Análisis

Homilía para el Domingo de Tentación, 18 de febrero 2024

Homilía para el Primer Domingo de Cuaresma (18 de febrero de 2024)

(escrita por el p. Ariel Beramendi)

A veces pienso que la Cuaresma tiene mala fama. La gente se la imagina como un tiempo oscuro y de penitencia, no se canta el Gloria ni el Aleluya, y los colores de la liturgia son reemplazados por el color morado.

En Italia, por ejemplo, para algunas personas, vestir de color púrpura es augurio de mala suerte, porque antiguamente, inmediatamente después del Carnaval, con el Miércoles de Ceniza, los artistas de la calle y los músicos ya no podían trabajar, y entonces pasaban hambre. Y así, se identificó el color de la Cuaresma con la mala suerte y la tristeza.

Todavía hoy, hay personas que acostumbran decir: “Esto es largo como una Cuaresma” (lungo come una quaresima) para indicar situaciones aburridas y que no terminan.

Gracias a Dios, los tiempos han cambiado. Los cristianos podemos estudiar y conocer con más profundidad la Biblia, la liturgia y sobre todo la Fe.

El enfoque de nuestra fe ya no puede ser el mismo que hace siglos, ya no debemos tener una visión negativa de la Cuaresma.

Reflexionando con la Palabra de Dios, podemos considerar el tiempo de Cuaresma como una oportunidad que la Iglesia y la liturgia nos ofrecen para ser mejores personas y, por supuesto, mejores cristianos. Hoy, el tiempo de Cuaresma puede ser una nueva oportunidad para sanar tus heridas.

En este camino de 40 días, tenemos algunos instrumentos que nos ayudan: la oración, la limosna y el ayuno. No se trata de cumplir normas muertas y rígidas.

Es decir: la oración, la limosna y el ayuno deberían ser parte integrante de nuestras vidas, de nuestra conducta y personalidad.

Preguntémonos: ¿Qué sacrificio, grande o pequeño, estoy dispuesto a hacer en mi familia o en mi comunidad? Además, el Miércoles de Ceniza, la Palabra de Dios nos recordó que cuando ayunamos no debemos poner una cara triste, sino lavarnos el rostro y ponernos aceite en la cabeza, para que nadie lo sepa, excepto Dios. Es decir, no hacemos caridad, ayuno y oración para hacernos publicidad. El camino de fe que realizamos, en este caso, es algo entre nuestro Padre y nosotros mismos.

Ahora bien, este domingo el Evangelio nos muestra a Jesús en el desierto por 40 días. El Evangelio precisa que el Espíritu conduce a Jesús al desierto, y por lo tanto Jesús es tentado en el desierto. Por eso, este domingo también es conocido como el “domingo de la tentación”.

Reflexionemos sobre el significado del desierto como lugar de tentación, y por el otro lado, como un lugar de discernimiento.

Existen dos formas de entender el desierto en la Biblia. Puede ser un lugar de tentación, de sufrimiento, de hambre, de debilidad. Y en esa interpretación se conoce el constante acecho del maligno.

Con Jesús, el desierto se convierte en espacio del discernimiento entre el bien y el mal. El desierto se convierte en el lugar de purificación, un lugar donde podemos vencer las tentaciones, y, por lo tanto, el lugar del encuentro con el poder transformador y sanador de Dios. En efecto, el Evangelio nos dice que el desierto, se convierte en el lugar donde los ángeles sirven al Hijo de Dios.

Hoy al iniciar la Cuaresma, los cristianos entramos en el desierto y dependerá de nosotros cómo queremos vivir este viaje: como un lugar de purificación o un lugar de sufrimiento. Cada año tenemos la oportunidad de elegir.

Pero, este domingo, no podemos dejar de reflexionar sobre la experiencia de la tentación.

Las tentaciones siempre estarán presentes en nuestra vida. No tenemos que asustarnos o sentirnos pecadores cuando la tentación invade nuestro pensamiento, o incluso nuestros sueños o cuando nos traiciona el subconsciente.

Lo que quiero decir, es que incluso el Hijo de Dios fue tentado en el desierto. El diablo intentó seducirlo prometiéndole poder y riqueza en el mundo.

La gran enseñanza del Evangelio de hoy es que no debemos caer en la tentación. Así como lo pedimos en la oración del Padre Nuestro, cuando decimos: “no nos dejes caer en la tentación”.

La tentación siempre estará alrededor de nuestra vida, como una sombra. Solo cuando materializamos la tentación cometemos pecado, y por tanto ofendemos a Dios, ofendemos a nuestros seres queridos y nos hacemos daño a nosotros mismos.

Al caer en tentación, elegimos alejarnos de la amistad de Dios.

Hermanos y hermanas, ya la vida es complicada. Por eso, no nos expongamos innecesariamente a la tentación.  A veces, tenemos la intención de ser personas justas y solidarias, pero tomamos las decisiones incorrectas, y somos nosotros mismos los que nos entregamos al pecado. En lenguaje sencillo: somos nosotros los que nos metemos en la boca del lobo

En nuestro tiempo tenemos muchas distracciones, mucha información y mucha publicidad que nos promete éxito y felicidad inmediata y con poco esfuerzo. Así, que es bueno, mirar a la cruz y no exponernos a situaciones ambiguas, pensando que podemos controlarlo todo.

 

Esta Cuaresma puede ser una oportunidad para desprenderse de tantas cosas superfluas e innecesarias que vamos acumulando, pensando que tener más es sinónimo de felicidad.

 

Al iniciar este viaje hacia la Pascua, presentémonos al Señor con el deseo de volver a lo esencial. Poniendo nuestra salud, nuestra serenidad, y nuestra alegría en Cristo Jesús. Amén.

Por: P. Ariel Beramendi