Sucre

Artículo semanal de Mons. Jesús Pérez: “Eres importante”

El Año de la FE, Dios mediante finalizaremos en noviembre en la fiesta de Cristo Rey,  ha sido convocado por Benedicto XVI, para afianzarnos en la fe, redescubrir la fe y tomar fuerza para ser testigos de la fe en Cristo Jesús, el único Salvador, el Enviado por Dios Padre, igual en dignidad que el Padre y el Espíritu Santo. En esta fe trinitaria esta lo central de la fe de los cristianos. Cuantas veces nos hemos cansado de este Dios y hemos caído en la tentación al igual que los israelitas por el desierto hacia la tierra prometida, como hoy se lee en la primera lectura tomada del Éxodo 32,7-11.13-34.

La Buena Noticia – el Evangelio – es que Dios nos ama, nos busca, viene a nosotros. Es el Dios cercano aunque lo sintamos lejos. El Dios que se compadece y por ello vino al mundo para que no hubiera duda. “Tanto amo Dios al mundo que nos dio a su Hijo” (Jn 3,16). La novedad es que Dios nos ama a cada uno. Que Dios ama a la humanidad, no es tan conmovedor como sentir y creer que Dios me ama a mí y a aquellos que no me aman y a todos los que rechazamos en nuestro corazón. Cada uno es importante para Dios. Dios no ama en abstracto, la humanidad sino como dice Pablo: “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

En el evangelio Lucas 15,1-32, nos da una idea clara de la importancia de cada persona. Deja las noventa y nueve y va en busca de la oveja perdida, de la oveja negra podríamos decir, para volverla al rebaño. Cada uno podría sentirse preferido, amado de Dios. Dios ama a su Iglesia. “yo estaré con ustedes hasta el final del mundo” (Mt 28,20). Pero Dios ama a cada uno en concreto. Cada uno que se aleja de la comunidad eclesial debiera preocuparnos, motivar a todos los bautizados. De ahí el llamado urgente que en 2007 nos hizo la Iglesia de América en Aparecida, Brasil. Cada bautizado tiene que ser “discípulo misionero”.

Las tres lecturas tienen una coincidencia el perdón de los pecados por la misericordia de Dios. Yahvé perdona a su pueblo por la intercesión de Moisés. Dios perdona los pecados directamente. Sí, pero Dios se quiso valer de mediadores e intercesores, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo se siente pecador, él personalmente es objeto de perdón. Por ello se abre totalmente al Señor y a la confesión del pasado.

El que siente perdonado, esta alegre y celebra la vuelta al amor. Ese es Pablo, quien está profundamente lleno de alegría por haber sido salvado por el único Salvador. Cristo Jesús. Así Pablo muestra públicamente su fe a Cristo Jesús y señala un principio esperanzador: “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1Tim 1,15). Benedicto XVI nos invita a “redescubrir la fe”. ¿Habremos descubierto los cristianos católicos la alegría de haber sido salvados al recibir el perdón de los pecados?

Es necesario que todos somos pecadores. ¿Acaso no decimos en la oración del “yo confieso” que he pecado mucho? Todo en primera persona para que no nos perdamos en el perdón a la “humanidad”. Llegar a descubrir que en primer lugar hemos faltado al primer mandamiento, “no tendrás otro Dios más que a mí”. Muchas veces actuamos en nuestra búsqueda de la felicidad personal como comunitaria volviendo la espalda a Dios a ………………. nuestros dioses. Los dioses de los pueblos vecinos al pueblo de Israel eran más permisivos.

Los cristianos quizás no hemos construido becerros de oro, pero Pablo dice a los cristianos que algunos tienen como Dios “al vientre”. De alguna manera somos como la oveja aventurera, la moneda perdida y el hijo despilfarrador. En cierta forma alguna vez hemos creído en los dioses del poder, del poseer y del placer. Nos inhibimos del cumplimiento de nuestros deberes familiares, sociales, laborales. Uno de los grandes pecados, los más abundantes son los pecados de omisión.

Guiados por la fe cada año iniciamos la Cuaresma, tiempo de conversión, de encuentro con Dios, Padre, de amor autentico con Dios y al prójimo, recibiendo la ceniza sobre nuestras cabezas con estas palabras: “conviértete y cree en el evangelio”. La parábola del hijo pródigo debe servirnos como punto de partida para una reflexión profunda del pecado. Para dar un paso decisivo en la conversión, en el cambio de vida. Hemos de pedir a Dios que nos dé a cada uno la gracia de reconocer que en nuestra vida hay no pocas tonteras al igual que el hijo pródigo.

Al examinar detenidamente todo lo que hacemos y dejamos de hacer a lo largo del día y de estos años, no podemos dejar de mirar el retrato de Dios que nos hace hoy el evangelista Lucas. Hay una conciencia deficitaria respecto a Dios. Dios es un Dios de amor y misericordia, que nos ama a cada uno, que nos comprende, que vive siempre esperándonos. Este Dios que nos presenta Cristo es el que nos invita a la reconciliación, al sacramento del perdón o de la alegría. Mucho bien, muchísimo bien, nos haría pensar que con la conversión le damos alegría a Dios.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre,  15  de Septiembre 2013