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Mons. Antonio Reimann: “La Luz resplandece en Las tinieblas y Las tinieblas no la han detenido” (Jn 1, 5).

En mi última visita pastoral en la parroquia de San Antonio de Lomerío, para participar en la clausura del Año de la Fe, me llamó la atención el siguiente hecho: Un cierto cambio de costumbres, tras la lle-gada de la energía eléctrica a San Antonio de Lomerío (2011). En este año, exactamente el 6 de Junio, cerca de la parroquia, se instaló también la torre para captar la señal telefónica de la empresa estatal Entel.

He podido observar que en muchas casas de este pueblo se ve los niños junto a la televisión y los juegos electrónicos; Internet da la posibi-lidad de entablar la comunicación con todo el mundo. Los jóvenes por las noches ocupados con su celular, captando diferentes programas de música y de intercomunicación. Yo mismo pude por primera vez comu-nicarme desde San Antonio con mis familiares. ¿Por qué lo digo?

Porque el tiempo de Adviento y de Navidad nos recuerda también un hecho muy importante del cual nos habla San Juan con estas palabras: Jesús es la luz verdadera que ilumina a todo hombre, por El fue hecho el mundo; vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo han recibido y que creen en su nombre, les ha dado poder llegar a ser hijos de Dios (cfr. Jn 1, 10-12).
En el día de nuestro bautismo el sacerdote se dirigió a nuestros padres y padrinos con estas palabras: “Reciban la luz de Cristo; a Ustedes Padres y Padrinos se les confía acrecentar esta luz. Que sus hijos, ilumina-dos por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz; y perseverando en la fe, puedan salir con todos los San-tos al encuentro del Señor”. El Espíritu Santo que ha sido derramado en nosotros en el día del bautismo, nos mueve a exclamar Abba, Padre (cfr. Rom 8, 15), nos ayuda a comunicarnos con Dios, y también entre nosotros (cfr. Hch 2, 9-11).

Así el contraste entre la Luz y las tinieblas nos indica cuál es nuestra situación real. La tiniebla es el caos, es la nada. En el principio, la Luz surgió de la Palabra y todo se ordenó para que fuéramos felices (Cfr. Gn 1, 14). Luego, el pecado envolvió de oscuridad la Historia, (2 Cor.4, 3-4) hasta que el Padre nos entregó a su propio Hijo: “luz verdadera que ilumina a todo hombre que anda en tinieblas” (Jn.1, 9) Este proceso es el que experimentamos cada uno de nosotros. El don de la fe se nos ofrece como regalo de pertenencia, de alianza de familiaridad con Dios, pero llegar ser plenamente hijos en el Hijo, es un camino de conversión que abarca la vida entera. La santidad está envuelta en el claroscuro: luz y tiniebla. Por eso, nuestros límites personales, nuestras dudas y debilidades, nuestro pecado, no nos humilla… La Luz ha querido habitar en vasijas de barro (Cfr. 2Cor 4, 7). Y es así, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de noso-tros. El Dios que ha dicho: Brille la luz en la oscuridad, es quien ha encendido su Luz en nuestros corazones.

En las vísperas de la Navidad vale la pena hacernos estas preguntas: ¿Qué significa para mí la existen-cia de la luz de Dios en mi vida personal familiar? ¿Busco esta luz en la Palabra de Dios, y a través de la ora-ción personal y comunitaria? ¿Esa experiencia me ayuda a sentirme hijo de Dios, y hermano de toda la crea-ción, especialmente de los hombres y mujeres que pasan por momentos difíciles en su vida?
Al concluir el Año de la Fe, quisiera recordarles las palabras que el papa Francisco ha escrito en la in-troducción a su Carta Encíclica titulada: Lumen Fidei (Luz de la Fe): “En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nues-tro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría. Fe, esperanza y caridad, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios” (7).
Queridas Hermanas y Hermanos. Seamos siempre agradecidos a Dios por el gran amor que nos tiene, por tomar nuestra naturaleza humana con todas sus consecuencias. Agradezco también a todos los que, a lo lar-go de este Año de la Fe, sembraron esta Palabra de esperanza en los corazones de los hombres y mujeres en nuestras parroquias.
Por intercesión de la Virgen Inmaculada, cuya fiesta celebramos el 8 de Diciembre, confío la extensión de esta Luz que es Jesús mismo a través de:
– Preparación a los sacramentos de la iniciación cristiana (especialmente Eucaristía y Confirmación) asocia-da al año litúrgico;
– La vivencia eucarística que nos ayudará a celebrar el Congreso Eucarístico Diocesano;
– La formación de los Laicos a través de la animación bíblica y la Escuela de Catequistas;
– La Familia como escuela de fe y de caridad;
– La preocupación por la vocaciones sacerdotales y religiosas;
– La preocupación de todos los fieles por el mantenimiento de sus iglesias locales.
Estimadas Hermanas y Hermanos. ¡Feliz Navidad! Porque nace Jesús cuál sol radiante para bendecirnos, comunicarnos nuevamente con su Padre, y para estrechar los lazos de comunión y solida-ridad entre todos nosotros y con toda la creación. Abrámonos a este Don, y comuniquémoslo al mundo entero con alegría cristiana.
Por intercesión de la Virgen María y San José, el Niño Dios hecho hombre, les bendiga y acom-pañe.
Fraternalmente: +Antonio Bonifacio Reimann, OFM