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Mons. Gualberti pide aplacar polaridad electoral

El Arzobispo de Santa Cruz, monseñor Sergio Gualberti, durante la homilía de este domingo, convocó a los bolivianos a participar en las elecciones generales del próximo 18 de octubre, en libertad y democracia auténtica. Además, expresó su preocupación de que manos criminales provocaran los incendios de miles y miles de hectáreas forestales.

“Quiero renovar la exhortación que hice el domingo anterior para que todos participemos en las próximas elecciones generales en nuestro país en libertad y democracia auténtica”, dijo en su homilía que se realizó desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir, en Santa Cruz.

Gualberti consideró que se debe tomar consciencia que el voto de cada uno de los bolivianos cuenta, por lo que convocó a vivir estos comicios en libertad, defendiendo la vida, el medio ambiente, la biodiversidad,  que se destierre la pobreza y se luche contra la corrupción y el narcotráfico, además de promover el bien común, la unidad y la paz.

Asimismo, demandó al pueblo boliviano preparar un clima de serenidad y de paz en estos comicios, desterrando cualquier acto de violencia y lograr apaciguar el ambiente tan polarizado que se ha creado en el país en los últimos días.

El Arzobispo expresó su preocupación de que manos criminales provocaran los incendios de miles y miles de hectáreas forestales, por lo que destacó que el Gobierno nacional emitiera una declaratoria de emergencia nacional, que permitirá solicitar la ayuda internacional.

El 18 de octubre, Bolivia vivirá una fiesta democrática, para la cual más de 7 millones de bolivianos fueron habilitados para asistir a las urnas, a fin de emitir su voto para elegir a las nuevas autoridades nacionales.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti. Arzobispo de Santa Cruz

  11/10/2020

“El Señor ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos”. Hermanos y hermanas, esta visión que nos presenta el profeta Isaías en la 1era lectura, imagina la salvación final, total y definitiva, como un gran banquete de fiesta, de comunión y de vida ofrecido al pueblo de Israel y a todos los pueblos.

«Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación… ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!». Alegría y gozo porque el Mesías vendrá a instaurar el banquete del reino de Dios, la salvación esperada por tantos siglos, restablecerá la justicia y devolverá la esperanza a los pobres, los enfermos, los pecadores y a todos los necesitados. En el Reino, la muerte será transformada en vida, el llanto en alegría, la humillación en alabanza, las divisiones y rancores en comunión  y paz.

Este sueño de Isaías se ha hecho plena realidad en Jesús, como Él mismo nos dice hoy con la parábola de un banquete nupcial. Esta narración es como la concreción de las palabras finales de la parábola del domingo anterior sobre los viñadores homicidas: “Se les quitará a ustedes el reino de Dios y se les dará a un pueblo que produzca sus frutos”.  En las dos narraciones, hay coincidencia entre los personajes: los destinatarios son los jefes del pueblo de Israel, los mensajeros son los profetas, el hijo del rey es Cristo, figura central del plan de salvación de Dios.

Jesús nos presenta un banquete que un rey celebra con motivo de la boda de su hijo. A la fiesta son invitadas varios notables, sin embargo, todos, con diversos motivos, se excusan de asistir “y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio” y algunos, incluso, matan a los mensajeros enviados por segunda vez. Esos personajes anteponen los intereses económicos y el poder a la salvación ofrecida por Dios y de esa manera ellos mismos, voluntaria y conscientemente, se excluyen del banquete. Ante esta negativa el rey manda a invitar a gente ocasional: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.”

Dios es el rey que, en primer lugar a través de los profetas, presenta al Mesías, su Hijo, como el salvador del pueblo de Israel. Pero, dado que, posteriormente, el mismo Jesús es rechazado por los judíos, los primeros invitados, las puertas del Reino se abren para toda la humanidad. El Reino de Dios predicado por Jesús, abre el horizonte limitado del Antiguo Testamento hacia el espacio ilimitado de la salvación definitiva para todas las gentes y de todas partes. Gracias a Jesús, la salvación no es completa si no es universal.

Ya que el Reino es un proyecto gratuito de Dios, fruto de su amor, nadie puede esgrimir méritos algunos, ni siquiera su buena conducta, para participar de la fiesta, sino que todos son invitados, sin discriminación entre buenos y malos: “Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos”.  Esta vez la invitación tiene una respuesta favorable y la sala del banquete se llena pronto: gente de la calle, pobres, lisiados, ancianos abandonados, viudas, publicanos y prostitutas, todas personas marginadas de la sociedad de entonces. Aunque el banquete es gratuito para todos indistintamente, sin embargo, no todo vale, hay que cumplir con un requisito indispensable.

Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. Este traje de fiesta es el estilo de vida de poner en práctica las enseñanzas de Jesús y del evangelio, mientras el reino de Dios se revele en plenitud a todos los pueblos.

Toda persona, independientemente de su procedencia étnica, nacionalidad, rango social y económico, tiene acceso al plan de salvación. Dios, solamente pide que se vista el “traje de la fe”, de la confianza en Él y en su Hijo Jesús, el “traje de la esperanza”, de la vida eterna como nuestra felicidad y el traje de la caridad”, del amor al prójimo, la práctica de la justicia y la solidaridad con los necesitados y abandonados.

A pesar de esta oferta generosa de parte de Dios, no todos están dispuestos a asumir y traducir las exigencias evangélicas en la vida cotidiana: “muchos son llamados, pero pocos son elegidos.” Esta sentencia final de Jesús nos hacen tomar conciencia que no podemos pretender formar parte del Reino de Dios y al mismo tiempo vivir conforme al estilo mundano. Creo que, todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, nos hemos encontrado ante la encrucijada de aceptar la invitación a participar del banquete del reino de Dios o de rechazarla y anteponer nuestro plan de vida, nuestros sueños e intereses.

Estas palabras de Jesús, además de ser una advertencia, resuenan para nosotros como un apremiante llamado a no escatimar esfuerzos para pertenecer al número de los invitados al banquete del Reino de Dios y comprometernos con entusiasmo y generosidad, para producir frutos auténticos de conversión, de amor, de reconciliación y paz tan urgentes en nuestra sociedad.

Al terminar esta reflexión, quiero renovar la exhortación que hice el domingo anterior para que todos participemos en las próximas elecciones generales en nuestro país. Debemos tomar consciencia que nuestro voto cuenta y que depende de la responsabilidad de cada uno de nosotros que se viva en libertad y democracia auténtica, que se defienda la vida humana en todas sus etapas, que se cuide el medio ambiente y la biodiversidad, que se destierre la pobreza, que se luche en contra la corrupción y el narcotráfico y que se promueva el bien común, la unidad y la paz. Por eso preparemos un clima de serenidad y de paz, desterrando cualquier acto de violencia y apacigüemos el ambiente tan polarizado que se ha creado en estos días.

También vuelvo a expresar la preocupación por la sequía que afecta nuestro país, escenario agravado por los incendios de miles y miles de hectáreas forestales, muchos de ellos provocados por manos criminales. Ante la grave la situación, las autoridades han emitido la declaratoria de emergencia nacional, lo que permite solicitar la ayuda internacional. Sin embargo, no olvidemos que nosotros somos los primeros responsables de cuidar la tierra que habitamos, el don que Dios nos ha dado no para explotar de forma irracional, sino para administrar y para que dé frutos de vida para todos.

En estas circunstancias tan delicadas de nuestro país, el Señor nos pide no acobardarnos y más bien ser fuertes y perseverantes en dar testimonio de nuestro compromiso por el Reino de Dios. Para eso hace falta seguir el ejemplo de San Pablo confiando de verdad en la presencia del Señor que nos ayuda y sostiene en nuestro caminar: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Amén

Fuente: Abi/Arzobispado de Santa Cruz