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Gualberti pide a los candidatos evitar la dispersión

Monseñor Gualberti pide a los candidatos evitar la dispersión

El arzobispo llamó a poner la democracia por encima de las aspiraciones personales.

El monseñor Sergio Gualberti, arzobispo de Santa Cruz, dentro del contexto electoral que afronta el país, enfatizó ayer que los candidatos a la Presidencia  deben priorizar la salvaguarda de la democracia y la unidad. Además, evitar la dispersión ante el riesgo que existe de  recaer en sistemas  autoritarios.

“Todos los ciudadanos y en particular los candidatos, tendríamos que dejarnos iluminar y guiar por los valores de la Palabra de Dios, la vida, los derechos humanos, la libertad, el bien común, la justicia, la paz y el espíritu de servicio. Lo que tiene que primar, incluso por encima de las justas aspiraciones, es la salvaguarda de la democracia y de la unidad alrededor de programas comunes, evitando la dispersión y el peligro de recaer en sistemas autoritarios”, aseguró.

El viernes el Tribunal Supremo Electoral cerró el registro de alianzas con cinco coaliciones y al conocerse la lista oficial de las alianzas,  la población reaccionó con   diversas críticas por la falta de renovación partidaria, fragmentación y dispersión del voto opositor.

Ese día se oficializó   la candidatura de la presidente de transición Jeanine Añez.

Si bien hay quienes la apoyan, muchos otros la cuestionan, ya que argumentan que está haciendo lo mismo que se criticó en su momento al gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) con Evo Morales a la cabeza.

El arzobispo  señaló que Bolivia vivió una “intensa experiencia de unidad” desde que   la Biblia  fue reintroducida en el Palacio de Gobierno durante los días de movilización a finales de 2019. “Ese gesto tan significativo no puede quedarse como un hecho anecdótico, sino como un llamado a conocer los tesoros de la Palabra de Dios para que ella sea la luz y guía de nuestra vida personal y social”, indicó.

En ese sentido, afirmó que es importante recordar al papa Francisco cuando se refiere a la palabra de Dios desde donde se exhorta a vivir en  la caridad y que esa misma palabra es capaz de abrir  los ojos para salir del individualismo que conduce a la “asfixia y la esterilidad”, a la vez que abre el camino del compartir y de la solidaridad.

Fuente: ANF  /  Santa Cruz


 

Homilía del Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 26/01/2020

Hoy en toda la Iglesia se celebra, por primera vez, “el Domingo de la Palabra de Dios”, instituido por el Papa Francisco con una carta apostólica para “hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esa riqueza inagotable”.

Estas palabras del Papa se refieren al episodio del Evangelio de Lucas que narra que Jesús Resucitado, estando con los dos discípulos de Emaús, «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras». Llamados a revivir ese gesto de Jesús, a escuchar y reconocernos en esa Palabra y encontrar en ella la unidad superando la dispersión y la división.

En nuestro país vivimos una intensa experiencia de unidad alrededor de la Biblia cuando fue reintroducida en el Palacio de Gobierno durante los días del paro general. Ese gesto tan significativo no puede quedarse como un hecho anecdótico, sino como un llamado a conocer los tesoros de la Palabra de Dios para que ella sea la luz y guía de nuestra vida personal y social.

La Palabra de Dios para nosotros cristianos reviste una importancia fundamental. Es la Palabra creadora que existe antes del tiempo como dice el evangelio de San Juan. “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios”. Es la palabra que pone orden en la confusión y el caos del universo informe, como expresado en el relato del libro del Génesis.  Allí, cada uno de los seis días de la creación inicia con la expresión: “Dijo Dios”. La Palabra definitiva y absoluta de Dios da origen a la tierra, a todos los seres vivientes y al ser humano, vértice de su obra: “Dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza… y Dios creó al ser humano a imagen suya”. La Palabra de Dios tiene eficacia en sí misma, es hacedora,  realiza lo que dice: «Lo digo y lo hago». Y desde ese primer momento de la creación, la Palabra de Dios guía nuestra historia humana, juzga y permea las situaciones y los acontecimientos de la vida de las personas y de la sociedad.

La Palabra que crea es también la que libera, la que sacó a los israelitas de la esclavitud de Egipto y que fue entregada a Moisés en el desierto del Sinaí. Es el Decálogo de la fe en el único Dios, el Decálogo de la liberación que indicó el derrotero para que ese grupo de esclavos se organizaran como pueblo, no según la lógica piramidal de la opresión, sino en libertad y en paz en una tierra de hermanos; y es el Decálogo que nos indica también para nosotros el camino de la libertad de la esclavitud del mal y del pecado.

Llegado el pueblo de Israel en la tierra prometida, la Palabra de Dios fue anunciada constantemente por los profetas para mantener viva la fe en el Dios verdadero, la fidelidad a la Alianza y la esperanza de la venida del Mesías. Es la Palabra profética que también hoy pide igualdad, justicia, solidaridad y libertad y que denuncia con vehemencia los pecados de idolatría, de las injusticias, de las codicias y de la violencia.

La Palabra profética, cuestionadora y vibrante asume también la figura trascendente de la Sabiduría, que nos hace reconocer que nosotros somos sencillamente criaturas ante Dios el autor de la vida y Señor de la historia, el único ante quien arrodillarnos. La Sabiduría que nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios, a discernir los signos de los tiempos, a elegir la vida y el bien, y no el mal y la muerte. Es la Sabiduría del vivir bien, de las relaciones armoniosas, de  comunión y de paz en la familia, la sociedad y toda la creación.

Lo más admirable es que, al entrar en el espacio y en el tiempo, la Palabra eterna y divina puso su morada entre nosotros y asumió el rostro y la humanidad de Jesús para ser uno de nosotros, solidarizándose con nosotros y cumpliendo la voluntad de Dios: “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre Nosotros”. Los apóstoles y los primeros discípulos tuvieron la gracia de ver y testimoniar el rostro humano de la Palabra, Jesucristo imagen del Dios invisible y también de contemplar “su gloria, la que recibió del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”.

El Evangelio de hoy justamente nos presenta a Jesucristo que inicia su ministerio público en Galilea anunciando la Palabra: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. El Reino de los cielos es el reinado del amor de Dios en el corazón de todas las personas, para que vivamos nuevas relaciones de hijos con Él y de hermanos entre nosotros.

Pero Jesucristo no solo anuncia el Reinado de Dios, Él lo encarna en su persona, siendo la buena noticia para los pobres, sanando a toda clase de enfermos, perdonando a los pecadores y liberando a los poseídos por espíritus malignos. Su entrega sin límites se manifiesta en su plenitud con su muerte en cruz y su resurrección. Es la Palabra redentora y salvadora que asume sobre sí la fragilidad de nuestra condición humana para liberarnos del pecado y de la muerte y hacernos partícipes de la santidad de la vida divina. Nosotros cristianos hemos recibido gratis el don de la Palabra pero, en sinceridad, ¿podemos decir que la leemos, la escuchamos, la meditamos y la practicamos o nos conformamos con la palabra de Dios escuchada en la celebración de la Eucaristía? Si la Palabra de Dios es un don, tenemos que cuidarla con veneración, meditarla, y hacerla el pan de cada día, compartiéndola y dándola a conocer a los demás con nuestro testimonio alegre, humilde, amable y respetuoso. Al respecto el Papa Francisco nos dice que la Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre y nos pide que vivamos en la caridad que es capaz de abrir nuestros ojos para salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.

El llamado del Papa es muy oportuno, en esta etapa eleccionaria de nuestro país. Todos los ciudadanos y en particular los candidatos, tendríamos que dejarnos iluminar y guiar por los valores de la Palabra de Dios, la vida, los derechos humanos, la libertad, el bien común, la justicia, la paz y el espíritu de servicio. Lo que tiene que primar, incluso por encimas de las justas aspiraciones, es la salvaguarda de la democracia y de la unidad alrededor de programas comunes, evitando la dispersión y el peligro de recaer en sistemas  autoritarios.

Termino con las palabras finales de la carta del Papa Francisco: “Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas». Amén

Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cr