Internacional

Las monjas del WhatsApp

Carmen, una joven madrileña, se despierta temprano cada mañana. Bueno, la despierta su smartphone con un fuerte pitido. Mientras desayuna consulta sus redes sociales favoritas, entre ellas, el WhatsApp. Allí está, como cada mañana, el que le llega desde el Convento de San Blas en Lerma (Burgos), donde vive una comunidad de dominicas. Es «El Reto del Amor», una iniciativa que pretende evangelizar a través de la vida diaria y la experiencia de Dios de siete religiosas de esta comunidad, que vive en clausura. Son Leticia, Inés, Aroa, Joane, Sion, Israel y sor Carmen, la priora del monasterio.

«Hola, buenos días, hoy Joane nos lleva al Señor. Que pases un feliz día. SUMÉRGETE», comienza uno de los mensajes enviados en mayo, un texto que también se puede consultar en su recién estrenada web: dominicaslerma.es. El reto de ese día era «no pasar de largo ante alguien con problemas», una reflexión que Joane pensó cuando paseaba con sus hermanas de comunidad por la huerta, se percató de la altura y densidad de la hierba, que había crecido mucho por las últimas lluvias, y quiso tumbarse sobre ella. «Hoy puede que paseando en el trabajo, en un viaje, en la casa sin nombre… mires hacia abajo y veas hierba, mucha hierba, a alguien con un problema, con una dificultad que parece no parar de crecer. (…) Cuando lo veas, primero ora por él o por ella, para que sienta que Cristo está ahí, en su mata de hierba». La firma que siempre cierra los textos también es una invitación y también el lema de la iniciativa: «Vive de Cristo».

Así sucede cada mañana desde mayo de 2012, aunque el Reto se forjó en el mes de abril «por una persona que buscaba a Dios»; no era una idea pensada o planificada, más bien, como dice la maestra de novicias, sor Leticia, «una iniciativa de Cristo». Nació del contacto de una joven con el convento, a donde llamó en busca de ayuda en su camino de fe; un acompañamiento que realizó la propia Leticia, que le enviaba su particular reto por mensaje de texto, pues «entonces no tenía WhatsApp». Quince días después, la joven confesó a la religiosa que sentía la necesidad de compartirlo con más gente, y así lo hizo, aunque sor Leticia le seguía escribiendo a ella.

Hoy, el SMS de Leticia se ha transformado en mensajes de Whatsapp que llegan a más de 3.000 personas directamente desde el monasterio, que a su vez lo reenvían a sus propios contactos… Así, el Reto ha llegado a personas muy diferentes e, incluso, a la cárcel, la de Pamplona concretamente. «Un amigo lo envía a una persona que realiza allí una labor pastoral. Ésta les leyó un día el Reto a un grupo del módulo de hombres y se emocionaron. Desde que nos enteramos, nos sentimos muy unidas a todos ellos».

No llevan un orden establecido a la hora de escribir, pero cada una trata de «compartir desde el interior» su vida cotidiana, como si fuera un diario. De este modo, el que recibe el Reto entra por un momento en el convento y puede participar del lavado semanal y arriesgarse a tender fuera cuando hay algunos nubarrones, del «día de regar», de la siesta de las novicias y la posterior actuación de las «Brigadas de las Camas Hechas» o de los «yogures de la cena». Todo siempre en primera persona y con una reflexión-reto: arriesgarse, no dar el amor por supuesto, sorprender, ver si tu vida tiene los dos ingredientes esenciales.

«Por eso siempre nos presentamos –aclara Leticia– porque el Reto no lo escribe ni lo envía un ente sin cara, sin personalidad; tampoco lo envían las dominicas en genérico. El Reto es de corazón a corazón. De lo que Cristo le ha hablado al corazón a una de nosotras y que nosotras, a su vez, lo compartimos con alguien, en quien pensamos al escribirlo».

Reconoce que no siempre es fácil poner palabras a las cosas que viven en la comunidad, pero nunca faltan a la cita de cada mañana. Es raro que el Reto no esté escrito el día anterior, pues son «mil las peripecias en las que vemos al Señor». Si no está, lo escribe la propia Leticia en la oración de la mañana. Unas prefieren escribirlo en papel; otras, como las del noviciado, lo hacen en las tabletas que les han regalado y que, además, utilizan para rezar, leer, para estudiar… Y también tienen iPhone. «A mí me da lo mismo uno que otro, pero si el Señor nos ha provisto de este cacharro, pues con éste lo enviamos», añade.

Así, la historia de una joven que buscaba a Dios y que llegó hasta un convento de Lerma se ha convertido en un instrumento para ayudar a mucha gente: a rezar, a vivir, a ser feliz y, como dice el apellido del Reto, a amar. Estas jóvenes religiosas siguen el ejemplo de santa Teresita de Lisieux, que fue misionera –de hecho, es una de las patronas de los misioneros­– desde la clausura.