Análisis

LA EDUCACIÓN PATRIMONIAL

Es increíble el avance de la educación patrimonial en los países vecinos, pero no así en el nuestro. La educación patrimonial y la gestión del patrimonio están ligadas a la concepción de la cultura en un sentido antropológico, como la manera de vivir que se da en un pueblo y sobre la cual construye sus instituciones y las desarrolla. De este modo, la cultura no es algo exterior o ajeno a la cultura sino parte íntima de ella, su base y su condición de ser. Todo, incluso el desarrollo económico, se resuelve en la cultura. Con esta definición se puede entender el concepto de educación patrimonial.

Es curioso que hayamos desarrollado en la educación formal el concepto de medio ambiente y de educación ambiental. Así con los niños no se negocia cuando hay que dejar de fumar en sitio público, convivir en armonía con la naturaleza o cuidar el medio ambiente. Sobre estos temas, al menos en teoría, tienen elementos y conciencia. Quizá por eso la voz de los jóvenes en las redes sociales fue de unánime defensa de los pueblos indígenas del Tipnis aunque no conocieran ni Villa Tunari, mucho menos una zona selvática donde es imposible llegar sin trasbordar ene veces y vadear numerosos ríos, soportando la picadura de los mosquitos y la acechanza de otros insectos. Eso no importa, porque desde sus hogares cómodos, los jóvenes de la ciudad acceden al Facebook o al Twitter y allí expresan la educación ambiental que han recibido y que se les ha convertido en un prejuicio.

No ocurre lo mismo con la educación patrimonial, porque nadie nos ha enseñado a distinguir los sitios monumentales donde radica el patrimonio material o tangible de las fiestas, el escenario privilegiado para conocer nuestras culturas vivas, con sus ritos y tradiciones irrepetibles.

A tal extremo llega esto, que se suele hablar de las construcciones coloniales de Tarata o de la ciudad colonial de Totora, cuando sus edificios son más bien republicanos. No se tiene conciencia del origen de la Casa de Mayorazgo, de la Casa de Gil de Gumucio, pero ni siquiera del Palacio de Portales o de la Casona Santiváñez. Siendo vecinos, no conocemos el interior del Convento de Santa Teresa; no sabemos que un arquitecto franciscano reprodujo un plano alveolar, como sólo se encuentra en Roma, y que no pudo terminar la construcción del templo, y entonces se lo sustituyó por una construcción rectangular sobrepuesta a la original. En esas galerías, hay un maravilloso retrato de Carlos V que no sabemos quién lo pintó ni si está o no catalogado. No sabemos nada del estilo de la Catedral, de Santo Domingo o del Hospicio; no hemos visitado Inkallajta pero ni siquiera el Convento de Tarata, el de Collpa Ciaco, el Templo de Arani, el de El Paso. ¡No conocemos la historia de La Coronilla!

En cuanto a las fiestas, donde luce en todo su esplendor el patrimonio oral, inmaterial o intangible, no hemos ido a la fiesta de la Santa Vera Cruz, ni al Festival del Charango de Aiquile ni conocemos los hermosos bordados y tejidos de Tapacarí.

Bolivia ha logrado que el Comité de Patrimonio Mundial designe Obras Maestras del Patrimonio Intangible de la Humanidad al Carnaval de Oruro y a la Cosmovisión Andina de la cultura Kallawaya. Sobre el primero tenemos noticias, pero podría ser una sorpresa la Declaratoria que favorece a la cultura Kallawaya, porque no ha sido difundida como se debería, y apenas sabemos que hay candidaturas para el 2012, entre ellas la Fiesta de Alasitas, de La Paz.

Estas omisiones se solucionarían si un comité de expertos diseñara un programa de educación patrimonial en consulta con los municipios y las culturas locales.