer domingo de Adviento, en las puertas casi de la Navidad. El mensaje lo envía Pablo desde la cárcel. La razón de la alegría es: “el Señor está cerca”(Flp 4,5). En la liturgia se nos invita a vivir la alegría de Dios que viene a salvarnos. El llamado a la alegría es un llamado al cambio de vida.

La salvación del Señor,  Navidad, Dios con nosotros, mira y nos invita a la alegría en la preparación. La preparación a la Navidad nos lleva a la renuncia de todo  aquello para que Dios esté presente en nosotros. La sede de la alegría es el corazón y es ahí, donde debe llegar y quiere llegar la salvación el Señor, por ello, la alegría es mucho más honda que la sonrisa. Es esta alegría del corazón la que muestra la presencia de Dios. La alegría verdadera es el fruto del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. Por ello, el llamado de la Liturgia, tomado de la carta de Pablo nos trae una fuerza que nos hace capaces de recuperar los espíritus abatidos, de reanimar el entusiasmo de la lucha por la verdad, la justicia, la igualdad.

El mensaje de Juan el Bautista en el evangelio de hoy, Lucas 3,10-18, les lleva a sus oyentes a enfrentarse a su realidad y les preguntan ¿entonces, qué hacemos? Ya el domingo pasado, Juan Bautista, nos invitó a preparar los caminos del Señor. Hoy presenta un programa bien exigente para prepararse a la llegada del Señor. Anuncia la Buena Noticia, de que el Mesías ya está en medio del pueblo. Que detrás de él viene uno que es más importante que él, bautizará con agua y el Espíritu Santo. Pero a la vez, señala las exigencias para recibirlo.

Hubo una gran sorpresa para todos cuando le preguntaron lo que debían hacer. Es necesario hacer penitencia, o sea, arrepentirse, convertirse, cambiar de actitud… siendo justos, solidarios, cumpliendo con fidelidad las obligaciones del propio estado de cada cual, siendo fraternos con todos; no debieran aprovecharse del cargo del poder, para explotar al prójimo, sino compartir lo que tienen con aquellos que carecen de lo necesario.

Cada cual debemos hacer un cambio, debemos convertirnos, cambiar de mentalidad para mirar al prójimo con los ojos de la fe, para verlo como Jesús nos enseña, ver a Cristo en el hermano. Prójimo, es decir, próximo, hermano, cercano, participando de un mismo destino en la salvación que Dios Padre nos regala en la venida de Cristo, en su nacimiento. Hay que convencerse de que somos hermanos, y que no hay nadie de más, ya que para todos vino Cristo Jesús y, nos ha señalado una misión determinada a todos.

Cada uno debemos darnos espacio para la reflexión y la oración. Ver en el encuentro sincero con el Señor en qué nos afecta el programa de Juan el Bautista. Debemos preguntarnos serena y responsablemente, como los que acudían a Juan, ¿Qué debemos hacer? Se impone un buen examen de conciencia, que nos lleve a reconocer nuestros errores, nuestros pecados, sobre todo de omisión. Los pecados de omisión son muchos en todos. Pero, el que empiece a examinarse y decirse, a mí no me toca esto u otro, el que piensa que basta con lo que hace, se cierra en su corazón al compromiso, se evade de crecer en el amor.

La propuesta del Bautista, lo que el Papa nos está diciéndonos para esta Año de la Fe, lo que pide el Evangelio no es algo extraordinario, no es pasar el día rezando, no es hacer milagros… Se nos pide vivir cada día de acuerdo a la fe, siendo humildes, solidarios, no abusar del poder, practicar la justicia, no ser violentos de palabra y de obra. Todos somos propensos por el egoísmo a ser injustos, a buscar el propio bien y no de los otros, ambicionamos el poder y no el servicio. Todos sufrimos la dictadura del “yo” que nos lleva al abuso del poco o mucho poder que tenemos, aplastando al prójimo. Cuidado, no me refiero principalmente al poder político, aunque está incluido. El cambio mira a toda nuestra vida, a la del niño, del joven, como del adulto. El llamado del Adviento es para todos y debe tocar a todos. El cambio de mentalidad y de conciencia va a proporcionarnos la alegría que nace en el corazón nuevo en Cristo Jesús que vino a liberarnos de todo mal.

Pero hay algo más, muchísimo más en la alegría de Navidad, no es una exhortación a portarnos bien, para tener una conciencia tranquila y poder dormir mejor. La alegría estará en reconocer en el Niño nacido en Belén, al Salvador y Redentor, al Dios que salva. Que Dios está con nosotros. Por ello, la alegría de Navidad será mucho, muchísimo más que el deseo de felicidad, es el deseo de contar con Dios. Por ello, en Navidad, debe haber una convicción que Dios está con nosotros. De aquí nace la necesidad de una buena confesión para tener a Dios más cerca, dentro de nosotros. “El reino de Dios está dentro de ustedes” (Lc 10,9).

 

Jesús Pérez Rodríguez O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE
Sucre, 16 de diciembre de 2012