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Reflexión dominical. La impresionante lección misionera de Jesús: Compartir el pan

El domingo pasado el Evangelio de Marcos nos contaba que Jesús so conmocionó con misericordia entrañable al ver a la multitud necesitada porque andaba como ovejas sin pastor, es decir, sin dirigentes capaces de orientar a las gentes de nuestros pueblos por los caminos de Dios, por los senderos de la libertad, de la paz, de la justicia, de la solidaridad y del servicio desinteresado a los demás, que posibiliten la vida y la vida digna de las personas según su plan de salvación para la humanidad. Terminaba aquel fragmento de Marcos diciendo que Jesús se puso a enseñarles intensamente, pero no nos contó el contenido de su enseñanza, pero daba a entender que la  gran lección que quería darnos no eran meras palabras sino el relato que a continuación narraba Marcos, el signo prodigioso de partir y compartir el pan entre los necesitados. Su mensaje sigue siendo de una actualidad única.

En los cuatro evangelios tenemos seis versiones acerca de este milagro del reparto de pan entre las multitudes, una comida extraordinaria realizada por Jesús que debió ser memorable en la primitiva Iglesia (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Mc 8,1-10; Mt 15,32-39; Lc 9,11-17; Jn 6,1-15). El evangelio de hoy es el de Juan (Jn 6,1-15), que dará pie al largo discurso del Pan de Vida que seguiremos profundizando durante los próximos domingos. En el episodio del reparto de pan (Jn 6,1-15) hay una confluencia de tradiciones bíblicas: la influencia del relato de milagro del profeta Eliseo (2 Re 4,42-44), las referencias a las acciones de Jesús sobre el pan y el vino en la última cena y la repetición regular de las palabras y acciones eucarísticas de Jesús en el culto cristiano primitivo. Todo eso es presentado por los evangelistas en la forma literaria de un relato de milagro, que algunos consideran de la naturaleza, pero que más teológicamente se puede considerar como un milagro de manifestación mesiánica de Jesús.

Pero trascendiendo el género literario de milagro y la historicidad de los hechos narrados en los evangelios acerca del reparto organizado y solidario del pan como don y signo del Reino de Dios lo esencial es la manifestación del Mesías Jesús a través de un signo y una enseñanza que hoy constituyen una auténtica alternativa al sistema social del mundo. Con ello el evangelio expresa el dinamismo misionero que la presencia del Señor Jesús imprime en sus discípulos al implicarlos directamente en el partir el pan y repartirlo entre las multitudes hambrientas. Lo admirable no es la “multiplicación” de panes, sino su “reparto” entre los necesitados. El milagro no consiste en multiplicar sino en dividir. Lo que es digno de admiración y rompe la lógica matemática es el pan compartido y repartido. Y este pan compartido sacia a todos. Éste es el gran milagro que la Iglesia proclama desde el Evangelio y desde la Eucaristía. Hoy podemos decir que el pan partido y compartido es un milagro al alcance de la humanidad y se convierte en un signo que nos da la vida, que refuerza la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos y nos interpela sobre el hambre y la miseria que sufren grandes masas de la humanidad.

Frente al milagro diabólico del enriquecimiento capitalista que consiste en multiplicar y superproducir, manteniendo el crecimiento económico como objetivo prioritario del sistema, a costa de los empobrecidos, el milagro evangélico del reparto del pan, en su realidad histórica y simbólica, y con toda su altura teológica, consiste en dividir y compartir. Por eso la Eucaristía, pan partido para la vida del mundo, es sacramento que conmemora una nueva realidad mesiánica, proclamando la muerte de Jesús, un cuerpo roto, como dinamismo liberador en una humanidad injusta y en una sociedad consumista, y a la vez, anuncia, anticipa y celebra la comunión de todos los seres humanos como un solo cuerpo, con un solo Señor, Padre de todos y en un mismo Espíritu, de cual el Hijo Jesús ya nos ha hecho partícipes al incorporarnos a su cuerpo por el bautismo. En el episodio evangélico del reparto del pan entre la multitud Jesús realiza los gestos eucarísticos con el pan (tomar, bendecir, partir, dar) de modo que aquella comida se convirtió en una de las tradiciones principales acerca de la fracción del pan. La multiplicidad y diversidad de testimonios refleja la importancia de la misma en las iglesias del Nuevo Testamento.

En descampado y hambrienta está también hoy la mayor parte de la humanidad, carente de las necesidades más vitales, muchos de ellos, sin pan y sin casa. Entre los grandes dramas de la humanidad se cuenta el hambre, la falta de trabajo, la inmigración forzosa, los refugiados en otros países por motivos sociales y políticos. En el texto de Juan Jesús plantea una pregunta con la lógica de este mundo para sorprender a los discípulos con otra lógica: “¿Cómo compraremos para que éstos coman?”. La pregunta era sólo para inducir a otra forma de pensar en la que no basta con comprar una determinada cantidad. Además, al constatar que sólo disponen de cinco panes y dos peces, los discípulos siguen en la lógica del mundo pues dicen: ¡Qué es eso para tantos! El problema del mundo no es principalmente cuantitativo ni se resuelve con comprar más, ni con producir más. El problema de la desigualdad asesina y de la injusticia estructural es cualitativo y se resuelve de otro modo, es decir, con un cambio del corazón humano y de mentalidad que generen nuevos comportamientos y acciones eficaces de transformación de las relaciones económicas basándose en principios y criterios evangélicos de organización de la gente, de acogida agradecida de los frutos de la tierra y del trabajo humano como dones de Dios, y de esa nueva lógica una nueva dinámica, la del amor que conlleva la entrega del pan como expresión de la entrega de la vida, que tiene como consecuencia partir, repartir y compartir lo que se tiene y lo que se produce atendiendo siempre a los más necesitados, a los pobres y a los que sufren.

La lección de Jesús es impresionante en su sencillez sublime. No hay más milagro que partir el pan y compartir. Y con eso basta para que sobren hasta cantidades inimaginables. Frente a la lógica de la exclusión y del descarte, contra la que habla frecuentemente el papa Francisco, este evangelio nos lleva a la lógica del amor y de la inclusión en un mundo de comunión y fraternidad universal. Esto es casi todo lo contrario al sistema vigente de relaciones económicas y políticas: ¡Cuánta gente en el mundo hoy es despedida y rechazada, de países, de trabajos, y del pan compartido ¿A cuántos se les dice “que se vayan”? Pensemos en los inmigrantes, con papeles o sin ellos, de los países receptores de inmigración. O en los niños de la calle, tantas veces rechazados hasta por sus propios vecinos. O en cualquier tipo y manifestación de racismo o xenofobia ¿Cuántas veces hemos leído “fuera con ellos” en los graffiti de los muros de las ciudades. Con Jesús podemos decir que nadie tiene ni necesidad ni obligación de irse en ninguna parte del mundo, pues todos tienen derecho al pan y al trabajo, a la dignidad y a la libertad, a la convivencia en paz y con respeto, al bienestar y la satisfacción de los mínimos de supervivencia en nuestro planeta.

Con el reparto solidario del pan disponible Jesús ha involucrado a sus discípulos en una acción capaz de realizar el verdadero milagro. Cuando se saciaron los cinco mil recogieron hasta doce pedazos de pan partido. Lo que sobró es de lo que se compartió. Probablemente los que piensan que el milagro consiste en multiplicar los alimentos  creen que el problema se resuelve con comprar. En cambio Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte, es más, él mismo se parte y se entrega hasta el fin. Jesús les muestra que, más que comprar o asustarse ante la magnitud del problema, el camino a seguir es organizarse y planificar el servicio, es saber convivir unos con otros en la tierra en la que estemos viviendo, y entonces partir y compartir el don del pan y los dones de esa tierra. Jesús da una lección excepcional para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente: el hambre.

Dar gracias por el pan significa comprender que los bienes que da la tierra, en especial los que son necesarios para vivir con dignidad, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, y si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestro planeta, habrá pan para todos y sobrará. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del Pan Eucarístico, el Pan partido que da la vida al mundo. La celebración de la Eucaristía es la manifestación del Señor en nuestras personas y comunidades, que nos mueve a una solidaridad efectiva con los pobres a través del justo reparto del pan y de los bienes para que todos puedan vivir con dignidad y en libertad.

Por todo ello en el V Congreso Americano Misionero que ha concluido en Bolivia se ha lanzado como una de las propuestas emblemáticas de acción misionera la denominada“Koinonía Eucarística con los pobres”. Se propone que las Conferencias Episcopales Nacionales y el CELAM creen una nueva estructura eclesial que tiene su cumbre y su fuente en la Eucaristía. Consiste en un servicio intereclesial, local, nacional e internacional, con sentido misionero, y con criterio evangélico y evangelizador, y con el espíritu de apertura universal del decreto Ad Gentes. Con este servicio se asume un criterio orientador del destino de los bienes en cada comunidad para compartir con los pobres, siguiendo los criterios del texto de Zaqueo (cf. Lc 19,8), pues, igual que en la Eucaristía se parte el pan, se puede partir también la “colecta” o “koinonía” de todas las misas, de modo que el 50% de la ofrenda recaudada en cada misa sea siempre para los pobres, los pobres de cerca y los pobres de lejos, y el otro 50% para las necesidades de la comunidad. Esta nueva Institución Eclesial puede hacer efectivo desde el interior de la Iglesia el gran signo del milagro del reparto del pan entre las multitudes. La responsabilidad es de todos, obispos, clero, personas de vida religiosa y laicos.

Y no olvidemos que, compartiendo así, según el Evangelio, todos se saciaron, se hartaron y hubo de sobra. Lo mismo ocurrirá con esta propuesta. Y no olvidemos tampoco que cuando pedimos el pan en el Padrenuestro, no lo pedimos en singular sino en el plural del “nosotros”, porque todo pan, por ser pan, es de todos, es decir, siempre es “nuestro”, nunca “mío” solamente.

Felicidades a toda la Iglesia Misionera.

Jose Cervantes Gabarron, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura