Análisis

Javier Gómez Graterol, religioso: ¿Faltar al nuevo mandamiento es pecado?

Un joven de 14 años, Ásperger, me hizo la pregunta con la que titulo mi artículo de hoy. Mi primera reacción ante tal cuestionamiento, a mi modo de ver, de alto calibre teológico, fue la de compadecerme de los maestros de catecismo que tengan que responder preguntas así, me los imagino sudando la gota gorda para responderle.

Dijo Jesús: Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como Yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros (Jn 13, 34). Ya había un mandamiento similar, que incluso el mismo Jesús citó como respuesta cuando le hicieron la pregunta “¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,36), Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,37–40; cf Dt 6,5; Lv 19,18). Luego reforzó la segunda idea idea en el sermón de la montaña: «Por tanto, todo cuanto quieran que los hagan los hombres, háganselo también ustedes; porque esta es la Ley y los profetas» (Mt 7, 12).

La más corta respuesta que puedo dar es mediante la cita: “ama y haz lo que quieras” de San Agustín, es decir, más que un “mandamiento” es una invitación a ser libres. Es una invitación a encontrar el sentido de la vida: nacimos creados por y para Dios. El propósito de la vida es amar, de hecho, dice san Juan de la Cruz “A la tarde te examinarán en el amor”.

La Ley quedó superada en Cristo, y dejó de ser necesaria (Gál 5,4; 24-26), porque ella alcanzó su plenitud en Él. Al mandamiento amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gál 5, 14), Jesús lo llevó a un grado mayor cuando se puso por ejemplo, y por ello prácticamente lo hizo nuevo: Ámense los unos a los otros “como Yo los he amado”.

Amar como Jesús nos ha amado es también un reto. El “como a nosotros mismos” es, desde ese “nuevo mandamiento” un límite inferior. San Pablo dice que amar hace libre y es lo que realmente importa: Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve (1Cor 13). Así que, más que preguntarnos si es pecado o no (pregunta muy válida e inteligente) se trata mejor de concienciar que, quien no ama, desperdicia su vida.

Autor: Javier Gómez Graterol, religioso / periodista

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