Análisis

José Vaquero: “¿Adviento o campaña de Navidad?”

Desde la semana pasada han crecido como la espuma los anuncios y referencias a la Navidad. Algunas ciudades españolas, como Madrid, ya tienen todas sus calles adornadas e iluminadas ¿Será el influjo americano, o la prisa por inaugurar este período? El caso es que, desde el día de acción de gracias, las calles hablan ya de los festejos próximos.

Las tiendas y locales comerciales, que viven de campaña en campaña, ya han inaugurado su nueva campaña. A nivel empresarial el nombre es secundario; lo principal es el aumento de ventas, la sonoridad mediática y la repercusión en el cliente. Navidad, vuelta al cole, verano, Día de la madre o San Valentín… cambia el nombre, pero se mantiene el esquema empresarial. En definitiva, un motivo para vender más; ese es su negocio, y en esa clave orientan los distintos periodos del año.

Para el ayuntamiento, y sobre todo para su comisión de festejos, se trata de un cometido más: la gestión de la iluminación de una ciudad, añadido de luces, mantenimiento, etc. La motivación última, y por tanto también los diseños e imágenes de las luces, es secundario. Se trata solo de la gestión de la iluminación festiva.

Hay que respetar las decisiones “neutras” del Ayuntamiento aunque hacen poca justicia al contenido y significado que estas fiestas representan para numerosos ciudadanos, y olvidan el origen histórico de la misma celebración. Tal vez para los gestores el único sentido de estas celebraciones es “días de fiesta”, y con ese criterio toman sus decisiones.

¿Y para los cristianos, en cierto modo “propietarios” de este período? La Navidad es, ante todo y sobre todo, una fiesta cristiana, y su preparación, por tanto, también. Esta “propiedad” no excluye lo difusión de esta fiesta, ni significa guardarla celosamente, no sea que otros la estropeen. Al contrario, como cualquier cosa buena que no sucede, lo humano es compartirlo, difundirlo. Igual que el amor, del que decían los clásicos que está en su naturaleza difundirse, expandirse, contagiar.

Para el cristiano estas semanas previas a la Navidad son un período temporal con una meta, un fin. Aquí radica la principal diferencia entre el Adviento y la campaña de Navidad, en su meta, o su ausencia de meta. El Adviento tiene una meta: la noche del 24 de diciembre, protagonista del principal evento de la historia, la encarnación del Verbo de Dios, del Hijo de Dios, Jesucristo. La grandeza de Dios que toca lo concreto del hombre, incluido su cuerpo. La campaña de Navidad no tiene este tipo de meta temporal; a lo sumo se puede decir que tiene un objetivo, alcanzar una cuota de ventas e ingresos.

Para unos, estas semanas son un tiempo para caminar hacia una meta; para otros, un momento en que paseamos, sin una meta del corazón. El paseo no lleva a ningún sitio, entretiene, sin tener una preocupación mayor. No paseamos hacia ningún sitio, y como dicen los sabios montañeros, “si no sabes a dónde vas, no estás perdido”. Y esto es más grave, pues si no somos conscientes de que estamos perdidos, tampoco nos preocuparemos por recuperar el rumbo.. Seguiremos paseando, sin pena ni gloria, disfrutando, o aborreciendo, del paisaje que pasa a nuestro alrededor.

El fin, recurriendo nuevamente a los clásicos, es aquello que primero está en nuestra intención, aunque sea lo último que alcanzamos en la acción. La Navidad, para un cristiano, debe estar ya muy presente y viva en el adviento, so pena de perdernos en el camino, o de no caminar, sino pasar la vida paseando. Y la Navidad es un misterio muy físico, muy corporal y tangible. Es el misterio de un Creador que toca a sus creaturas, que las cura con el aceite y el vino, como hizo el Buen Samaritano. Y ese cuidado del Samaritano es también una llamada a cuidar de nuestros prójimos, a practicar con ellos las obras de misericordia, las siete corporales y las siete espirituales. Con ese aprendizaje, y esas “prácticas”, caminaremos por este período cronológico, que unos bautizan como campaña de Navidad, y desde siglos se ha llamado Adviento.