Santa Cruz

La música ha sido su aliada en la tarea evangelizadora

Ante el anuncio de que el 16 de octubre será la última misa que oficiará en la capilla de Equipetrol, miles de feligreses han comenzado a escribir mensajes de agradecimiento al padre Juan Kurahashi, un sacerdote salesiano de origen japonés que el 22 de febrero de 1980 llegó a Bolivia y desde entonces, por su carisma, comenzó a hacer amigos que extrañarán sus singulares misas, las cuales son animadas con música de instrumentos ejecutados por el religioso como armónica, saxofón, trompeta o acordeón.

Con su sonrisa y amabilidad típicamente japonesas, el padre Juan atiende a todo aquel que se apega por su iglesia, sea para pedir un consejo, para confesar sus pecados o para requerir que oficie una misa, lo cual acepta con agrado.

Aunque da poca importancia al cambio que tendrá este mes, pues se replegará hasta la residencia de Don Bosco, a cuya orden religiosa pertenece, para luego, en diciembre, emprender un viaje a Tokio, Japón, donde se hará un chequeo médico, en especial de la vista que ya le falla debido a la edad, pues el 8 de marzo del próximo año cumplirá 80 años.

Cuando regrese al país, en marzo de 2017, se asentará en Montero con la misión de atender a los católicos descendientes de japoneses que viven en la capital montereña, Santa Cruz de la Sierra y en las colonias de San Juan y Okinawa, una tarea que le entusiasma porque le recuerda el inicio de la misión para la que vino a Bolivia, hace 36 años.

El camino de la fe
Revivir pasajes de su niñez deja entrever algo de tristeza en su rostro y con voz algo entrecortada recuerda que cuando tenía dos años su padre murió en la gran guerra chino-japonesa (1937-1945), a la que fue como soldado, dejando sola a su madre con tres niños.

También revela que su nombre original no es Juan, pues al provenir de una familia budista, la religión mayoritaria de Japón, fue nombrado Terunobu, que quiere decir La fe brillante, pero a los 12 años cuando fue bautizado en la religión católica le pusieron Juan en honor a su santo, pues nació en Yokohama el 8 de marzo de 1937, día de San Juan de Dios.

Recuerda que la devastadora conflagración dejó mucho sufrimiento en la población civil, en su mayoría mujeres y niños, que se llevó la peor parte, en especial para subsistir.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, en la que Japón fue derrotado por EEUU luego de lanzar las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el hospital militar que había cerca de su casa, en Tokio, fue adquirido por la congregación religiosa católica de las Madres Adoratrices, que en su mayoría eran españolas e italianas, aunque también había algunas niponas, que lo convirtieron en su convento y casa de ayuda a los más necesitados.

Así conoció a la madre Teresa Takashima, que lo atrajo a los jardines del monasterio, donde lo ayudaba a estudiar y propició su ingreso a la escuela de la orden Don Bosco que se había establecido en el barrio. Al ser de escasos recursos también fue beneficiado en el hogar de niños huérfanos al que ingresó y a los 12 años fue bautizado.

Un año después su madre falleció y quedó al cuidado de los religiosos en el hogar Don Bosco, donde a los 14 años recibió la primera comunión y desde entonces quiso ser cura.

Posteriormente ingresó al seminario donde para sobrellevar la soledad del encierro, los discípulos se entretenían aprendiendo a tocar instrumentos musicales, de ahí le quedó la afición por el arte que posteriormente le ayudó en su tarea evangelizadora, tanto en su natal Japón como en Bolivia.

Se ordenó sacerdote el 21 de diciembre de 1966, es decir, que cumplirá 50 años de servicio; en 1977 fue enviado a estudiar en la universidad en Roma, donde conoció al sacerdote Jesús Juárez, que trabajaba en Montero, el cual le expresó la necesidad de contar con un cura nipón para dar clases en la escuela agropecuaria Muyurina y que atienda a los feligreses japoneses del norte cruceño; idea que le agradó, hizo la petición por escrito a sus superiores y fue enviado a Bolivia, donde se enamoró de la gente.

La amistad ante todo

El padre Juan confiesa que la música ayuda mucho en una misa, eso atrae a los fieles, y por ello demuestra su arte en cada celebración; esto también le atrajo muchos amigos.

Kurahashi estima que en su misión en Bolivia han escuchado sus misas 500.000 personas, “he bautizado a 30.000 niños y he casado a 5.000 parejas las cuales me han buscado exclusivamente por la amistad de muchos años con sus padres”, confiesa. Asimismo, por la particularidad de sus celebraciones es muy requerido por las empresas para bendecir locales o para actos oficiales.

 

Igor Ruiz Zelada

iruiz@eldeber.com.bo

06/10/2016

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