Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: COMENZAR POR CASA

El domingo pasado escuchamos la parábola de los dos hijos, el que dijo “si” y no fue, y el que dijo “no”, pero luego fue a trabajar a la viña del padre. A través de esa parábola Jesús desenmascaró la gran hipocresía de aquellos hombres piadosos del pueblo de Israel. Hoy también proféticamente quiere seguir llamando la atención en la misma línea y, lo hará el próximo domingo.
Estas historias que cuenta Jesús en estos tres domingos pueden repetirse hoy día en nosotros y, sin duda, que nos sirve para prevenirnos. Los efectos y pecados del pueblo de Israel pueden repetirse en la Iglesia, el nuevo  pueblo de Dios, y en la familia, la llamada “iglesia doméstica”.

La primera lectura de este domingo de Isaías 5,1-7, es un bello poema, un canto de amor a la viña. El dueño hizo lo increíble por ella, para que produjera fruto. El profeta aplica la comparación al pueblo de Israel, “la viña del Señor es la casa de Israel”. El Dios bondadoso y tierno ha realizado toda clase de cuidados con su pueblo.

El evangelio de Mateo 21,33-43 nos narra la parábola de los viñadores homicidas insertándola en el contexto de esa imagen de Israel como viña de Dios. En el evangelio, en la parábola, ya no se anuncia la destrucción, como en Isaías, sino que se dice, el Dueño acabará con los malos cuidadores y “arrendará la viña a otros que le den el fruto a su debido tiempo”.

Sería muy cómodo y de inconscientes quedarnos en que la parábola va dirigida al pueblo de Israel. Jesús está reprochando a su pueblo y especialmente a sus dirigentes porque no le han acogido como el Mesías, el Enviado por el Padre, el Dueño de la viña. El mensaje y el reproche va para todos, la viña de la Iglesia.

El profeta  Isaías y Jesús dirían: “la viña del Señor, la Iglesia de Cristo”. Hoy día, se repite la infidelidad y la esterilidad en no pocos miembros de la Iglesia, en las autoridades y en el pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II afirma en el documento de los laicos: “que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo” (AA 2).
No nos extrañemos de lo anterior. No hay que confundir impecabilidad con infabilidad. La Iglesia es infalible, en el campo de la verdad, nunca abandonará el camino de la verdad. Pero la Iglesia no es impecable, ya que todos los bautizados y confirmados, todos sus componentes, somos pecadores, y como dice el apóstol Pablo, llevamos en vasos de barro la gracia (cfr. 2Cor 4,7).

Algo que no entra aun en la mayoría de los bautizados es el examen de conciencia acerca de los frutos que el Señor espera de cada uno. Por ello, habría que detenerse y profundizar cuando pedimos perdón de nuestros pecados. ¿Dónde quedan los pecados de omisión?
Las lecturas de este domingo nos invita a enfrentarnos con nosotros mismos, preguntándonos si todo lo que Dios ha invertido en nosotros: Él nos ha dado la vida del cuerpo y del espíritu, salud, fe, talentos naturales, su Palabra, la pertenencia a la Iglesia, tantas personas buenas que nos rodean… ¿Cuál es el fruto que estamos dando? ¿No tendrá que dar a otros viñadores tanto bien que nos ha proporcionado?
Es necesario comenzar por casa, por la familia, la “Iglesia doméstica”. La familia es como una viña del Señor, plantada amorosamente y cuidada por Él. Es el Señor el que ha instituido el sacramento del matrimonio. La gracia del sacramento perdura en los esposos toda la vida.

El Concilio Vaticano II pide a los esposos cristianos trabajar en la familia: “Los esposos cristianos son para sí mismos, para sus hijos y demás familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y ejemplo para la vida cristiana y apostólica, les ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en los hijos” (AA 11).

El mes de octubre está en la Arquidiócesis de Sucre dedicado a la Familia. La Pastoral Familiar viene trabajando, desde hace varios años, con las familias a fin de valorar la importancia de la vida familiar. Hay, a Dios gracias, voluntarios que están ayudando a través de sus talentos de psicología, pedagogía, medicina… ¡Cuánto no podrían ayudar los cristianos a hacer que las familias sean viña del Señor! Por ello, llamó a todas las personas de buena voluntad a dar algo de su tiempo en la pastoral familiar. A poner sus servicios en pro de la familia.

Jesús Pérez Rodríguez
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 2 de octubre de 2011