La Paz

La Virgen de Urcupiña en La Paz

¿A qué hora será la misa principal?, pregunta un grupo de fieles al custodio de las llaves de la capilla, Manuel Vallejos. Cada uno de los visitantes lleva en la espalda un atado multicolor de gran peso que cuida celosamente, como si cargara un tesoro.

Ayer, la capilla de la Virgen de Urcupiña, ubicada en la avenida Periférica de la ciudad de La Paz, recibió a los primeros fieles de los miles que llegarán en los próximos días. Una entrada folklórica, una procesión y el ascenso al Calvario serán las actividades principales de los vecinos.

Al interior de la capilla, húmeda por la nieve que cubrió la zona la noche anterior, los peregrinos depositan sus aguayos ante el modesto altar que la Virgen comparte con el Señor del Río. Entre el tejido se adivina unos trozos de piedra que representan parte de la fortuna que les fue prestada la pasada gestión.

“Esta piedra no es de acá, es de la Virgen de Ukupiña de Cochabamba. Por la nieve no pude viajar, así que vine a devolver el favor a este lugar que también es muy milagroso. No me ha faltado la plata y ahora toca pagar”, señala Norberta Aguirre, mientras alista las velas que prenderá por cada miembro de su familia.

Junto a ella, su hermana y su hijo también presentan su deuda y elevan una plegaria para agradecer la bonanza y los milagros concedidos. Desde la avenida principal (la Periférica), en honor a la Virgen de Urkupiña, muchos otros fieles caminan por más de 20 minutos por una empinada calle pavimentada que años atrás era el borde del río por el que comerciantes y peregrinos trepaban en medio de rocas.

“No tenemos más deudas, pero cada 14 de agosto venimos a prender velas porque somos fieles a la Virgen de Urcupiña y al Señor del Río, que es bien milagroso. No le hemos podido traer flores, pero traemos todo nuestro corazón”, expresa aún fatigado Patricio Cordero.

La iglesia también ha cambiado. “Antes era un cuarto de adobe, el altar estaba sobre un ladrillo, la virgen no tenía más que una ropita y ahora ya tiene hartos trajes”, presume el cuidador del templo.

En los alrededores, decenas de comerciantes ofrecen pétalos de flores, serpentina, alcohol y vino para ch’allar las piedras que los creyentes puedan conseguir luego de dar tres combazos a las rocas que están incrustadas en lo que queda del río. “Hay personas que fletan los combos por cinco bolivianos. Nos han dicho que este año va a subir el costo del flete, pero esto te da tres oportunidades para golpear bien fuerte”, explica doña Bárbara mientras acomoda su mercadería.

Si en estas oportunidades uno no logra desprender ni un pedazo de piedra, debe cambiar de roca. “Pero si aún así no se logra bajar nada es muestra inequívoca de falta de fe”, dice.

Como en una pequeña Alasita, Barbara acomoda billetes en diminutas maletas, réplicas a escala de autos de toda marca, terrenos, casas y hasta gallos y gallinas. “Hay desde 10 bolivianos hay que ch’allarlos y tener fe”.
En otro de los puestos, Rosa Guzmán, quien asiste a esta fiesta desde hace ya casi 30 años, prepara en su carpa improvisada con plástico azul, paquetes para la ch’alla. Pétalos de margaritas, gladiolos, rosas y claveles se dividen en montoncitos. Cuestan dos bolivianos y deben acompañarse con vino y alcohol.

“Desde anteayer que vine a agarrar mi lugar, la nevada nos ha cascado grave, pero con mi esposo teníamos que cumplir con el Señor del Río. Las flores son fresquitas, esta mañana las hemos comprado”, relata Rosa.

Añade que cada año hay más gente y que en ese tiempo ha visto familias enteras crecer, con niños que ya son adultos y ahora vienen con sus propios hijos.