Santa Cruz

Homilía de Mons. Roberto Flock “¿Qué debemos hacer?”

1. Horquilla

Queridos Hermanos. Juan Bautista dice que el más poderoso que vendrá después de él tiene en su mano una “horquilla” para limpiar su “era” o su “chaco”. Otras traducciones dicen “bieldo” o “aventador”. Se trata de una herramienta para separar la paja del trigo. Es una antigua figura bíblica simbolizar a los buenos como trigo y a los malos como paja. El último versículo del Primer Salmo dice que “los malvados son como paja que se lleva el viento.” Lamentablemente, los malvados no parecen desaparecer así tan fácilmente. Quizás por eso, Juan Bautista amenaza que serán quemados por un fuego inextinguible.

Normalmente identificamos a los malvados con los que cometen crímenes violentos: atracos, violaciones, asesinatos, masacres. En estos casos la maldad está dramáticamente visible, como el caso del joven que despiadadamente asesinó a 20 niños y a sus profesores en una escuela en Connecticut el día viernes. No sabemos sus motivaciones –mató también a su madre y a si mismo— y no sabemos cómo lo juzgará Dios. Se supone que sufría alguna enfermedad mental.

No sé si es un enfermo mental el presidente de Siria, quien respondió con masacres a las protestas de la llamada “primavera árabe” en su país. Según Bashar Al-Assad, la oposición consiste de terroristas y esto le da el derecho de atacarlos con su ejército, y si mueren algunos inocentes, no es su culpa. Él es la víctima, y no los muertos en las calles, sótanos y entierros masivos de su país. Su manera de pensar parece lo mismo que aquellos que justifican la tortura para sacar información y confesiones. Creen que la maldad que quieren eliminar les da el derecho de usar cualquier método para lograr sus objetivos, y no se dan cuenta que al emplear estos métodos, ellos mismos pasan a ser los malvados.

La justificación para emplear la pena de muerte es parecida a la manera de pensar del asesino, sea en sangre fría o sea un crimen apasionado, sea por un loco desquiciado. Cualquiera que sea el método empleado, tanto por el criminal como por el Estado, la creencia es que se justifica quitarle la vida del otro para eliminar un mal. La única diferencia es a quien se considera el malvado y quien la víctima. Hasta el aborto provocado depende de esta forma de razonar.

La Iglesia dice que se justifica la pena de muerte, cuando es la única forma de proteger a los inocentes, situación que el Papa Juan Pablo II dijo que ya no se da hoy en día. Por cierto, sería muy difícil justificar el aborto provocado como defensa de los inocentes. Es la destrucción de los más inocentes e indefensos. Lamentablemente esta masacre silenciosa continúa bajo el pretexto de que la criatura no es más que tejido para sacar como un tumor o un parásito. Los violentos siempre definen a sus víctimas como inhumanos.

Cuando Jesús empezó a predicar el Evangelio, no parecía tener una horquilla o bieldo como decía Juan Bautista. Más que todo demostró actitudes de compasión y compresión. Es cierto, que limpio el templo de Jerusalén con un látigo, pero el Evangelio no dice que lo utilizó para los vendedores, sino con los animales. En vez de hablar del trigo y la paja, contó la parábola del trigo y la cizaña, que se dejan crecer juntos hasta la cosecha cuando, en un juicio final, son separados los buenos y los malos, el trigo recogido, la cizaña quemada. En la parábola, los siervos preguntan, si deben arrancar la cizaña, y la respuesta es “No”, por el peligro de arrancar el trigo también. La parábola hace entender que la violencia misma, es la esencia del mal.

 2. ¿Qué debemos hacer?

Según el Evangelio, los que reconocieron a Juan Bautista como un profeta, le preguntaban: “¿Qué debemos hacer?” Entre ellos había “la gente”, “algunos publicanos” (funcionarios públicos), y “unos soldados”. A todos ellos Juan exigió la conversión, pero dio respuestas específicas y apropiadas para cada grupo. A “la gente”, le pidió solidaridad con los necesitados. A los publicanos les dijo renunciar la corrupción. A los soldados les prohibió la extorsión, la calumnia y que sean contentos con su sueldo (que supongo no era mucho).

Seguramente, ninguno de ellos se creía ser el malvado, pero desde el punto de vista de sus víctimas, la mezquindad, la corrupción, la extorsión, la calumnia, el avaricio, no sólo está mal; son malvados. Jesús, que bautiza con fuego, explicó que solamente querer hacer estas cosas es malvado y merecedor de condena.

Es interesante notar que a la pregunta “¿Qué debemos hacer?”, ni Juan Bautista, ni Jesús, sugirieron solucionar los problemas con violencia contra los malvados. No dijeron: “linchar a los violadores”; no dijeron: “quitar los bienes a los corruptos”; no dijeron “crucificar a los malvados”; no dijeron “arrancar la cizaña”.

Pero ambos dijeron: “¡Conviértanse!”

Juan Bautista dijo: “Conviértanse”, porque viene uno más poderoso, que va a quemar la paja. Jesús dijo “Conviértanse” porque el Reino está cerca. Sea por temor a las consecuencias del mal o por esperanza de salvación, el mensaje es “Conviértanse”. Para esto hay que reconocer el mal propio, hay que renunciar la propia participación en la maldad.

 3. Alégrense.

¿Qué debemos hacer frente al mal que permea este mundo y tan fácilmente nos contamina? San Pablo también nos aconseja la conversión. Pero, curiosamente, no habla de un triste arrepentimiento por nuestra desgraciada condición de pecadores. A fondo, su respuesta es el antídoto de la depresión y de la violencia.

Nos dice: “¡Alégrense siempre en el Señor! ¡Vuelvo a insistir, alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres.”

En un mundo donde la maldad persiste, ¿cómo se justifica semejante alegría y optimismo? Es por la fe en Dios, que ya mostró su amor en Cristo. Un Dios que vence al mal y a la muerte. Un Dios cercano.

“El Señor está cerca. No se angustien por nada y, en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañados de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.

Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”