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Reflexión dominical: Pastores y misioneros que partan el pan

Pastores y misioneros que partan el pan

En Bolivia finalizó el sábado pasado el V Congreso Americano Misionero con un balance extraordinario en participación, profundización y debate sobre el tema de la identidad misionera de la Iglesia en nuestros días en el continente americano. La alegría del Evangelio fue el tema estrella, pues ambos puntos estaban en el lema del mismo. De las conclusiones del mismo saldrán orientaciones específicas para la conversión misionera de la comunidad cristiana en los próximos años. Sin embargo la gran alegría que predominaba en el ambiente no era ajena a los diversos dramas por los que pasa América en estos momentos de la historia. Por eso se hizo un comunicado de solidaridad y de denuncia durante el Congreso, aludiendo a estas situaciones dramáticas. La ausencia más significativa fue la de Nicaragua, cuyos delegados no pudieron asistir debido al conflicto social y político que ha provocado ya centenares de muertos en el país hermano de Centroamérica.

El dolor de Nicaragua junto con el de las Iglesias hermanas, de Venezuela, de Haití, el dolor de las muertes provocadas por el enfrentamiento de las maras en Honduras, el de los refugiados y emigrantes en las fronteras de Estados Unidos y México, el dolor por la indiferencia y el silencio que condenan a los pobres e indefensos en todos los países de América y todo el dolor provocado por la violencia, la injusticia y la muerte en nuestros países, estuvo siempre presente en el V CAM donde se dio un comunicado de solidaridad con los que sufren y de denuncia de los causantes de tanta injusticia titulado: “Cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre”. El Evangelio es alegría y justicia, alegría y verdad, alegría y respeto por los derechos de todos. Mediante el comunicado se hizo un rechazo contundente a la violencia y un llamado urgente a la verdad, a la justicia y a la paz, al respeto a la dignidad humana y a la vida.

También sobre todas estas situaciones de multitudes necesitadas en el continente, y con particular connotación a la de Nicaragua, con gran fuerza profética y corazón emocionado, se manifestó en la homilía de la Eucaristía de clausura Mons. Sergio Gualberti, arzobispo anfitrión del evento, que utilizando la imagen de Isaías (Is 2,1-5), invitó a subir juntos a la montaña de la Casa del Señor, “la montaña de la libertad, de la esperanza y de la democracia participativa y real, versus los populismos caudillistas y totalitarios, que en algunos de nuestros países mantienen a la población en una situación de postración, de opresión y de muerte”, denunció las situaciones de injusticia y rechazó la “explotación irracional e indiscriminada de los recursos naturales que han causado heridas mortales a ‘nuestra hermana madre tierra’ y cuyas primeras víctimas son nuestros hermanos indígenas quitándoles su hábitat vital”. Asimismo reclamó la búsqueda de la paz y contrarrestar los gastos militares del armamentismo y clamó por una justicia que pueda vencer la pobreza, que “todavía mantiene en condiciones infrahumanas a una cantidad demasiado grande de hermanos en nuestro Continente”, fruto de un “sistema injusto y mercantilista”, “sistema que descarta a ancianos, a niños huérfanos y abandonados, a tantos hermanos pobres e indefensos”.

De multitudes necesitadas habla también el evangelio de Marcos este domingo en la introducción al reparto prodigioso de pan entre cinco mil personas (Mc 6, 30-34). La reacción de Jesús en esta escena evangélica puede aportar una gran luz sobre las actitudes a adoptar ante las masas de pobres que viven en nuestros pueblos y ciudades y ante la ingente muchedumbre de emigrantes y de parados que buscan trabajo en el mundo. Jesús se iba en barca por el mar buscando un lugar para descansar un poco con sus discípulos, pero percibió la presencia de las gentes, vio una gran multitud y se conmocionó interiormente. Su mirada profunda, su amor apasionado y compasivo y su sensibilidad humana y social le permiten captar el estado preocupante de los allí presentes y descubrir la causa principal de su situación: “porque estaban como ovejas que no tienen pastor”.

Con esta imagen típica del Antiguo Testamento y aludiendo a la función dirigente de los pastores el evangelio revela la responsabilidad de los dirigentes sociales, políticos y religiosos en la penosa situación de la muchedumbre, que el texto paralelo de San Mateo describe como extenuada y abatida (Mt 9, 36). Ésta es también una imagen válida para representar lo que en este momento pasa en nuestro mundo, en el cual hacen mucha falta auténticos pastores apasionados, compasivos al servicio de los demás y especialmente de los que sufren.

Agotados y mal atendidos, explotados y maltratados, los seres humanos que sufren las consecuencias de la gran crisis económica de nuestro mundo y del sistema social en el que vivimos se cuentan por millones. Son los hambrientos y desnutridos de la tierra, los emigrantes en cualquier país del mundo, son los indigentes y desheredados en sus múltiples expresiones sociales, todos ellos, también “como ovejas sin pastor”, son un exponente claro de la desastrosa distribución de la riqueza de la tierra y reclaman por ello la atención de los creyentes, de los pastores y de los dirigentes sociales y políticos de este planeta. El profeta Jeremías acusa abiertamente a los malos pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas del rebaño, los emplaza a una severa toma de cuentas en nombre de Dios y anuncia la llegada de un Rey-Pastor que hará justicia y derecho en la tierra (Jr 23, 1-6).

Varios elementos podríamos destacar en la respuesta de Jesús ante la situación de la multitud. La primera reacción de Jesús es su profunda conmoción al ver lo que le pasa a la gente y descubrir por qué la multitud está como ovejas sin pastor. Esa mirada en profundidad de Jesús revela la misericordia entrañable y compasiva de Jesús, que como tantas veces en los evangelios, va desvelando el amor de Dios en él y su concentración en los últimos de la sociedad, en los descartados y en los pobres.

El Evangelio expresa ese amor con un término específico como reacción de Jesús ante los marginados: “Conmocionarse”. Otras traducciones dicen “sintió compasión”, “lástima” o “se compadeció”. En todo caso se trata de un verbo que implica un movimiento profundo, físico, interior, desde las entrañas, como cuando decimos “me da un vuelco el corazón”. Es un amor que nace de las vísceras y es apasionado. Es un amor que afecta a toda la persona y la pone en movimiento hacia la persona amada. Es un amor profundamente espiritual, puesto que pone en marcha al ser humano para actuar atendiendo con la fuerza del espíritu a la persona sumida en la miseria humana. Ese mismo verbo lo encontramos en las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano, en la actitud de Jesús ante la marginación del leproso, y en esta escena de Jesús ante la multitud hambrienta y ante la multitud abandonada como ovejas sin pastor. Es, por tanto, el verbo del amor, protagonista en el corazón de Jesús, que muestra la misericordia entrañable y liberadora de Dios, curando, ayudando, perdonando y acogiendo a los necesitados y marginados. Con el papa Francisco ya lo podemos traducir como “misericordear”. Así se ha propuesto en el Instrumento de trabajo del V Congreso Americano Misionero que acaba de concluir.

Aunque pueda parecer extraño, en esta ocasión evangélica la actuación de Jesús al afrontar la situación de dispersión y desorientación de las “ovejas sin Pastor” es la de enseñar intensamente. No se trata tanto de enseñar muchas cosas, sino de enseñar bien y mucho sobre lo más importante de la vida. Enseñar es una de las grandes tareas de la misión permanente de la Iglesia. Enseñar lo esencial acerca del Reino de Dios, enseñar los grandes valores sobre los que se puede orientar la auténtica transformación del mundo. Enseñar la más profunda verdad sobre el Hombre también en estas circunstancias históricas, nacionales e internacionales, económicas y políticas.

En el evangelio no se indica el contenido de la enseñanza de Jesús, pero de la escena siguiente se puede extraer la gran lección del Señor, pues no cabe duda de que el gran signo del pan partido y repartido en su dimensión pedagógica anuncia en Jesús la realización del tiempo mesiánico de un Pastor Justo, que mediante la partición y distribución de los panes, entiéndase de los bienes disponibles, propicia el gran milagro de la satisfacción sobreabundante de las multitudes hambrientas y errantes. En esa gran lección para el mundo nos recrearemos en los próximos domingos dedicados al pan partido como pan de vida.

Para saciar en nuestro tiempo a dichas multitudes es urgente que los dirigentes políticos y sociales tengan en cuenta la magnitud del problema de la desigualdad en la distribución de la riqueza entre los pueblos del planeta, que asuman criterios de igualdad en el reconocimiento de todos los derechos, políticos, sociales y económicos para todos los inmigrantes, que gestionen una política internacional capaz de propiciar el desarrollo de los pueblos extremadamente pobres y que eliminen las barreras reales del desarrollo económico de los países empobrecidos mediante el establecimiento de relaciones comerciales más justas entre los pueblos de la tierra y, sobre todo, mediante el cambio fundamental de criterios en la organización de la economía internacional.

El problema actual del mundo no es sólo la crisis económica, sino la crisis de un sistema global, también económico y social, que ha hundido y sigue manteniendo en la miseria a una inmensa mayoría de la humanidad, que todavía anda “como ovejas sin Pastor”. Nos hacen falta pastores que se hagan pasto para los demás y que no descarten a ningún ser humano. En el Señor Jesús y en su enseñanza, recogida en los Evangelios, debemos concentrar nuestra atención y nuestra palabra para seguir dando respuesta a las necesidades reales de las multitudes en un mundo desorientado y sin rumbo. Quiera Dios, y por ello debemos orar y trabajar los creyentes, que los protagonistas del sistema económico internacional y los dirigentes sociales y políticos de nuestros países, especialmente en Latinoamérica, busquen y escuchen la Verdad acerca del hombre, respeten la dignidad y la libertad de todo ser humano, construyan y fortalezcan estructuras de solidaridad y de servicio a los más descartados.

En ese mismo sentido, una de las propuestas emblemáticas del V Congreso Americano ha sido promover la institucionalización de una estructura de comunión eclesial con los pobres denominada la “Koinonía Eucarística con los pobres”, para compartir con ellos, con criterio evangélico y evangelizador, y con el carácter universal de la misión delineada en el decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II, las aportaciones de cada Eucaristía, de modo que el 50 % de lo recaudado sea siempre para las necesidades de los más pobres.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura