Análisis

Homilía de Roberto Flock, Obispo de San Ignacio de Velasco, para el domingo 17 del tiempo ordinario

Domingo 17 en Tiempo Ordinario – 28 de julio de 2019

Padre nuestro

Queridos hermanos, comparto un canto:

Tiempo, Talento y Tesoro, Entrego a ti, Señor.

Porque Tiempo, Talento y Tesoro. Me entregaste a mí, Señor.

Todo lo que tengo,

Viene de Ti, Señor.

El aire que respiro,

Me ampara tu amor.

El pan de cada día.

Viene de Ti, Señor.

La fuerza de mi vida.

Me ampara tu amor.

Hoy las lecturas nos presentan la oración, primero de Abraham, luego de Jesús, y finalmente los consejos de Jesús para nosotros y nuestra oración. La primera observación, es que Abraham, a pesar de la viveza de su oración, apelando a la justicia de Dios y negociando desde 50 justos hasta solamente 10, fracasó. Sodoma y Gomorra fueron destruidos. Nos preguntamos, ¿por qué le importa a Abraham a Sodoma y Gomorra? Bueno, allí vivía su sobrino Lot. Abraham estaba intercediendo por él. Pero no se atrevió decir a Dios, ¿qué tal si hay solamente un justo?, porque de repente Lot no era justo a los ojos de Dios. Y, de hecho, no lo era, pero Dios lo salvó igual, antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, por consideración a Abraham, por lo que no fracasó de todo.

La oración de Abraham nos enseña que es bien difícil decirle a Dios que nos debe algo. Pues somos nosotros que le debemos todo a nuestro Creador. Además de nuestra misma existencia en este hermoso Jardín de Edén que es el Planeta Tierra, nos ha revelado su amor y su bondad en Cristo Jesús. Job intentó reclamar a Dios, en medio de sus sufrimientos, apelando a su inocencia; Dios finalmente le respondió, pero básicamente le dijo: ¿Quién eres tu para demandarme a mí? Y jamás le dijo explicaciones.

Dios tampoco se deja manipular.

De nada sirve con Dios hacer bloqueos de camino para reclamar justicia, o pagar comas. Hay que tener mucho cuidado con hacerle promesas; de repente no las cumple. Moisés, apelando a la fidelidad de Dios, rezaba: «Oh Señor, ¿cómo podrías enojarte con tu pueblo, después de todos los prodigios que hiciste para sacarlo de Egipto? ¿O quieres que los egipcios digan: «Señor los ha sacado con mala intención, para matarlos en los cerros y suprimirlos de la tierra»? Aplaca tu ira y renuncia a castigar a tu pueblo. (Ex 32,11-12). En otra parte ora: «Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia» (Ex 34,9). A fondo su oración reconoce que el pueblo es pecador, y entonces apela a la misericordia del Señor y al mismo proyecto de Dios para salvar a su pueblo.

La oración que nos enseña Jesús va en la misma línea, pero introduce algunas sorpresas. En su propia oración Jesús decía: “Abbá” que se traduce “Papi”. A nosotros nos enseña a decir “Padre”. Pues, aunque esté en el cielo, Dios es cercano, cariñoso y accesible. Es Padre nuestro, es decir, de todos. Dios no excluye a nadie, aunque hay muchos que se alejen de Él. “Santificado sea tu nombre”: Dios de por si es santo y bueno. Que su nombre sea santificado supone que los que le invocamos, lo hagamos con el mayor respecto y humildad posible. Significa que jamás le vamos a intentar a manipular como hechiceros, sino suplicar y amar con toda transparencia de alma y corazón, como niños.

Venga a nosotros tu Reino, Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”.

Esto es reconocer que Dios tiene un plan para nuestro bien, un proyecto de salvación. Que nos llame a cada uno para descubrirlo y ser parte de la solución que Dios propone. Ser parte de su Reino, es tener una vocación, una misión para contribuir al propio bien, como también de los demás.

Danos hoy nuestro pan de cada día”.

En realidad, nos da mucho más. Pero el pan de cada día no debe faltar a nadie. Es el sustento de la vida. Esto implica, entonces, también la salud. Y el hecho de que Dios es Padre nuestro, es decir de todos, significa que no puedo preocuparme solamente de mi propio pan, de mi propio bien, de mis propios intereses, o solo los de mi familia, o mi club social, o mi partido político, o mis hermanos de la patria; rezar estas palabras es al mismo tiempo comprometernos al bien común, empezando con el más hambriento, el más enfermo, y más necesitado.

Perdona nuestras ofensas.”

Al fin de cuentas apelamos a la misericordia de Dios, a su bondad y compasión. Jesús es muy claro: “Ustedes que son malos”, dice. Puede ser que algunos sean más sin vergüenza que otros, pero al fin de cuentas, cuando Jesús en la cruz reza: “Padre, perdónalos”, toditos necesitamos que Dios Padre le haga caso. El único bueno, inocente y santo, es quien mendiga el perdonazo para todos los demás. “No nos dejes caer en tentación”. Es otra forma de pedir la propia salvación, pues no somos salvados si seguimos malos.

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.”

Tiempo, Talento y Tesoro, Entrego a ti, Señor.

Porque Tiempo, Talento y Tesoro. Me entregaste a mí, Señor.

El Tesoro escondido,

Viene de Ti, Señor.

La Perla de tu Reino.

Me ampara tu amor.

La salvación eterna,

Viene de Ti, Señor.

Espero ver tu rostro.

Me ampara tu amor.