Cochabamba

Mons. Flock: El grito de Jesús es el grito de toda la persona que enfrenta la realidad de su muerte

Monseñor Robert Flock, obispo auxiliar de Cochabamba, presidió la Eucaristía de Domingo de Ramos en la Catedral de COchabamba, en una jornada de elecciones, pero que no afectó a la asistencia de cientos de fieles a la principal Iglesia de la Arquidiócesis.

En su homilía reflexionó sobre la realidad actual que, como relata el evangelio, está en la necesidad de la presencia de Dios. Invitó a que él sea, en la persona de Cristo la compañía, pues nunca nos abandonará.

TEXTO COMPLETO Y AUDIO DE LA HOMILÍA

Domingo de Ramos 29 de marzo, 2015
Catedral Metropolitana San Sebastián

“Eloi, Eloi, ¿lamá sabactani?”
Queridos hermanos,
Con estas palabras, Jesucristo llegó al final de su vida terrenal. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Llevado a la cruz bajo el poder de Poncio Pilato, víctima de la conspiración de los Sumo Sacerdotes y los Escribas, traicionado por su amigo Judas, negado por su favorito Pedro, abandonado por los demás apóstoles, torturado por los soldados y burlado por la turba que demandó su crucifixión, se siente abandonado por Dios mismo, y así grita al cielo. “Eloi, Eloi, ¿lamá sabactani?”
Su angustiado reclamo se repite hoy a diario en nuestro medio, como cuando un hombre muere en la puerta del hospital por falta de recursos, o cuando una niña es violada y asesinada por múltiples pandilleros que tomen su turno sin la más mínima conciencia de la gravedad de su pecado.

Su grito llega al cielo también en los presos encarcelados con la prisión preventiva más larga que la sentencia. Su clamor se levanta por los pobres que nunca salen de la miseria porque les viene una tragedia tras otra.

Aquellas realidades son a su vez la otra cara de una sociedad que le dice al Señor Jesús en Semana Santa que “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”, pero que lo niega de manera acostumbrada domingo tras domingo abandonado la Santa Misa. Es un pueblo que se acerca al calvario en la fiesta de la Virgen, pero que se olvida de Madre de Dios como también de su Hijo en el Día del Señor. No escucha la Palabra de Dios por si acaso le pida conversión. Y después se pregunta por qué no se puede frenar la violencia, el feminicidio y tantos otros males en nuestro medio.

Sin embargo, el grito angustiado de Jesús no es “Pueblo, mío, pueblo mío, ¿por qué mes has abandonado?, sino “Dios mío”. Se siente en el suplicio de la cruz abandonado hasta por su Padre celestial que no le rescata en el último momento como en las películas. Cómo los pasajeros del vuelo 9525 llevados a la destrucción por aquel piloto desquiciado, su grito a Dios es silenciado al estrellarse con la muerte. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué me has abandonado?

El grito de Jesús es el grito de toda la persona que enfrenta la realidad de su muerte en la soledad de su interior y en la oscuridad de su existencia pecadora. ¿Cómo se puede sentir la cercanía confortadora de Dios quien se ha roto con Él? ¿Cómo experimentar su amor vivificante quien se defiende con violencia y se endurece su corazón porque cree que su propia maldad se justifica? Jesús, aunque nunca cometió pecado y fue siempre fiel y obediente al Padre celestial, al entregarse a la humanidad, sufre hasta las últimas consecuencias esta tragedia, siendo la última consecuencia el horrífico e inescapable abismo de su muerte sin Dios. Entonces grita su verdad en lengua materna: “¿Eloi, Eloi, lamá sabactani?”
Pero el misterio escondido es que este desgraciado, abandonado a su muerte en la cruz, es precisamente Dios. Es Dios hecho hombre, encarnado. Él es Emanuel, “Dios con nosotros”.

Por el hecho de que Jesús sufre el abandono de la muerte en toda su crudeza, y con toda la crueldad que pueden ingeniar los pecadores, nosotros los pecadores no estamos abandonados por Dios a nuestra merecida suerte; somos acompañados por un Dios que está con nosotros en la misma muerte. Incluso podemos decir que “descendió a los infiernos” en el sentido de que ofrece su cercanía, y por consiguiente su salvación, a todos los que creen en él y en su amor misericordioso. Por horrible que sean los pecados –y qué será más horrible que crucificar al Hijo de Dios—Jesús devuelve la esperanza a los condenados.

“Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor».”

Queridos hermanos, ya no tenemos derecho a decir “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Nos toca decir: “Jesucristo es Señor”. Él es “Dios con nosotros”. ¡Jesús es Dios conmigo!

Entonces, que no le abandonemos a Jesús, ni en la Misa en el Día del Señor, ni en el hermano que sufre las consecuencias de mundo pecador. Imitemos la bondad que hemos recibido, diciendo como Jesús mismo en las palabras del Salmo: “Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea.”