Santa Cruz

Homilía del Cardenal Julio Terrazas, 21-04-2013

Hermanos y hermanas:

El Señor sigue desafiando a  sus discípulos a captar, comprender y vivir la Pascua.

La Pascua de Cristo Vivo, no el muerto sino aquel que recibe el espíritu de vida y que lo comunica a nosotros para que tengamos vida y seamos capaces de comportarnos no como aquellos que están condenados a desaparecer bajo la tierra sino como aquellos que estamos llamados a ser abrazados en la vida eterna  por nuestro padre Dios.

La Pascua sigue siendo el desafío, sigue siendo un hecho que pide a gritos que lo aceptemos en nuestras personas y en nuestros grupos. Esa pascua es la que predicaron Pablo y Bernabé y llenaron a todo el pueblo de esta noticia. Y cuando vieron que el pueblo  escuchaba esta palabra de vida no faltaron los vanidosos, los envidiosos, no faltaron aquellos que quisieron desdecir el valor de la Pascua haciendo que el pueblo siga de rodillas ante ídolos que los llaman inmortales, ante ídolos que dicen que son los nuevos dioses  pero terminan aplastando con su peso de miseria a nuestros pueblos.

La Pascua nos muestra hoy al Señor como el “Buen Pastor” esa es la finalidad de la pascua, hacer que todos los pueblos  y todas las razas formen una sola familia y que a pesar de las dificultades y  los problemas que  tenemos que soportar, que cuando llegan ante el trono como dice Juan en el apocalipsis, que puedan comprender que  allí está el cordero que dio su vida y no se pasó la vida quitándosela a los demás.

El cordero que  entrega su vida y que quiere ser el Pastor de todo este nuevo pueblo porque en Él viven solamente aquellos que tienen el corazón y el espíritu renovados.

Hoy escuchamos la voz del Señor, hoy escuchamos la voz de la Iglesia también a través del Papa Francisco, hoy escuchamos la voz de nuestros pastores en Bolivia que nos han querido recordar que la Pascua  no es más ni menos que llenarnos del espíritu que nos da el resucitado; espíritu de vida para que captemos el valor de la vida y no andemos aplaudiendo a aquellos que gritan: muerte, muerte, barran a los que no piensan como nosotros.

Nosotros tenemos que tener claridad. Tenemos el espíritu de la vida no de la muerte, tenemos el espíritu de la libertad no de las cárceles que ya están llenas de gente que sufre por las injusticias que se cometen constantemente. La Pascua nos da el espíritu de la vida, sería bueno recordarlo cuando hay tantos signos de muerte en todas partes, en todos los lugares; pero lo peor no es que hayan muertes, lo peor es que haya una defensa de la muerte  como solución a los problemas humanos y eso Cristo no lo quiere, no lo permite, no lo bendice y no lo va a aplaudir nunca porque Él vino a darnos vida en plenitud.

Nos han recordado los Obispos y sentimos esa voz, de que el espíritu del resucitado vino a traer la paz, la paz de las familias, la paz de los pueblos, la paz construida sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad; no la paz del terror, no la paz que solamente se  consigue eliminando a aquel que no piensa como uno. El espíritu de la paz pensado por el padre que quiere que todos  nos sintamos hermanos y que todos nos  respetemos y que todos hagamos que esa paz sirva para todos  y no sea le privilegio de algunos cuantos.

El espíritu del perdón y de la reconciliación.

Esa voz suena también este domingo de llamado vocacional. Queremos nuevos ministros  sembradores de paz, de vida, de perdón y de reconciliación; los queremos en abundancia, no de acuerdo al corazón de algunas necesidades más o menos materiales sino de acuerdo con el corazón de un Dios que quiere abrirse camino por todos lados para que de una vez como un torrente de vida llegue la vida de Dios a todos nosotros y a todos nuestros pueblos.

Capacidad de perdón y de reconciliación, esa es la pascua mis hermanos. Yo creo que nadie tiene que sentirse ofendido, aquí no estamos atacando a nadie, estamos diciendo la palabra del Señor para que si escuchamos otras palabras con otros tonos y con otros contenidos, nosotros los creyentes sepamos que nuestro Dios es un Dios del perdón que nos pide perdonarnos constantemente y no nos está diciendo que nos matemos los unos a los otros o que busquemos pretextos para eliminarnos mutuamente.

La Pascua nos trae la alegría verdadera, no la alegría de los regalos materiales, no la alegría de compartir cosas que luego desaparecen, la Alegría de sabernos una sola familia cuyo padre es nuestro Dios, ese Dios al que no vamos a renunciar y al que no podemos negar aunque hayan discursos ahora que  nos hablan de otros dioses que han inventado algunos para imponer sus puntos de vista a nuestros pueblos.

Esa es la Pascua que nos pide compromiso mis hermanos y, en este domingo dedicado a orar  por las vocaciones en la Iglesia, no queremos perdernos en palabras  y orar a lo mejor para cubrir un puesto que está vacante, no. Queremos orar para que la pascua encuentre ministros auténticos, servidores auténticos, consagrados y consagradas auténticos que sean capaces de expresar  pascua cuando hablan, pascua cuando actúan, pascua cuando tienen que defender  las verdades de la vida, las verdades de la paz, las verdades del perdón y de la verdadera alegría.

Esta mañana el Santo Padre ha comentado este evangelio de hoy tan corto y lleno de contenido a la vez, es el que da sentido a la “Jornada de Oración por las Vocaciones”. Queremos reconocer al pastor de nuestra Iglesia, al pastor de nuestras vidas que es Jesús. Pero no un Jesús que anda por las nubes, no un Jesús que llama a que abandonemos esta tierra y nos vayamos detrás de Él, no. Un Jesús que nos coloca aquí en este mundo para que seamos capaces de mostrarlo a  Él en todo lo que digamos y en todo lo que hacemos.

“Mis ovejas escuchan mi voz”.

Ahí está la primera afirmación del Señor, quienes son mis seguidores escuchan mi voz. ¡Qué bonito mensaje! La voz del Señor, esa voz de Cristo que quiere entrar en medio de un griterío enorme, de cosas que se oponen a nuestro propio Dios.

Cuando hacemos oración por las vocaciones escuchamos esa voz ¿la Iglesia hoy escucha la voz de Cristo? Esa voz que llama, esa voz que convoca, esa voz que llega al corazón, esa voz que no se queda en la frialdad de algunos conceptos vacíos, esa voz que no busca títulos sino que nos dice: Vengan, síganme.

“Mis ovejas escuchan mi voz”. Queridos hermanos y hermanas aquí presentes, queridos jóvenes decía el Papa esta mañana a esa multitud en la Plaza San Pedro. La voz de Cristo es la que está silenciada, la voz de Cristo es la que no quieren escuchar los grandes; Esa voz que nos dice que nos va a dar vida cuando hay muchos que andan gritando que nos van a dar muerte, esa voz que convoca y llama a todos y no persigue a nadie ni para encerarlo en la cárcel ni para liquidarlo de un tiro, esa voz que es vida, no es anuncio de muerte.

En medio de voces de muerte y venganza, en medio de tantos aplausos a los que dicen que es hora de matarlos, esta voz -la del Señor- vuelve a sonar hoy para nosotros queridos hermanos, es la voz de nuestros Dios, es la voz de la libertad, es la voz de la paz y la reconciliación, la voz que nos hace comprender que nuestro Padre quiere una existencia nueva para nosotros y que no quiere que caminemos arrastrando una existencia llena de pecado, de dolor, de sufrimiento y que nos quiere a todos realmente a su lado.

“Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mi”

Sigue el Señor insistiendo con una claridad extraordinaria: yo conozco a los que me siguen y ellos me conocen a mí.

Cuando hablamos de la fe ¿a quién conocemos mis hermanos?, ¿a quién adoramos y veneramos? Cuando nos permitimos ir en grupos grandes a un lugar o a otro disque para rezar o para pedir favores ¿vamos en nombre del Dios de la vida o vamos sofocados por las voces que escuchamos o por nuestras propias voces y no entendemos la palabra de libertad que el Señor nos dice constantemente?

Yo les doy vida eterna. Ellas no van a perecer dice el Señor y nadie las va a arrebatar de mis manos.

Queridos hermanos, este es un mensaje de reflexión para nuestra Patria y para el mundo y para muchos lugares donde parece que la muerte se va campeando constantemente, esta voz del Señor llega como reflexión y como llamado a todos. No repitamos más cosas de muerte, no repitamos más ni amenacemos con leyes de muerte, no podemos colocarnos en esa situación de juzgar, de matar, de aniquilar y de aplaudir.

Habrán escuchado ustedes mis hermanos cuantas respuestas en estos días a ciertas encuestas que se hacen cuando hay algunos que dicen: que bien que se mate, que bien que los eliminen, que bien llegó por fin.

Nadie está en contra de que se ataje la criminalidad, nadie; pero todos  tenemos que estar en contra para decir que el remedio no es la muerte, el remedio es la vida y abramos los cauces, los caminos para que la vida de Dios, sino entendemos la nuestra, si la valoramos solo materialmente, si pensamos que por unos pesos más o unos pesos menos podemos vender nuestra propia existencia humana, por lo menos no vendamos ni hagamos trueque con la vida que el Señor nos ha dado con nuestro bautismo y nos da constantemente en nuestra Iglesia.

Y da un pasito más el Señor y dice: Es mi Padre quien los ha elegido a ustedes. Ustedes no son discípulos porque sus abuelitos los trajeron al templo, es mi Padre, es mi Padre que es la bondad del amor, es la fuente del amor el que los ha llamado y todos tienen que sentirse seguros, nada ni nadie lo va a arrebatar de los brazos de mi Padre.

Esa es la enseñanza que nos da el Buen Pastor. Quisiéramos que se multipliquen las voces y los cristianos valientes y decididos para sufrir si es necesario persecución como fue el caso de Pablo y Bernabé, porque los grandes de las ciudades y de los pueblos nunca van a querer un Dios tan grande, tan fuerte y tan poderoso que con humildad, sencillez y palabras que están al alcance de todos pueda convocarlos a vivir con mayor dignidad nuestra filiación como hijos de Dios. Nadie los va a arrebatar.

Y termina el Señor: El Padre y Yo somos una sola cosa, no hay duplicidad.  Esta mañana el Santo Padre a esa multitud de jóvenes, los convocó, les pidió que sean capaces de jugarse el todo por el todo por ideales altos no por aquellos que te llevan a los caminos de muerte y perversión sino al camino de la vida pero vida para que sea compartida por todos y no por unos cuantos que ostentan poderes en la tierra pero que no pueden suplantar al Dios de nuestra existencia.

Ojalá que en esta  jornada de oración pidamos por jóvenes y señoritas, pidamos en familia, pidamos en las comunidades, pidamos en todas partes que no falten auténticos pregoneros de la pascua pero de una pascua que se convierta en Paz, que se convierta en alegría, que se convierta en perdón, que se haga vida abundante para todos. Este es el mensaje que nos da el Señor el día de hoy. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.