Análisis

Lavatorio de los pies

Uno de los actos más llamativos que realizó Jesús es el lavatorio de los pies a sus discípulos, relatado con detalle en el cuarto Evangelio dentro del marco de la Última Cena. Llama la atención que este evangelio, cuyo autor indudablemente es el “discípulo amado”, identificado con San Juan, no incluya el relato de la institución de la Eucaristía, narrado por los tres evangelios sinópticos.

Esto es sorprendente si se considera que el evangelio de San Juan es el más eucarístico de todos, ya que, después de narrar la multiplicación de los panes y los peces, transcribe el discurso eucarístico de Jesús con la consiguiente discusión que mantuvo en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6).

Dentro de la Última Cena se relata el lavatorio de los pies. Aunque a primera vista no tendría relación con la Eucaristía, sin embargo, viene a ser una magnífica introducción propedéutica a la misma. La tarea de lavar los pies la realizaban los siervos cuando los amos o los huéspedes regresaban a la casa después de caminar con sandalias por caminos polvorientos. Por eso Simón Pedro no permite que Jesús haga este oficio de sirviente, aunque finalmente cede ante el aviso terminante de Jesús: “Si no te lavo no tendrás parte conmigo” (Jn 13, 9).

El Maestro quiso que este gesto  quedase grabado de manera indeleble en la vista y en la memoria de los doce, ratificando así lo que tantas veces les había enseñado, pero que todavía no habían asimilado: En el Reino de Dios, “el que quiera ser el primero sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).

Con ese gesto Jesús quiso cortar la ambición de poder de los doce apóstoles, cuyas expectativas habían crecido con dos últimos acontecimientos espectaculares: la resurrección de Lázaro y la aclamación popular a Jesús como el “Rey de Israel”, que parecían preludiar la inminente implantación de su reinado.

El lavatorio de pies muestra también la necesidad de purificación antes de participar en la Eucaristía.  Esta lección última del Maestro debe mantenerse viva. Todos los miembros de la Iglesia y más todavía sus pastores sin excepción debemos distinguirnos en el servicio por amor. “En esto se conocerán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros” (Jn 13, 35).

Lastimosamente la ambición del dinero, del poder y del placer sigue existiendo en la Iglesia. Se ha hecho visible en los últimos años con los lamentables escándalos de sacerdotes abusadores de infantes, eclesiásticos arribistas y candidatos a prebendas y honores. De aquí la necesidad de purificación permanente de la Iglesia.

Providencialmente Dios ha enviado al Papa Francisco quien ha asumido esa tarea como prioridad tal como lo ha subrayado en numerosas ocasiones. Ha nombrado comisiones para la reforma de la Curia Romana y él mismo ha adoptado una vida austera, liberada de protocolos y de ostentación de riqueza, que con toda seguridad atraerá a muchas personas a imitarle.

Asimismo ha querido que en el día del Jueves Santo, el lavatorio de los pies recobre su verdadera significación de atender a los más vulnerables. El pasado año lo realizó lavando los pies de menores en un correccional y este año lo ha hecho con pacientes de graves lesiones ortopédicas, oncológicas y neurológicas en una fundación de beneficencia. El Papa se arrodilló ante ellos, les lavó, les secó y les besó los pies. Este gesto es muy significativo ya que el mismo Papa, aquejado de debilidad en rodillas y caderas, necesitó ayuda para levantarse después de cada lavado.

Ojalá este gesto ejemplar nos haga conscientes de que debemos amar y servir a la Iglesia y a todos los hombres necesitados de ayuda espiritual o corporal. Todo ello es la mejor preparación para comprender la entrega de Jesús en la cruz y recibir más dignamente su cuerpo y su sangre en la Eucaristía.