Sucre

Mons. Jesús Pérez: Complemento de la Pascua

La Pascua de Cristo es nuestra pascua en expresión del apóstol Pablo. Por ello, el triunfo de Cristo es nuestro triunfo y a la vez es el inicio de la misión de la iglesia, de sus discípulos. Los congregados en el monte de la Ascensión no se quedan “mirando al cielo”, sino que bajan a seguir viviendo, pero ahora sin el Guía, el Maestro. Cristo desaparece físicamente pero permanece vivo en el cielo y en medio de la comunidad con su Espíritu.

La Ascensión que celebramos hoy en la liturgia dominical es como el complemento y desarrollo de la Pascua. Y, todavía madurará mucho más con la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, cuya fiesta celebraremos el próximo domingo. El Catecismo de la Iglesia nos ayudará a entender bien la unidad del misterio pascual, las tres grandes celebraciones Pascua, Ascensión y Pentecostés. El misterio de la celebración pascual viene a ser como un único y dinámico movimiento de salvación, realizado por Cristo y que de él participamos en las celebraciones anuales.

En el libro de los Hechos, cuyo autor es Lucas, nos habla del acontecimiento de la Ascensión a los cielos, “lo vieron levantarse” (Hch 1,9). La Ascensión fue “como punto de llegada” de la vida humana y misión divina-humana de Cristo y también como “punto de partida” de la misión de la Iglesia, de los discípulos. Los ángeles les aseguraron que Jesús volverá al final de los tiempos. El mismo Lucas, en su evangelio señala que los discípulos “vuelven a Jerusalén con gran alegría” (Lc 24,52), para dar principio a la misión que se les ha encomendado. Para conocer la hazaña del anuncio del evangelio y del avance de la Iglesia hay que leer el libro de los Hechos de los Apóstoles, este libro se sigue escribiendo hoy con la vida de los testigos de Jesús, los cristianos.

La comunidad cristiana, la Iglesia, los apóstoles, los discípulos y discípulas no se quedaron “mirando al cielo”. Bajan a la ciudad y comienza el camino misionero. La misión que Cristo da, no es nada fácil, ser testigo valiente de su Muerte y Resurrección y predicar la Buena Noticia, hacer discípulos, bautizar y celebrar los otros sacramentos, especialmente la eucaristía, “hagan esto en memoria mía”(Lc 22,19; 1Cor 11,24).
Cristo al subir a los cielos ha dejado en sus discípulos, en los bautizados, la gran tarea de hacer este mundo mejor, viviendo en la esperanza de llegar al cielo, lugar de felicidad para él y para todos los que crean en él. Ha hecho de este mundo una “sala de esperanza”. La esperanza cristiana es un poseer ya, en parte, lo que se espera. Jesús dice: “bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”(Mt 5,3). El cielo está por venir, pero ya comenzó en nosotros por la gracia, la fe, el amor. Cristo ya reina, ya está, quiere estar en el corazón de cada uno. El reino no es un veremos. El reino de Dios se está gestando día a día, minuto a minuto.

En este año hay que “redescubrir la fe” nos ha dicho Benedicto XVI, no esperar es como negar la fe. Creer y no esperar es aún peor que no creer. Cuando decimos, “creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra” y en la práctica negamos la existencia de un Padre bueno, padre de todos y de todo lo creado, tiene más que motivos para no esperar. De ahí, la necesidad de redescubrir la virtud de la esperanza.

La súplica “venga a nosotros tu reino” que rezamos en el Padre Nuestro, expresa nuestra fe, es una súplica cargada de esperanza. Pero ¿qué sentido tiene pedir, “venga tu reino” sino vivimos trabajando por el reino de Dios? La fiesta de la Ascensión nos da esta consigna; hay que vivir esperando, “contra toda esperanza”. Es necesario luchar contra las tentaciones del desaliento y del derrotismo. La esperanza tiene que ser activa trabajando por el reino, hasta que Cristo vuelva siendo testigos del Evangelio, o sea, discípulos misioneros.

La jornada de los Medios Masivos de Comunicación Social, que celebramos en el domingo de la Ascensión, es una llamada a la conciencia adormecida de tantos hermanos y hermanas en la Iglesia para sensibilizarnos en la importancia de los Medios en el anuncio del Evangelio y comprometernos en cada acción que conduzca a un mayor y mejor empleo de los medios masivos de comunicación al servicio de hacer llegar a todos lados la Palabra de Dios.

Benedicto XVI, antes de su renuncia, como todos los años, nos ha dado un bello mensaje que versa sobre las “redes sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización”. Nos advierte lo que supone: “La cultura de las redes sociales y los cambios en las formas y los estilos de la comunicación suponen todo un desafío para quienes desean hablar de verdad y de valores”. Es importante conocer este mensaje, el cual se puede obtener a través de Internet.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.