Análisis

Martín Gelabert: “Pan del cuerpo, pan del alma, pan del espíritu”

Lo que se cuenta en el relato de las tentaciones de Jesús no fue un asunto puntual, sino una constante de la vida de Jesús. La cuestión de fondo es: ¿cómo realizar la misión mesiánica? El tentador propone que el método más eficaz para ser “hijo de Dios” es el prestigio, el poder y la ostentación. Lo primero que le dice el tentador a Jesús es que el pan, el dinero, la abundancia de bienes siempre es muy seductora. Por eso le propone: “convierte estas piedras en pan”, así todos te seguirán y te aclamarán como Hijo de Dios. Jesús responde que, si bien el pan es importante, no es lo más decisivo en la vida. Lo verdaderamente decisivo es el pan de la palabra de Dios. Por esto “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

En otro momento, Jesús, después de haber multiplicado los panes para que la multitud pudiera comer (porque también de pan vive el hombre y, a veces, es necesario empezar por ahí), se da cuenta de que la gente se conforma solo con el pan material. Por eso primero se lamenta: “me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. Luego señala cuál es el buen pan, el que puede llenar no solo el estómago, sino la vida: “obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre” (Jn 6,26-27). Hay un pan del cuerpo, necesario y básico. Los cristianos debemos luchar para que este pan llegue a todos. Hay un pan del alma, más necesario aún: el buen talante, las buenas relaciones, el buen humor, la capacidad de perdonar, de acoger a los hijos, de estar con los amigos. Hay un pan del espíritu que supone los otros dos, los perfecciona y los ilumina: la Palabra de Dios, que llena la vida de sentido y nos mantiene fuertes en medio de las dificultades.

La pregunta ahora sería: ¿y que dice esta Palabra? Pues dice que Dios quiere que seamos felices. Que quiere para todos y cada uno un presente y un futuro lleno de vida. Es una palabra que no ofrece soluciones concretas, pero que da luz para que cada uno, en su situación, busque la mejor solución. Esta palabra se resume así: “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. El prójimo y Dios acogidos con amor, esa es la clave del ser humano y del ser cristiano. Cuando esta clave se olvida las consecuencias son nefastas. En el plano humano: guerras, depresiones, enemistades, rivalidades. En el plano cristiano: tristeza de sentirse solo, de no ser perdonado, de no ser amado, tristeza de sentir los límites de la vida. Cuando la Palabra es acogida todo cambia: la vida y la muerte se santifican (o sea, se ponen al nivel de Dios, el único Santo) y adquieren nuevo sentido (o sea, se puede vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte).