Internacional

Historia. El boliviano que intentó asesinar al Papa Paulo VI

El misterio del artista boliviano que vivió en Argentina y atentó contra un Papa.

Es Benjamín Mendoza y Amor, un pintor anarquista boliviano que murió solo, enfermo y olvidado en un hospicio para ancianos.

La desconocida noticia para el país boliviano, es recogida por el periódico argentino El Clarín y que por su importancia reproducimos a continuación.

 

A 50 años del atentado a Paulo VI

La storia: 47 anni fa il primo tentativo di uccidere un Papa

Periódico italiano que recoge la noticia

Benjamín Mendoza y Amor

Parece un sacerdote, pero no es un sacerdote. Por los rasgos, parece filipino; tiene nombre y apellido de raíces españolas, comunes en Filipinas. Pero Benjamín Mendoza y Amor no es filipino, es boliviano. Se encolumna en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Manila como tantos otros fieles católicos que han tenido acceso de privilegio para ver la llegada del Papa Paulo VI​. Pero no es uno más de los fieles católicos. Escondido en su sayal gris, como el de un misionero, aunque no es un misionero, oculta lo que bien puede ser una gran cruz de madera basta, símbolo de sufrimiento y penitencia. Pero no es una cruz: es un kriss malayo, una daga de acero de treinta y dos centímetros de acero curvado con la que Mendoza tiene planeado asesinar al Papa.

Son las nueve de la mañana del 27 de noviembre de 1970. El mundo no es el de hoy: nadie piensa que quieran matar al vicario de Cristo en la Tierra. Paulo VI baja la escalerilla del avión, es un papa viajero, llega a Filipinas desde Bangladesh, predica la paz; como secretario de Pío XII, el cardenal Montini vio ya demasiada guerra. Ahora es el pontífice que más kilómetros ha recorrido desde el inicio de su pontificado, en 1963, tras el reinado de Juan XXIII. El Papa baja la escalerilla del DC8 de Alitalia y camina unos cuantos metros, rodeado por la multitud. Es cuando Mendoza y Amor se abalanza, daga en mano, y aplica un certero golpe en el pecho de Su Santidad.

El atentado Paulo VI Nota reflejado en los diarios italianos.

El atentado a Paulo VI. Nota reflejada en los diarios italianos

Falla. O bien su golpe es débil, o bien el corsé ortopédico de Paulo VI, que alivia sus molestias lumbares, ha desviado el camino mortal del kriss malayo. El Papa sangra un poco, acaso del cuello o de la oreja; puede ser un corte, o una herida producida en el forcejeo que siguió al atentado; es una lastimadura sin importancia que no le impide seguir su camino mientras se gesta una leyenda y mientras Mendoza y Amor es sujetado, apresado, golpeado, alzado en vilo entre cuatro personas y llevado al interior del aeropuerto; le secuestran la daga en la que hay escrita una frase misteriosa: “Balas, supersticiones, banderas, reinos, ejército, mierda y mediocridades”.

La leyenda dice que el dictador filipino Ferdinando Marcos salvó al Papa. No es verdad. Marcos estaba lejos, en el palco en el que esperaba a Paulo. La leyenda dice que quien libera al Papa de la pasión furiosa de su asesino es un joven cardenal americano, Paul Marcinkus, que iniciará desde ese día su veloz carrera diplomática en el Vaticano que terminará en los enredos de la Banca Ambrosiana y la logia masónica P2. Es posible. La leyenda afirma que fue Sou Kwan Kim, arzobispo de Seúl y cardenal de San Felice da Cantalice a Centocelle quien cubrió con su cuerpo el pecho del papa y ayudó a desviar el golpe mortal. Es más que probable. Lo corroboró el propio magnicida. Pero Mendoza y Amor dijo tantas cosas… Lo que la leyenda no dice es lo real: Mendoza y Amor es un artista anarquista, tal vez desquiciado, sospechado de haber trabajado para los servicios de información de Estados Unidos, un inorgánico de la CIA en su Bolivia natal; dotado para el dibujo, cultor del surrealismo, que se sentía atraído por la muerte y que expuso sus obras en la Argentina, donde vivió algún tiempo entre cierto esplendor y la miseria.

Ésta es su historia y, en parte, la nuestra

Mendoza y Amor había nacido en La Paz el 31 de marzo de 1933. Era un miembro de la etnia aymará, la de Evo Morales, con una madre que se prostituyó para darle educación a sus hijos, en especial al benjamín, que además se llamaba Benjamín, como el hijo menor y preferido del patriarca Jacob. Estudió en el prestigioso Colegio Salesiano de Ayacucho, el mismo en el que se educaron once presidentes y ministros de Bolivia. Fue entre esas paredes donde Mendoza descubrió el fascinante sortilegio del surrealismo y una capacidad especial para dibujar con las dos manos. El resto fue sencillo: unió surrealismo y arte para decidir que sería un pintor, y que su misión sería la de demostrar a través de su arte, la injusticia del mundo y sus miserias permanentes. Era un chico taciturno, de baja estatura, 1,64, acaso con una melancolía temprana, esas que auguran los peores destinos. En sus años jóvenes trabajó en La Paz para la entonces USIS; la agencia de información de los Estados Unidos, con estrecha conexión con la CIA que dirigía Allen Dulles en aquellos años inquietos de la Guerra Fría.

Benjamín Mendoza y Amor, nació en Bolivia y vivió en Argentina.

Benjamín Mendoza y Amor nació en Bolivia y vivió en Argentina

Mendoza y Amor supo hacer buenos contactos ligados a su actividad artística una vez que escapó de un destino que supo no era para él: entre 1952 y 1953 fue cadete de la Escuela de Aviación de La Paz. En 1959, a sus 25 años, representó a Bolivia en la V Bienal de Arte de San Pablo. Pero su horizonte le indicaba otro país: Argentina, el país más “europeo” del continente, el que siempre piensa en París, una meca de la cultura sesentista en la que empiezan a soplar fuertes vientos de cambio.

En febrero de 1961, Mendoza y Amor vive el verano en Mar del Plata. Está corto de dinero, lo que su presencia física no le da, se lo entrega su capacidad de convicción. No es un carismático, es un insistente. Para pagar su estada en esa ciudad, meca de la clase media, un pedazo de Niza en el Atlántico Sur, pinta un par de murales en el hotel en el que se hospeda, que se llama “Manila”. Para que después digan que el destino no juega a los dados.

Ya en Buenos Aires se inscribe en la Escuela de Bellas Artes, donde dura lo que un suspiro, y extiende sus redes para alcanzar uno de sus sueños: exponer en alguna prestigiosa galería porteña. Lo consigue. Primero expone sus obras en el Concejo Deliberante, viaja a Bariloche para exponer en el Hotel Llao Llao y al final le abre sus puertas la galería Witcomb de la calle Florida. Atrás habían quedado meses de malaria en los que intentó vender sus cuadros en San Telmo, vivió en cuchitriles andrajosos, fabricó autorretratos en una peluquería de señoras y pintó a la acuarela paisajes anodinos en un restaurante de la calle Corrientes, a cambio de comida.

Para cuando le llega el éxito que presuponía exponer en la galería Witcomb, Mendoza y Amor había conocido a un curioso personaje de la Argentina: Raúl Barón Biza, un bon vivant de extraña personalidad, escritor, pornógrafo, millonario, provocador, supuesto izquierdista con orígenes en el radicalismo, autor de una novela, “El derecho de matar”, que escribió cuando en 1933 estaba preso por oponerse a la dictadura militar que había derrocado a Hipólito Yrigoyen. Barón Biza y Mendoza y Amor parecen almas gemelas. El play boy argentino le compra un cuadro al pintor boliviano, que todavía no piensa en atentar contra una jerarquía de la Iglesia “para desnudar su hipocresía”. El cuadro se llama “El Alba de los Tiranos”, una alegoría que pretende desnudar el drama de la guerra, la destrucción, la muerte, la esclavitud, la miseria y los abusos del poder. A la hora de exponer en Witcomb, Mendoza le pedirá prestado “El Alba…” a Barón Biza que prepara otro libro: “Todo estaba sucio” y le pide a Mendoza y Amor que lo ilustre. Así va a figurar en la tapa, en letra chica: “Ilustró Benjamín Mendoza”. El libro se va a publicar un año antes de la muerte de Barón Biza, escandalosa como su vida: a punto de divorciarse de su segunda esposa, Rosa Clotilde Sabattini, hija de uno de los pilares del radicalismo cordobés, Amadeo Sabattini, la citó a una reunión con abogados para ajustar los detalles de su separación, le arrojó una copa de ácido a la cara, la desfiguró y poco después se pegó un balazo en la cabeza. Fue el 17 de agosto de 1964. Para entonces, Mendoza y Amor ya no estaba en la Argentina.

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor.

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor.

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor.

Las pinturas de Benjamín Mendoza y Amor

Todas las amistades que cosechó en el país durante aquellos años, borraron todo rastro de su relación con Mendoza inmediatamente después del atentado contra Paulo VI. La prensa que, como en todo el mundo, se ocupó en aquellos días de Mendoza, recordó su paso por la Argentina pero no unió su particular relación con Barón Biza y sus visitas al excéntrico escritor en sus oficinas de la 9 de Julio. Los rastros que Mendoza deja en la Argentina, los que no fueron sepultados por sus protagonistas, son escasos: un retrato de la modelo Kouka Denis, musa de Yves Saint Laurent, que conservaba también un cuadro firmado por Mendoza y Amor, y una despedida que, en marzo de 1963, antes de su viaje a Estados Unidos, publica Juan Carlos Colombres, Landrú, en su célebre revista semanal “Tía Vicenta”. El texto del breve artículo tiene el sello inconfundible del inolvidable Landrú y está ilustrado por una foto de Mendoza. Dice: “Parte sin dolor hacia New York el pintor surrealista boliviano Benjamín Mendoza y Amor. Buen viaje, demonio. Y que vendas muchos cuadros”.

Por qué deja la Argentina Mendoza y Amor; por qué elige viajar a Estados Unidos; quién paga su pasaje, sus gastos, su estadía; quién le abre las puertas de aquel país son algunos de los muchos interrogantes que rodean para siempre su personalidad enigmática.

 

Tal vez no haya vendido muchos cuadros en Estados Unidos, como deseaba Landrú, pero sí expuso en Boston, Chicago, Washington, Los Ángeles y en Honolulu. En Hawai vive tres años en los que deja reflejados en sus acuarelas paisajes bucólicos, nativos aguerridos, animales típicos, niños de sonrisas pícaras.

En 1967, cuando aún faltan tres años para que intente asesinar a Paulo VI, Mendoza y Amor está en Tokio. Viaja a Hiroshima, visita la China insular de Chiang Kai Shek y la Honk Kong británica en la China continental de Mao Tsé Tung, todos escenarios cercanos a otra guerra en pleno apogeo: Vietnam.

En 1969 se instala en Manila, donde reina a su antojo el régimen de Ferdinando Marcos y de su mujer, Imelda. Hasta allí llega una sugestiva periodista del Daily Mirror que lo entrevista en el legendario café “Indios Bravos” de la capital filipina. La periodista es Caroline Kennedy, hija del presidente asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Mendoza y Amor, que ya padecía entonces el trastorno de personalidad disociada que recién le será diagnosticado años después, ya tiene en mente otras misiones que juzga más trascendentes que la de explicar el surrealismo fascinante a Caroline Kennedy. Así es como el 27 de noviembre de 1970 se viste como un sacerdote, toma su puñal malayo y va a esperar a que Paulo VI llegue a Manila.

Lo juzgaron y condenaron de enseguida, cuando su nombre todavía no había bajado de las primeras planas de los diarios del mundo. En su alegato, Mendoza y Amor dio dos argumentos para intentar explicar su atentado. Primero dijo que hacía tiempo que quería matar a Paulo VI porque alentaba la superstición. Y que luego iría por la vida del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Después, cambió su testimonio y dijo que nunca quiso dañar al Papa, que no se trataba de una muerte física, sino de “una muerte simbólica”, la rebelión de un surrealista hacia la religión, un desafío al fetichismo idólatra de la religión.

 

Desde el Vaticano, Paulo VI perdonó a su agresor, que es lo que hacen los Papas. Entonces Mendoza pide que levanten sus cargos por intento de homicidio. Fracasa. En febrero, como protesta, quema una Biblia frente a los tribunales de Manila porque “no lleva consuelo a la gente”. El 21 de abril de 1971, el juez Pedro Bautista lo condenó sólo por tentativa de homicidio; algo pasó durante el proceso: al parecer la daga malaya se había convertido en un cuchillo de goma, un verdadero milagro para recurrir a una parábola fácil, y como nadie había sido herido de gravedad, el intento de homicidio había quedado reducido a un incidente. Total, que le caen cuatro años de cárcel y deportación inmediata ni bien termine su condena y pise la calle.

El tipo quema; le quema al dictador Marcos, le quema al sistema judicial filipino; es una sombra oscura a la que todos quieren ver lejos, a ser posible ya de regreso, en su lejano país de origen. Mendoza entró a la prisión de Quezón City con dos palomas en las manos y una Biblia. Sus cuadros, que habían sido expuestos en el Museo Nacional de Filipinas y en la Biblioteca Nacional sin que nadie se interesara por una sola de sus acuarelas o de sus óleos, se vendieron en diez días. Y después, que hablen del fetichismo de las religiones.

Al magnicida le faltaba todavía una última conexión con la Argentina. En 1974, cumplida ya su condena y enviado a Bolivia con custodia rigurosa, el avión hace escala en Papeete, capital de Tahiti. En ese mismo aeropuerto hace escala otro avión que acerca de regreso a la Argentina a Armando Bo y a Isabel Sarli. Ambos vuelven de una extensa gira por Oriente, son los niños mimados de la Warner Brothers que les abrió las puertas de Hollywood en contraste con la censura Argentina, sumida entonces en la violencia tras la muerte de Juan Perón.

El testimonio que sigue está tomado de la obra del ensayista Christian Ferrer, “Barón Biza – El Inmoralista”. Contó Armando Bo: “¿Sabés a quién conocí cuando tomé el avión de Tahití a Lima? A Mendoza y Amor, ese pintor que hace unos años atentó contra la vida de Paulo VI en Manila. Estaba herido, le chorreaba sangre en la barriga y me preguntó si no tenía algún calmante, Hurgué todos los bolsillos, pero ni una aspirina encontré. Mendoza viajaba custodiado por policías de civil. En tono confidencial le pregunté por qué había cometido aquella barbaridad y me respondió que fue un arranque de locura. Traté de comprenderlo sin juzgarlo. Yo soy cristiano. Y sé que, como ser humano, ese hombre merece castigo y también respeto. Pero te juro que me sentí mal, muy mal. Mal por él, mal por la incomprensión que de pronto nos envuelve y contagia; y me sentí mal, enojado conmigo mismo”.

Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, junto al papa Paulo VI

Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, junto al papa Paulo VI

Cuando Mendoza y Amor llegó a Bolivia supo entonces que poco después de su intento de asesinar a Paulo VI, una turba enfurecida había linchado a su madre y a sus hermanos y puesto fuego a su casa. El remordimiento lo persiguió de por vida. Se aisló en la Cordillera, en las plantaciones de coca de los aymará. Pero enseguida volvió a las andadas y a su pasión por viajar: en 1975 está en Brasil, aparece después en Venezuela, viaja ese mismo año a Marruecos, Túnez y Libia, con sus pinturas a cuestas y una nueva simbología en sus telas y cartulinas: revela un Eros de espanto, un erotismo del horror, sostiene que el amor es “una voz que canta nuevos crímenes”.

Ese mismo año llega… ¡a Roma!, la ciudad que alberga al Vaticano y donde el cardenal Montini es todavía el Papa Paulo VI. Allí vive los seis años siguientes. Pinta y expone, entrega su hoja de vida en galerías de arte y dependencias oficiales sin mencionar ni su estancia en Manila, ni el cuchillo malayo, ni su intento de asesinar al Papa en 1970. Se mueve con tranquilidad en esa ciudad, aunque su foto figura en todas las comisarías, sindicado como un sujeto de peligro. ¿Quién lo protege? ¿Quién ejerce sobre él tal conveniente olvido?

El 13 de mayo de 1981 el destino de Mendoza y Amor se tuerce otra vez, Al medio día, en plena audiencia pública multitudinaria en la Plaza de San Pedro, el turco Mehmet Alí Agca le mete un balazo en el estómago al Papa Juan Pablo II. El mundo se paraliza. El único que corre es Mendoza y Amor. Sabe que tiene que huir de Italia y esa misma tarde toma un avión presuntamente hacia Brasil. Se va con lo puesto. En el departamento en el que vive deja todo: ropa, recuerdos y sus obras pictóricas. Tiene 48 años de vida errante y misteriosa.

Su rastro vuelve a perderse en los arrabales del continente hasta 1989, cuando llega a Perú en calidad de refugiado sin cartera, sin título, sin perseguidores. Su salud mental está deteriorada. No tiene a nadie. No tiene nada. Benjamín Mendoza y Amor murió el 2 de agosto de 2014 en Lima. Tenía 81 años. Vivía solo, olvidado y enfermo, en una habitación de un hospicio estatal para ancianos.

LA PRENSA RECOGIÓ EL HECHO DE ESTA MANERA

Papa Paolo VI, appena atterrato a Manila, è scampato ad un tentativo di accoltellamento