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MONS. JESÚS PÉREZ: EL VIVIENTE

El evangelio de este domingo, Juan 20,19-31, nos trae una síntesis de las dos primeras apariciones de Cristo, o sea, de las primeras “misas” dominicales. Cristo resucitado, EL VIVIENTE se hace presente y visible en medio de los discípulos reunidos. Ahí está la Iglesia, la cabeza, Cristo Jesús y los miembros, los discípulos. Es Cristo quien toma la iniciativa de esta celebración.

La Iglesia nos enseña lo siguiente, “La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la tradición establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del misterio pascual al mismo tiempo que la cruz” (CIC 638).

Seguimos proclamando en esta cincuentena pascual un hecho fundamental para toda la Iglesia: Jesús ha resucitado de entre los muertos. Jesús salió victorioso del sepulcro. Su cuerpo no yace en el sepulcro. El Señor resucitado está con la Iglesia, la comunidad cristiana, está entre nosotros con la fuerza de su Espíritu, el es EL VIVIENTE.

Desde el día de Pascua, el Resucitado, EL VIVIENTE, se siente presente en medio de la Iglesia reunida en la Eucaristía. Desde entonces, ese día, la Pascua de Resurrección pasó a ser el “domingo” es decir, el “Día del Señor”, el día consagrado a dar culto al Dios único y verdadero en Cristo y por Cristo. Juan Pablo II, nos regaló una hermosa carta apostólica que los católicos debiéramos conocer, con el título “Dies Domini” –Día del Señor–. Nos dice que: “el Domingo es día de Dios, día del hombre; día de reposo, día de la familia y de los amigos, día de la cultura y del deporte, día de la creación y de la recreación, día de la naturaleza y la lectura, día de la comunidad y de la Eucaristía, día de Resurrección y día de la solemnidad, día de la fe, día de la Pascua…”

El actuar de Dios es imprevisible. Jesús de Nazaret que es Dios, en sus apariciones de Resucitado es un misterio incomprensible, es un desafío a la imaginación. El aparece y desaparece del lugar en que están reunidos los discípulos. El miedo de los discípulos que les llevó a cerrar las puertas no es un obstáculo para que Cristo se haga presente.

La gran dificultad para ver a Cristo y estar con Él es el miedo, la incredulidad, el derrotismo. “Las puertas del corazón sólo se abren por dentro”. Por ello, Dios no puede llenarnos de su gracia, de su amor si nos cerramos a Él. Pero Dios puede hacerse presente y se hace presente iluminando la conciencia, llamándonos a la conversión.
Cristo está presente en medio de la Iglesia, pues “cuando dos o tres se reúnen en mi nombre yo estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). La presencia de Jesucristo en medio de la comunidad no depende de la santidad de los miembros. Jesús no está en la Iglesia porque seamos santos, sino porque Dios nos ama y por ello nos busca. Y nos busca para hacernos santos. La comunidad cristiana, la Iglesia, siempre ha caminado entre luces y sombras.

En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos 4,32-35, Lucas nos da una  visión global de la vida de la primera comunidad de Jerusalén. Es una visión un tanto idealizada, pero que expresa lo que tendría que ser una comunidad cristiana, fortalecida por el Espíritu del Resucitado. El reto está propuesto.

Aquella comunidad brillaba porque “todos pensaban y sentían lo mismo”, el amor solidario se manifestaba porque “todo lo poseían en común… vendían sus bienes y ponían el precio a disposición de la comunidad, nadie pasaba necesidad” (Hch 2,44-45). ¡Cuán lejos estamos de aquella primitiva comunidad!

Sin duda alguna que la primitiva comunidad cristiana es un buen espejo para que nos examinemos hoy. Puede ser que nos parezca utópico el cuadro pascual de aquella comunidad que nos presenta el evangelista Lucas. Pero este es el programa de vida, de vida nueva al que nos llama Cristo a todos sus discípulos. Es un gran desafío para nuestras parroquias, comunidades religiosas, grupos apostólicos.

Siguiendo la lectura de los Hechos, capítulo 5,1ss., tenemos el caso de Ananías y Safira, que quieren engañar a la comunidad respecto a los bienes que habían vendido. Parece que no duró mucho tiempo este comunismo cristiano de bienes. Habría que leer la carta del apóstol Santiago o cartas de Pablo, donde promueven en comunidades más ricas campañas de solidaridad, a favor de los cristianos de Jerusalén.
La comunidad cristiana, desde sus inicios se alimentó y fortaleció con la celebración de la fe en el “DÍA DEL SEÑOR”. Juan en este evangelio nos transmite una “catequesis” del domingo Cristiano. Para todo aquel que admira al Beato Juan Pablo II, le invitamos a adquirir su carta apostólica sobre el Día del Señor, “Dies Domini”, que fuera publicada el 31 de mayo de 1998.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE