La Paz

Mons. Eugenio Scarpellini: Jesús no quiere la muerte del pecador

Ayer, V domingo de cuaresma, dedicaco también a la solidaridad, Mons. Eugenio Scarpellini quien es obispo de la diócesis de El Alto presidió la eucaristía en la Basílica de San Francisco.

Su honilía fue centrada en la narración del evangelio sobre la mujer adúltera. Remarcó que Jesús muestra la misericordia del Padre, pues Dios no quiere castigar, no quiere la muerte. Dios quiere que tengamos conversión y vida eterna.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA
Cortesía Iglesia Viva
V Domingo de Cuaresma – Ciclo C
“Vete y no peques más”

Queridos hermanos,

Estamos celebrando el Vto. y último domingo de Cuaresma. En unos días estaremos celebrando los grandes misterios de nuestra fe en la Semana Santa. Es un tiempo propicio para seguir y afinar nuestro camino de conversión a partir del encuentro con Jesús quien nos revela el rostro misericordioso del Padre.

Motiva nuestro camino las palabras del profeta Jeremías: “Miren que realizo algo nuevo; no piensen en lo antiguo… haré correr agua en el desierto y ríos en el yermo”.

¿Cual es esta novedad de Dios?

En los últimos dos domingos, las lecturas nos exigían un compromiso decidido en la conversión; en la parábola de la higuera se nos ofrecía un tiempo, una ulterior oportunidad de cambiar y dar frutos; en la parábola de los dos hijos, el menor se convierte y retorna, el mayor no se deja tocar por el amor infinito del Padre. Siempre es protagonista el Padre misericordioso, aunque se pone la atención sobre la necesidad de la conversión personal.

Allí eran dos parábolas; hoy Jesús mismo actúa, no actúa la mujer pecadora. Ella permanece callada, asustada y con miedo. Los judíos la han sorprendida en adulterio y merece ser apedreada según la ley de la Torah. La llevan a Jesús con doble intención: Jesús ha afirmado de querer observar y cumplir la ley; por eso debería participar en la lapidación de la mujer; pero si lo hace, pierde la aureola de misericordioso que lo ha caracterizado con su actuación con los pobres y pecadores.

El silencio y la misteriosa escritura de Jesús disipan poco a poco el miedo de la mujer y obligan a un serio examen de conciencia a los judíos: “quien es sin pecado que tire la primera piedra”. Jesús destapa la conciencia de las personas: nadie está exento de pecados y nadie puede arrogarse el derecho de juzgar y condenar al otro.

La pregunta de Jesús: “¿Nadie te ha condenado?” hace renacer la esperanza en la mujer. Sus acusadores se han ido, uno tras otro. Ahora está sola, frente a Jesús, el único que tendría la autoridad moral para juzgarla. La mujer espera el juicio de Jesús: “Yo tampoco te condeno”. Jesús le regala el perdón, le devuelve la dignidad de persona. En ella Jesús no ve solo el pecado o una vida desperdiciada en la búsqueda de una falsa felicidad: ve la mujer que ha sufrido en la relación de pareja, a la cual le han dado muerte en vida.

“Vete y non peques más”. No es amenaza, “Jesús no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Es una invitación a volver a la vida, a la esperanza: en Jesús no existe solo la ley, existe la gracia, existe la gratuidad de la misericordia de Dios. La experiencia del perdón, de la comprensión infinita de Jesús llena el corazón de la mujer de un amor nuevo, verdadero y profundo, diferente de aquel que la había decepcionado, dejada sola y llevado casi a la muerte.

El relato de hoy, seguramente histórico, nos presenta algunos cuadros que debemos reflexionar porqué interpelan nuestra vida:

Jesús y los judíos. Los judíos juzgan y condenan sin ningún reparo. Hoy, en nuestro país se están multiplicando las denuncias y los juicios en contra de adversarios, personas influyentes. Es una actitud presente también en cada uno de nosotros: ¡cuánto es fácil juzgar, condenar y no mirarse dentro! No se es inocentes o santos solo porque se apunta el dedo despiadadamente contra otros. Es siempre más fácil ver la paja en el ojo del hermano y no la viga en el nuestro.

Jesús está en silencio. Es un silencio que desaprueba la condena, que cuestiona la presunta honradez de los judíos; es un silencio de compasión y misericordia. Jesús no actúa solo con la ley en la mano, Jesús habla a la vida, busca a las personas. En lugar de juzgar, escucha el miedo y el sufrimiento de las personas.

El juicio con la intransigencia de la ley en la mano crea dolor, sufrimiento, muerte, división y enfrentamiento. El juicio con misericordia escucha, sana rehabilita, reincorpora a la vida; compromete a un cambio de vida, asumido con confianza y alegría.

Jesús y la adultera. Es Jesús quien actúa: mira a la adultera, con su silencio reconstruye la calma y la confianza en ella, la perdona, le dona nuevamente la esperanza de la vida y le muestra el camino de la verdadera felicidad. Jesús quiere mostrar su identidad, la que le viene de su Padre: es un Dios misericordioso. Podríamos casi decir que Jesús necesita del pecador para mostrar su amor infinito, su misericordia. Lo hace hasta el final de su vida: en la cruz perdona al ladrón. Nunca deja de ser misericordioso.

La discriminación de la mujer. Los judíos llevan donde Jesús a la mujer y no al hombre. Nos duele el trato diferente que recibe la mujer ayer y hoy. Nos duele constatar que muchas veces la mujer sigue siendo víctima de violencia en el hogar y en la sociedad. Nos duele, en los casos de violación, ver que hay quienes invierten cínicamente los roles y acusan a la mujer de haber provocado al varón. La mujer, en estos casos, es doblemente víctima. Jesús, en los encuentros con la samaritana, la adultera y María Magdalena, supera los prejuicios, se acerca a ellas con cariño y escucha sus vidas.

A lado del relato de la adultera, la 2da lectura de hoy nos ayuda en el camino de preparación al encuentro con Jesús en la Eucaristía que estamos celebrando. Pablo juzga todo como perdida, como basura, frente al don de haber conocido a Jesús y de haber sido agarrado por Él en el camino de Damasco. Es una relación que lo empuja a hablar de Él, sufrir por Él y asimilarse a Él hasta dar la vida. Pablo experimentó, como la adultera, el perdón de Jesús: le fue perdonado mucho y por eso amó mucho.

Es el mismo Jesús que estamos encontrando en la celebración de la Eucaristía; nos da su perdón y nos dice: “Vete en paz, el Señor te ha perdonado, no peques más”.