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“Miedo, esclavitud y muerte, tres palabras que expresan el dominio del mal en el mundo” Mons. Sergio Gualberti Arzobispo de Santa Cruz.

Homilía del Excmo. Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz en ocasión de la celebración de la FiestaSERGIO de la presentación de Jesús al Templo o Fiesta de la Candelaria.

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación de Jesús al templo: José y María, cumpliendo con alegría la ley de Israel, suben a Jerusalén para presentar a Dios el niño Jesús, a los 40 días de su nacimiento. Es una familia joven que quiere ponerse bajo la mirada de Dios, vivir conforme a su voluntad. En esa ceremonia de consagración los primogénitos eran ofrecidos y entregados a Dios, aunque luego eran “rescatados” con la ofrenda de un cordero, si era una familia rica, o de un par de palomas si la familia era pobre. “Todo primogénito varón ha de ser consagrado al Señor”.

Este día por tradición es conocido como la fiesta de la “Candelaria” en referencia a la purificación de la Virgen María como todas las madres después del parto. Sin embargo más propiamente es la celebración de un misterio de la vida de Cristo, que desde su infancia se encuentra con su pueblo y que se pone al servicio del plan de salvación del Padre.

Es importante mirar con atención esta primera entrada del niño Jesús en el majestuoso e imponente templo de Jerusalén, en medio de tantas personas en movimiento, ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas que atienden a los sacrificios y ofrendas, y los numerosos devotos y peregrinos que han llegado para orar y encontrarse con Dios. Sin embargo, ninguno de ellos pone atención a Jesús, un niño como los demás, hijo primogénito de dos padres pobres y muy sencillos.

Sólo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren en esa familia pobre la gran novedad y captan los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Gracias al Espíritu Santo reconocen en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia, un premio por su constancia y fidelidad a las promesas de los profetas.

Simeón aparece como “justo, piadoso… conducido por el Espíritu” dócil a su acción, lleno de esperanza, ilusionado con la llegada del salvador, capaz de mirar a su alrededor con los ojos de la fe.

Simeón, ni bien ve al niño, lo toma en sus brazos y pronuncia esas palabras estupendas y edificantes, dignas de un anciano justo que ha vivido toda una vida en paz con Dios y que ahora encuentra realizada su espera, y por lo tanto puede entregarse serenamente en sus brazos: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste Salvador ante todos los pueblos “. La alegría del encuentro con el Redentor, hace que ya no le tema a la muerte, porque es un encuentro que le abre las puertas de la vida eterna.

Simeón contempla la luz de Dios, que viene a iluminar el mundo, y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías: «¡Luz para iluminar a las naciones, y Gloria de tu pueblo, Israel!». Con frecuencia los evangelios presentan a Jesucristo como LUZ, y no se trata sólo de una luz que ayude a caminar, sino de algo más profundo y universal: es una luz que SALVA, es decir, luz que es el camino que conduce a la vida. Las velas o candelas (Candelaria) que se han bendecido al inicio de la Eucaristía, simbolizan justamente a Jesucristo como la luz, como el salvador.

La segunda lectura que hemos escuchado de la carta a los Hebreos subraya claramente cuál es la misión que le espera al salvador: “reducir a la impotencia al diablo que tenía el poder de la muerte y liberar de este modo a los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte”, por eso Jesús debía también participar de nuestra condición humana.

Miedo, esclavitud y muerte, tres palabras que expresan el dominio del mal en el mundo, que quita la libertad y mantiene paralizado al ser humano, ejerciendo violencia y sometiéndolo a una situación de opresión, sin posibilidad alguna de salida.

En ese escenario de oscuridad, confusión y desesperación, la proclamación solemne de Jesús como luz y salvador por parte de Simeón, es un anuncio gozoso que abre un horizonte de esperanza y de libertad.
Junto al anciano Simeón, hay otro personaje humilde que descubre en ese niño al salvador. Es Ana, “mujer ya entrada en años” que, enviudada todavía muy joven, había pasado el resto de su vida en el templo “sirviendo a Dios noche y día con ayuno y oraciones”, toda una vida ascética y sobria. A ella, persona humilde y creyente como Simeón, el Espíritu Santo revela sus planes acerca del niño Jesús. Su corazón desborda de tanta alegría que no puede guardársela para sí misma “se puso a dar gracias a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

María presentó Jesús al Señor, Simeón y Ana, lo proclaman ante todo el pueblo de Israel y ante las naciones, y son entre los primeros en asumir la misión evangelizadora, en darlo a conocer a los demás. María y estos dos personajes iluminan a cabalidad el misterio de Cristo, Mesías, y nos indican que para encontrar al Señor hay que tener la mirada de fe, la esperanza de los pobres y dejarse guiar por el Espíritu Santo.

Justamente por esto, el Beato Juan Pablo II eligió la fiesta de hoy para celebrar la Jornada de la Vida Consagrada y, esta mañana, tenemos varios representantes que están animando nuestra Eucaristía.

La consagración de Jesús al Padre, es la imagen de la entrega total de la propia vida para aquellos, mujeres y varones, que están llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, «los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente».

Por cierto, la cultura y sociedad actuales, donde se va dando una progresiva marginación de la religión de la esfera pública, donde el hedonismo y el erotismo son propuestos como modelo, y donde el relativismo hace parecer perecederos los valores fundamentales de la vida, no son el ambiente más favorable para que una persona decida consagrar toda su vida Dios.

Sin embargo, a pesar de este contexto adverso, sigue habiendo jóvenes y señoritas que no se acobardan, por el contrario, al igual que María, Simeón y Ana y bajo la guía del Espíritu Santo, descubren y experimentan la presencia de Dios que llena su vida, y deciden compartirla con los demás.

Testigos gozosos de Jesús, la luz que los ilumina, orienta, y sostiene en su misión evangelizadora, sin miedos ni temores, para ofrecer su alegría y esperanza para todos, en particular para los que viven en la oscuridad de la confusión, de la duda y del sin sentido.

Si bien es cierto que todos los cristianos somos llamados a dar un testimonio luminoso y coherente, esta mañana me dirijo de manera particular a ustedes, queridos hermanos y hermanas consagradas para que la acción apostólica se convierta en compromiso de vida entregada con entusiasmo y pasión y que tenga como permanente referencia a Cristo “luz de la verdad y del amor”.

Amén.

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