Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Cristiano de escaparate”

Avanzamos hacia el final del año litúrgico que, termina el 20 de noviembre, fiesta de Cristo Rey y final también del año jubilar de la Misericordia. Hoy es el domingo XXX del tiempo ordinario, como se le llama en las celebraciones litúrgicas cristiano católicas. Como todos estos domingos pasados el evangelista Lucas nos presenta a Jesús camino hacia Jerusalén. Vuelve hoy a darnos una lección sobre la oración -ese era el tema del domingo anterior- , la cual debe ir acompañada de la virtud de la humildad. La parábola de Lucas 18, 9-14, nos dice: dos hombres subieron a orar al templo, uno era fariseo y otro publicano. En la reflexión, no sólo debemos vernos cómo oramos, sino también el modo de vivir nuestro cristianismo. Pues sucede con mucha frecuencia que la forma de vivir nuestro cristianismo es, no pocas veces, un cristianismo de escaparate, de fariseo o de puras formas exteriores.

Hace unos domingos, Jesús nos enseñaba a no “pasar factura “a Dios por todo lo que hayamos hecho, y nos enseñaba a decir: “hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Hace dos domingos, nos invitaba a ser agradecidos, reconociendo lo que Dios ha hecho y hace por nosotros. Hoy quiere disuadirnos para que no tengamos una actitud soberbia y engreída, tanto en nuestra oración como en nuestras vidas. Realmente, Dios nos desinstala de la manera humana que pensamos como lógica. Jesús no compara en la parábola de hoy a un pecador con un justo, sino un pecador humilde con un justo satisfecho de sí mismo y que mira por encima del hombro a los otros. El fariseo es buena persona. Cumple bien con lo mandado, no roba ni mata, ayuda cuando toca y paga lo que hay que paga. Pero, no ama. Está lleno de sí mismo, se cree santo. Es justo pero tiene poca fe y humildad en su interior. Da gracias a Dios por lo que es él. No tiene nada por lo que deba pedir perdón.

El fariseo encarna a la persona autosuficiente que parece estar “pasando factura” a Dios. La oración que hace, parece a primera vista, que es de agradecimiento, pero de hecho no es oración de acción de gracias, porque según él, es Dios quien tiene que pagarle sus propios méritos, acumulados mediante una observancia legal exacta y generosa que, incluso va más allá de lo prescrito por la ley mosaica. ¡Pobres de nosotros, si oráramos y trabajáramos como este fariseo!

El desenlace de esta parábola es que el publicano vuelve a su casa justificado o santificado, pues halló gracia ante Dios, y el fariseo no; porque todo “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. El fariseo se presenta como rico de méritos ante Dios; y el publicano, en cambio, como pobre. Esta actitud es la que gana el corazón de Dios, como nos enseña la primera lectura de Si 35. 15-17.20-22. El fariseo no aprueba el examen de Dios, porque a diferencia del publicano prefiere la seguridad de la ley a la aventura del amor, la contabilidad del mérito al riesgo de la fragilidad humana. Aunque no nos parezca bien, a Dios no le gusta la actitud mercantil en quienes les sirven. No lo dudemos, en cada uno sigue vivo un fariseo, y, esta actitud nos impide vernos tal como somos ante Dios que conoce mejor que nosotros lo que hay en lo profundo de nuestra interior.

Sucre, 23 de octubre de 2016.

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M. Arzobispo emérito de Sucre.