Análisis

Miguel Manzanera SJ: Pentecostés, nueva etapa en la historia de la salvación

La historia de la salvación tiene varias etapas que se suceden en el tiempo. La primera corresponde al tiempo que en la Biblia designamos como Antiguo Testamento y se extiende desde el inicio de la creación hasta la encarnación de Jesús en el seno de la Virgen María, donde se inicia el Nuevo Testamento que culminará con la segunda venida de Jesús como Rey del Universo.

Ya en el Antiguo Testamento hay indicios precursores del plan salvífico, trazado por Dios desde la eternidad. Tal como relata la Biblia en su primer capítulo, Elohim, nombre con el Dios es designado en plural en el primer capítulo del Génesis, creó a Adán y a Eva, dándoles el poder de procrear hijos, originando así la familia humana a imagen y semejanza de la Familia Divina. Dios el poder de gobernar la tierra para vivir en paz y alegría en el Paraíso (Gn 1, 26-28).

Sin embargo esa alegría duró poco, ya que Satanás, el ángel rebelde, bajo la figura de una serpiente, quiso destruir el plan divino: Para ello tentó primero a Eva y por ésta a Adán, para que, desobedeciendo el mandato de Dios, comiesen del fruto prohibido para ser como dioses. Ante esa desobediencia Yahveh Elohim les castigó a ambos con varias penalidades, incluyendo la muerte, extensible a todos sus descendientes (Gn 3).

Toda la humanidad quedó manchada por esa desobediencia inicial, llamada “pecado original” que merecía la pena de muerte. Sin embargo el mismo relato narra cómo Dios se arrepintió y en su misericordia prometió rehacer la creación para que no quedase contaminada por el pecado para siempre: También preanunció al ofidio tentador el castigo que merecía: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer entre su descendencia y la tuya. Tú le acecharás el calcañar, pero Ella te aplastará la cabeza”.

Un erudito teólogo del siglo II, San Ireneo, Obispo de Lyon, entendió que la desobediencia de Adán y Eva afectaba a toda la familia humana. Por eso cada ser humano, ya desde su concepción en el seno de su madre, lleva la mancha del pecado original, que aunque no sea un pecado personal, debilita a todo hombre en su conciencia y en su libertad.

San Ireneo vio en el relato bíblico la lucha del demonio contra la Mujer con la victoria de ésta quien aplastó la cabeza al maligno y dio a luz al Salvador. Por eso María es llamada “la nueva Eva” y Jesús el “nuevo Adán”, ya que ambos restauraron el plan de Dios de crear la familia humana a su imagen y semejanza.

Jesús predicó el Evangelio de la salvación, pero comprendió que su Padre Dios le pedía ofrecerse en la cruz como víctima expiatoria por los pecados del mundo. La Virgen María también entendió que debía acompañar al Redentor como Corredentora al pie de la cruz, juntamente con ellos estaba también Juan, el discípulo amado de Jesús.

Según la providencia divina la unión materno-filial entre María y Jesús pasa a ser también unión esponsal al pie de la cruz, cuando Jesús, al ver a María al pie de la cruz y con ella a Juan, el discípulo amado, dice a María “¡Mujer!, he ahí a tu hijo”. Y a Juan le dice: “He ahí a tu madre”. Desde ese momento el discípulo la aceptó como madre y la recibió en su casa. (Jn 19, 25-27). De esta manera se inicia la Iglesia como la nueva familia humana de Jesús, vivificada por la Rúaj Santa, según el modelo de la Familia Divina Trinitaria.

Este nacimiento de la Iglesia se consolidó y se hizo visible el día de Pentecostés, a los 50 días después de la Pascua. La Santa Rúaj (Espíritu), enviada por Jesús, bajo la forma de lenguas de fuego, símbolo real del Amor divino purificador y fortalecedor, descendió sobre María con los Apóstoles y las santas mujeres, constituyéndose así públicamente la Iglesia (Hch 2, 1,13). Esta comunidad eclesial está llamada a incorporar a nuevos miembros mediante el agua y la Rúaj Santa en el sacramento del bautismo que borra la herencia de la culpa original de Adán y Eva.

De esta manera se hace fecunda la unión mística esponsalicia entre los Corazones de Jesús y de María que germinará a lo largo de la historia y se consolidará en la Boda escatológica al final de los tiempos cuando venga de nuevo el Señor, Rey del universo. Por eso la Rúaj y la Novia, anhelantes, oran ya desde ahora, clamando: “Marana tha”, “Ven Señor Jesús” (Ap 22, 17).