Santa Cruz

HOMILÍA DEL CARDENAL JULIO TERRAZAS, 09-10-11

Amadísimos hermanos y hermanas, lo que estamos celebrando ya es una palabra que nos compromete a todos en la Iglesia, tomar con mayor entusiasmo y también con mayor audacia, los desafíos del reino de Dios. Han escuchado las palabras del Señor Nuncio, también nos ha expresado el sentimiento del Santo Padre animándonos a no quedarnos parados sino a  seguir  caminando y caminando con  nuestro pueblo en medio de las vicisitudes de cada día.

Esta fiesta no está asilada, mira con atención y dolor lo que pasa en nuestro país; mira también  con admiración el gesto de nuestros hermanos y hermanas del Tipnis que siguen caminando para enseñarnos que hay que respetar la naturaleza, respetar la creación y convertirla en un vergel para todos y no en un terreno para cultivos dudosos.

Seguimos afligidos por esta gripe que ha llegado a tantos hogares, expresamos nuestra solidaridad a nuestras autoridades del departamento, del comité cívico que como Iglesia seguiremos pidiendo a nuestra gente que cumpla todas aquellas cosas que pide la sanidad en nuestro departamento.

Nos unimos de corazón a los hermanos y hermanas discapacitados, los llevamos como hermanos con quienes tenemos que compartir la mesa de la felicidad y de la vida.

Una vez más quiero decirle a Monseñor Sergio que con su ayuda y con su colaboración, este pueblo seguirá marchando  hacia adelante, seguirá siendo un pueblo que amina, seguirá siendo el pueblo de Dios que a pesar de los problemas, confía en la presencia del Señor. Gracias al Santo Padre por este nombramiento y gracias una vez más a Monseñor Sergio por su aceptación.

Es en este ambiente que la palabra del Señor resuena con claridad. Jesús habló a los sumos sacerdotes y los fariseos, eran los grupos más duros de corazón, eran los grupos más  endurecidos por el poder y sobre todo aquellos que  maquinaban contra la verdad de un Dios que es Padre, que es amor y que es entrega. A ellos les hala, en parábolas y les dice: El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las boas de su hijo y envía entonces mensajeros  a decirles a los invitados ´vengan ya está todo listo` y los invitados no quisieron ir. 

Interesante esta palabra “no quisieron ir”. Manda a un segundo grupo para que vuelva a recordarles y uno tenía que ir al campo y otro tenía que hacer sus comercios y a los otros los mataron, los amedrentaron, los torturaron y los mataron. Esto es lo que causa esta rabia del rey que manda a sus tropas para terminar con  los asesinos y que destruyan su ciudad.

Ese Rey es nuestro Dios que invita, que llama “Vengan, la mesa de la vida está preparada, vengan a comer, ya es hora, mi Hijo se va  casar, dará un paso importante en su vida y, las respuestas son negativas o están ocupados o se dejan llevar por la violencia de corazones que  están podridos por el odio y el rencor.

Nuestro Rey vuelve a insistir con otra llamada pero esta vez es a los cruces de los caminos, a las calles para invitar a todos a  que vengan porque la boda está preparada. Se llenó el salón de invitados, lo ocupan  los de calles, los despreciados, los que tienen  derecho a ingresar a los salones, ellos entran y le dan un tono festivo al casamiento.

Llega el rey a saludar,  entra y encuentra uno que no estaba debidamente  vestido, le pregunta ¿qué ha pasado? y  la respuesta fue  silencio, no habla, no explica ¿estará avergonzado? ¿se dará cuenta de lo que eso significa? Quizás el no, pero aquellos que escuchan, los sacerdotes, los fariseos si entendieron.

Lo que estaba reclamando el Señor no era que estrene un vestido externo que este a la moda. Lo que el Señor está pidiendo es que su alma esté lista, la vestidura de la caridad,  que sea alguien comprometido en hacer el bien, alguien que  se pone en manos de nuestro Dios con toda libertad pero también con entusiasmo. Eso reclamaba el Señor nada más, por eso lo sacan del salón y lo echan.

La marcha de la Iglesia  tiene que detenerse un momento y escuchar la invitación del Señor que vale para nosotros también iglesia del siglo XXI. Vengan dice el Señor: la mesa de la vida compartida con todos, con buenos y malos, la mesa de la vida compartida y abierta a todos los que vienen,  no cerrada para unos y privilegio para otros.

¿Cuál es nuestra respuesta? De repente  la misma de los invitados del evangelio, de repente no quieren ir no les interesa no les parece bien estar en esto o están muy ocupados,  han ido a cuidar  sus campos, los negocios o hay también  los que tienen envida y rabia porque saben que el Hijo del rey  será el Salvador.

Iglesia de Santa Cruz y de Bolivia, hoy el Señor quiere una respuesta alegre, festiva; el que viene a casarse con nosotros es el Hijo de Dios, el que viene a tomar relación con nosotros, íntima y para siempre, es el Hijo de Dios, por eso hay que alegrarse, por eso hay que sentirse felices, por eso hay que estar listos  con la única vestidura que le encanta a Dios: la caridad.

Caridad para todos los grupos humanos,  especialmente para los que sufren más, para quienes buscan un equilibrio de los ideales con la naturaleza en las que están insertos. Caridad y comprensión para todos aquellos que tratan de hacer algo para superar los problemas de una región o un país.

Caridad y comprensión para que más allá de las palabras, más allá de los gestos externos, se encuentre con el ser humano y al ser humano hay que reverenciarlo por su dignidad, hay que ponerlo en alto, no podemos seguir hablando de convivencia mientras se multiplican los asesinatos morales y éticos con tantas personas y grupos.

Hermanos y hermanas, esto es lo que  nos pide el  evangelio hoy, a todos los que estamos presentes, obispos sacerdotes, religiosas, laicos,  familias enteras, seminaristas.  Nosotros tenemos que ir revistiendo de aquel vestido que nos hace capaces de participar en el banquete nupcial  que prepara Dios, tenemos que avanzar  y aquí por supuesto que el Pastor de la iglesia nos invita a que avancemos, les dice que vayamos adelante.

Le digo estas palabras de todo corazón a nuestro Arzobispo Coadjutor: La Iglesia de Santa Cruz quiere seguir marchando hacia adelante para convertirse en el pueblo de Dios que sigue cantando las maravillas de nuestro creador en medio de las vicisitudes.

La iglesia de Santa Cruz hoy, con sus pastores  puede decir: Si Dios me protege que podemos temer, si Dios camina con nosotros es que es posible ir  adelante.

Hermanos y hermanas también de nuestros campos y ciudades,  de nuestras selvas,  vamos al encuentro con Dios,  un Dios que va a hacer una fiesta grande para todos nosotros cuando lleguemos a sentarnos a su mesa.

Que Dios nos bendiga a todos y que la Virgen nuestra Madre, siga acompañando el caminar de nuestra Iglesia. Amen.