Santa Cruz

Los ídolos del tener, del poder y del aparentar nos ponen en contradicción con Dios, Mons. Sergio Gualberti

La Solemnidad de la Santisima Trinidad y la celebración de la jornada nacional de las comunidades eclesiales de base, fué el contexto en el que  Mons. Sergio Gualberti expresó su preocupación pues “vivimos en una sociedad del apuro, con excesivos compromisos, y trabajos, preocupaciones, trámites, constantemente  pendientes de la hora, del celular y de las redes sociales.

Mons. Gualberti sostuvo que Es dispersión lamentablemente no va sola, a menudo la acompaña una tendencia todavía más acentuada en nuestra existencia, que actúa en la profundidad y a veces no es fácil ni siquiera advertir: la división, la ambigüedad y hasta una vida doble.

El prelado considera que esta situación acarrea graves consecuencias para la familia, ocasionando falta de diálogo, incomprensiones, divisiones, peleas y divorcios. La contradicción interior es también la raíz profunda de la descomposición social manifestada, entre otros, por la corrupción generalizada, el contrabando, el narcotráfico, el recurso a la violencia, la inseguridad ciudadana, las tensiones de todo tipo, el sometimiento de la justicia y el debilitamiento del estado de derecho.

Por ello exhortó al Pueblo de Dios a escuchar el llamado para dar testimonios concretos de: unidad frente a las divisionesde comunicación frente a las intransigencias y presiones y de paz frente al recurso de la violencia y las confrontaciones

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Pronunciada en la Catedral de San Lorenzo Mártir

Domingo 31 de mayo de 2015

La Santísima Trinidad, es el misterio central y fundamental de la fe y de nuestra vida cristiana. Es la realidad maravillosa de un solo Dios en tres Personas divinas, iguales en su naturaleza y, al mismo tiempo, distintas entre sí. Es el misterio del ser y de la vida íntima de Dios, que Él mismo ha querido darnos a conocer y compartir con nosotros, gracias al Hijo y al Espíritu Santo. 

Si Dios nos ha revelado su identidad es para que nosotros nos conozcamos a nosotros mismos en lo profundo de nuestro ser e identidad. Sí, porque nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Conocerla es conocernos a nosotros, a nuestra vocación y a la gran dignidad a la que nos ha elevado entre todas las demás criaturas.

Creados a imagen de la Trinidad y también salvados en el nombre de la SS. Trinidad, ya que hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Entre las tres personas divinas existe la unidad perfecta, una comunión y comunicación total y una relación de amor en su más alto grado. Y nosotros, por pura bondad de Dios, hemos sido hechos partices de su amor y su vida trinitaria.

Cada uno de nosotros ha sido creado por amor y para el amor, para vivir en comunidad, para socializar con los demás. Nosotros, encontramos nuestra plena realización personal haciendo de nuestra vida un don de amor, creando comunión y unidad. Tenemos que dejarnos iluminar por la Santísima Trinidad, la unidad plena y perfecta, para aprender a hacer unitaria nuestra vida, una unidad profunda, donde todo esté entrelazado y amalgamado.

Si miramos atentamente nuestras jornadas, nos damos cuenta que nuestra vida hoy corre el riesgo de la dispersión por las demasiadas cosas que nos apremian. Vivimos en una sociedad del apuro, con excesivos compromisos, y trabajos, preocupaciones, trámites, constantemente  pendientes de la hora, del celular y de las redes sociales.

 

Nuestras jornadas son fragmentadas por tantas cosas que andan sueltas sin relación las unas con las otras, lo que nos quita la serenidad y hasta el sueño. No podemos extrañarnos entonces que las relaciones interpersonales no vayan bien, que haya incomoprensiones y tensiones, que seamos irascibles y que haya cosas que nonos salen bien. En muchos momentos pareciera incluso que hemos perdido el control de la situación y de los acontecimientos y que ellos nos controlan.

 

Esta dispersión lamentablemente no va sola, a menudo la acompaña una tendencia todavía más acentuada en nuestra existencia, que actúa en la profundidad y a veces no es fácil ni siquiera advertir: la división, la ambigüedad y hasta una vida doble.

 

Estamos en contradicción con nosotros mismos,una vida siempre en conflicto, entre lo que queremos y lo que hacemos, entre los ideales y la práctica cotidiana, entre la fe y las obras. Lo estamos ante todo con nuestra conciencia, que nos indica cual es el camino del bien y de la verdad, el camino para ser personas leales, honestas sinceras, libres y auténticas. Sin embargo, en muchos casos, nuestras palabras, acciones y opciones de vida están guiadas por la conveniencia, las ventajas posibles, por el miedo de mostrar nuestro lado débil, por no tener la valentía de ir en contracorriente, y caemos en el conformismo de los prejuicios y de las modas impuestas por el ambiente que frecuentamos.

 

Estamos también en contradicción también con el prójimo. si bien con palabras, con intenciones deseamos la paz, la amistad, exaltamos el amor, el respeto hacia el prójimo, hablamos de justicia y la honestidad, en los hechos la codicia, la envidia, los rencores, los prejuicios, los enfrentamientos, incluso el odio marcan lamentablemente nuestras relaciones cotidianas con los demás.

Esto tiene graves consecuencias para la familia, ocasionando falta de diálogo, incomprensiones, divisiones, peleas y divorcios. La contradicción interior es también la raíz profunda de la descomposición social manifestada, entre otros, por la corrupción generalizada, el contrabando, el narcotráfico, el recurso a la violencia, la inseguridad ciudadana, las tensiones de todo tipo, el sometimiento de la justicia y el debilitamiento del estado de derecho.

También, aunque esto nos pueda extrañar, podemos estar en contradicción con Dios, cuando pensamos que cumplimos con el Señor yendo a la Iglesia pero sin ser coherentes con las decisiones de cada día, cuando nuestra fe y nuestra vida andan por dos rieles paralelas que no se encuentran. De la misma manera estamos en contradicción con Dios cuando nuestra fe es reducida a una pura religiosidad, cuando ponemos a lado del Señor otras creencias, cuando recurrimos a horóscopos o brujería.

 

De manera particular estamos en contradicción con Dios, cuando, a pesar de que decimos que creemos en él, en los hechos ponemos nuestra confianza y orientamos nuestra vida en los ídolos del tener, del poder y del aparentar.

 

La contemplación y meditación del misterio de la Santísima Trinidad, es un fuerte llamado a renovar nuestra fe y unificar nuestras vidas desde este misterio de amor, de unidad y de verdad, para superar estas ambigüedades presentes en nuestro corazón y en nuestro actuar a nivel personal, familiar y social.

 

La fe en “Dios unidad” es la que da unidad a cada cosa y a nuestra existencia, porque se centra no en vanidades, sino en el fin verdaderamente importante de nuestra existencia. Creer entonces es vivir cada momento de la jornada en presencia de Dios que es misericordia y amor.

Desde esta experiencia estamos llamados a dar testimonios concretos de:

 

unidad frente a las divisiones, entablando relaciones de comunión en la familia, la comunidad eclesial y la sociedad.

 

– de comunicación frente a las intransigencias y presiones, siguiendo el camino del diálogo sincero en el respeto de la dignidad y el pensamiento de los otros.

– de paz frente al recurso de la violencia y las confrontaciones, poniendo amor donde hay odio, poniendo perdón donde hay rencor y dando pasos concretos de reconciliación.

Espero que estas pocas pinceladas para acercarnos al misterio de la Santísima Trinidad, hayan despertado en nosotros el deseo de escudriñar y profundizar más el misterio del amor de Dios Padre, de la hermandad entre todos en el Hijo, y de la comunión en el Espíritu Santo. Estamos ante un desafío grande que la Palabra de Dios nos propone.

Para terminar quiero recordar que, en nuestro país, desde algunos años, se celebra en esta solemnidad la jornada de las Comunidades Eclesiales de Base. Estas pequeñas células de Iglesia han asumido este reto de vivir su fe cristiana a la luz de la Santísima Trinidad,recogiendo la experiencia de las primeras comunidades apostólicas y comprometiéndose a vivir en comunión fraterna, solidaridad y compromiso por los valores del Reino de Dios:la verdad, la justicia, el amor y la libertad.A todas las comunidades y sus miembros mis sinceras palabras de aliento para que sigan firmes en su esfuerzo de ser una semilla de Iglesia,  testigo humilde y sencilla del amor que la Trinidad nos tiene a todos, en especial a los pobres y marginados.

Amén