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REFLEXIÓN DOMINICAL: AVIVAR LA ESPERANZA CON LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

La alegría del Evangelio (Evangelii Gaudium) es el título de la exhortación apostólica que acaba de publicar el papa Francisco. ¡Qué hermoso título para empezar el mensaje de esperanza que la Iglesia aviva en el tiempo de adviento! Y prosigue: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1). El sucesor de Pedro despliega en este gran mensaje todo el pensamiento que nos ha ido entregando hasta ahora en retazos y en el cual están presentes tanto las proposiciones del Sínodo sobre la Nueva Evangelización como su propia visión acerca de la situación de la Iglesia. Con el talante de la alegría, que nace del Evangelio, como Espíritu que envuelve todo el escrito, desde las claves de la misionariedad de la Iglesia, del diálogo con el mundo, con las culturas y religiones, y de la opción preferencial por los pobres, el anuncio gozoso del Evangelio es el acontecimiento capaz de transformar el corazón y la vida humana. Asimismo nos da los principios fundamentales para trabajar por una sociedad que se sustente en el bien común y la paz social, priorizando el tiempo sobre el espacio, la unidad sobre el conflicto, la realidad sobre la idea y el todo sobre la parte. Por todo eso nos llama a todos a una conversión profunda, que interpele desde el Evangelio tanto al papa como a los fieles, a la Iglesia, a los Estados y a los potentados que controlan y dirigen las estructuras económicas del mundo que excluyen a los pobres.

Con este gran impulso del papa Francisco y fieles a su llamada para que la homilía esté centrada en la Palabra de Dios y no en la palabra del papa, presentamos, como habitualmente hacemos, el mensaje bíblico de este domingo primero de Adviento en el que los cristianos empezamos nuestra preparación para celebrar la Navidad, avivando en nosotros la esperanza de la venida última y definitiva del Señor con la gloria propia del Resucitado. La palabra de Dios nos habla hoy del anuncio de la venida del Señor. Isaías nos proporciona una visión espléndida del fin de los tiempos con la casa de Dios como centro y cumbre de una riada humana de pueblos numerosos encaminados hacia el Señor a través de su ley y de su palabra (Is 2,1-5). Pablo señala la cercanía de la salvación para los creyentes en Dios, como motivo central de una nueva conducta en la luz (Rm 13,11-14) y Mateo anuncia la llegada repentina del Hijo del Hombre (Mt 24,37-44), pero podemos centrarnos en esto último y contemplar la figura enigmática del Hijo del Hombre que viene y cuyo origen se remonta a la tradición apocalíptica del libro de Daniel (Dn 7,13).

Según los evangelios, Jesús se presenta como Hijo del Hombre revelando tres facetas de sí mismo, unas veces se manifiesta como juez de la humanidad (Mt 24-25), otras como sufriente y víctima de la injusticia de los hombres (Mc 8,31; 9,31; 10,33), y otras como servidor y liberador del hombre (Mc 10,45). Cuando en la Iglesia se habla de Adviento y de la venida del Hijo del Hombre se refiere principalmente a la llegada gloriosa de Cristo en la parusía, vencedor de la muerte, señor del cosmos y juez de la historia y de la humanidad. Pero el que vendrá en el futuro definitivo es el mismo que vino ya y sigue viniendo trazando el camino de la verdad, asumiendo el proceso de liberación del hombre y afrontando su destino de sufrimiento y de muerte por la causa del Reino de Dios. Y es el mismo Hijo del Hombre que actúa con autoridad entre los suyos, ofreciendo el perdón al paralítico (Mc 2,10), interpretando la mediación religiosa de la ley y del sábado en función del ser humano (Mc 2,18), y que muestra su identidad como servidor de todos (Mc 10,45).

Al presentar la venida del Hijo del Hombre el evangelio de hoy subraya dos aspectos: Su carácter imprevisible y su carácter de juicio tajante. En primer lugar, el que viene como vencedor de la muerte lo hará de manera repentina y sorprenderá a todos, de igual manera que el diluvio pilló por sorpresa a los contemporáneos de Noé. Según el evangelio, aquellos andaban distraídos respecto a las señales de parte de Dios y no se daban cuenta de la llegada del diluvio destructor. Actividades cotidianas de la vida, tan normales como comer, beber, casarse o emparejarse son las acciones más naturales de la vida humana. Pero son consideradas como una desatención o distracción respecto a las señales que marcan lo último y lo fundamental de la historia de la humanidad. De ese modo en el evangelio se interpreta que la generación de Noé no es que fuera condenada por inmoralidad sino por una gran superficialidad espiritual: “No se enteraban de nada” (Mt 24,39). Dejarse arrastrar por las preocupaciones cotidianas absorbe la percepción profunda de una existencia abierta a Dios y a un futuro en la espera de la venida del Señor. Pablo también reclama su atención en todo ello apelando a tomar conciencia del momento en que vivimos y a darnos cuenta de lo que está pasando (Rm 13,11)

En segundo lugar, la venida de Jesús conlleva un juicio tajante. Mediante el paralelismo de las imágenes de dos hombres y de dos mujeres que son tajantemente separados se muestra la contundencia del juicio que inaugura la venida del Hijo del Hombre. Éste viene con decisión y provocando escisión: “Estarán dos en el campo: uno se lo llevarán, y a otro lo dejarán” (Mt 24,40). Esta separación es sinónimo de juicio sobre la responsabilidad personal e ineludible de cada cual.

Finalmente se cuenta la última parábola del ladrón que viene a deshora y de repente para evocar la irrupción inesperada del día del Señor. La custodia y la vigilancia del dueño de la casa es la garantía de la defensa de la misma frente a cualquier intromisión. Ésta es la misma actitud espiritual que debe caracterizar a los discípulos que no deben dejarse atrapar por el cansancio o por la indiferencia, por la relativización o por la flojera, sino que están llamados a vivir vigilantes en la espera imprevisible de su Señor.

Por tanto el mensaje de Jesús a sus discípulos es una llamada a la vigilancia constante y a la responsabilidad, a la fe activa, a la resistencia firme y a la actitud de oración permanente. El imperativo “velad” o “estad atentos” es el mismo utilizado en la interpelación de Jesús a los discípulos en Getsemaní (Mt 26, 38.40.41). Desde aquí se percibe cuál es la señal a la que realmente hay que estar atentos en la perspectiva cristiana. Atentos a la hora del sufrimiento de cualquier persona humana y vigilantes para estar a la altura de la solidaridad requerida en la hora del dolor. El adviento es una ocasión propicia para “darnos cuenta” de lo que en el mundo está pasando y para avivar en nosotros la esperanza en el Hijo del Hombre que viene con la alegría del Evangelio y cuyo nacimiento en la historia celebramos en Navidad.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura