Análisis

LA FIESTA DE LAS PIERNAS

Como cada año, se pudieron elegir piernas para todos los gustos. Algunas rellenitas, otras más flacas, algunas bien torneadas, muchas de ellas cortas y una que otra larga y bien perfilada. El común denominador, entre toda esa oferta anatómica, fue el corto de las faldas. Está demás apuntar que año que transcurre, es un año en el que los centímetros de tela van escaseando como si efectivamente la crisis económica, que se siente en algunos sectores del país, se manifestara en la carestía de tafetanes, sedas y rasos.

Es una obviedad decir que la fiesta de Urkupiña  es un evento de sincretismo religioso o una mixtura de colores, olores y sabores; lo que no queda tan obvio es determinar si efectivamente la milagrosa virgen concederá los deseos a sus bailarinas/feligresas a plan de que éstas bailen con diminutas polleras. La relación entre milagro y virgen prestamista, como es llamada por Martha Giorgis, daría a pensar que su aparición no sucedió en el cerro de Cota sino en la isla de Lesbos, ya que de cuando a esta parte ¿mientras más carne muestra una mujer, más milagros se le concederán?

Algunas creen que sí y que obtendrán lo que anhelan o por lo menos conseguirán un novio de festividad religiosa, pues durante los tres días que dura este suceso sincrético, muchas chicas y mujeres van abrazadas de la pareja que obtuvieron mostrando, con orgullo, lo que determinados locutores mediáticos han venido a denominar, su belleza valluna.

Empero de qué les sirve este breve romance, si poco después, eventualmente, tendrán que afrontar algunas consecuencias como el haberse contagiado de alguna enfermedad venérea o un embarazo no deseado.

Por supuesto este panorama tan gris y sombrío no sucede en todos los casos y muchas bailarinas defenderán su movimiento por las calles de Quillacollo aduciendo que no lo hacen por lucirse o por conseguir novio, sino porque le han promedito a la “mamita de Urkupiña” danzar por una cierta cantidad de tiempo. Habrá otras que apuntarán que no son ellas quienes disminuyen el tamaño de su vestimenta, sino que se trata de una imposición de los líderes de las comparsas ante los que no pueden presentar argumento defensivo ya que simplemente no les hacen caso. De ahí que ciertas personas hayan rebautizado a la fiesta de Urkupiña como la de Urkupierna, haciendo referencia inmediata a la cuasi morbosa forma en que se exhiben las incansables danzarinas. Empero es muy ingenuo suponer la inocencia de la mujer, pues quien no quiere vestir las polleritas y demás afeites, o estar en medio de ese bacanal, simplemente puede marcharse. Hay una anuencia generalizada bajo la cual miles de muchachas aceptan el hecho de volverse una cosa, un objeto que adorna las avenidas de la provincia o acompaña a la publicidad de objetos tan inusuales como llantas de camiones o surtidores de carburantes.

Por supuesto no faltará el cochabambino locuaz y chauvinista que saldrá en defensa de esta fiesta patronal tan local e imputará los anteriores argumentos señalando que quien quiere bailar lo hace por devoción, por promesa y porque finalmente tiene las ganas de hacerlo. Entonces ¿cómo es que no vemos caporales bailando con diminutos “shorts”, sin camisas o vallas y gigantografías con cuerpos de hombres semidesnudos promocionando pinturas para paredes o tejas extra grandes?

Es muy notorio el machismo imperante en una ciudad como Cochabamba que se precia de haber entrado al siglo XXI cuando los hechos demuestran lo contrario. El avance de nuestra sociedad ha quedado detenido en una especie de cuarto intermedio oscurantista donde las mujeres aun tienen que mostrarse para que apelar al instinto animal que anida en muchos hombres, que perpetúan a la mujer-cosa. Lejos quedan las insinuaciones, ahora se trata de exhibir el todo y no dejar nada a la imaginación porque muchas suponen que haciéndolo así obtendrán un beneficio, aunque sea unas migajas, a costa de su autonomía, su valor y su autoestima.