InicioArchivoEn memoria de Ángel Gelmi, obispo auxiliar emérito de Cochabamba. Q.D.D.G.

En memoria de Ángel Gelmi, obispo auxiliar emérito de Cochabamba. Q.D.D.G.

Presentamos las palabras que Mons. Eugenio Coter, Vicario Apostólico de Pando, pronunció durante el funeral de Mons. Ángel Gelmi, obispo auxiliar emérito de la Arquidiócesis de Cochabamba, que tuvo lugar en la Basílica de Gandino, su pueblo natal, el pasado lunes 20 de junio. La traducción es de Ariel Beramendi.

 

 

Trazar en pocas pinceladas la figura de Mons. Ángel Gelmi, es realmente un gran desafío no tano por la complejidad de la persona sino por la intensidad con la que vivió los años que el Señor le regaló.

Nació bajo la sombra de la guerra en abril de 1938, tuvo como cuna la pobreza y creció junto a su madre, hermanos y hermanas. Con solo 11 años quedó huérfano de padre, que falleció el 5 de diciembre de 1949, a esa edad entra al Patronato San Vicente que se transforma en su nueva familia hasta el punto que allí todos lo reconocen como un “hijo espiritual de Don Bepo”, que era el fundador.

 

Recién ordenado sacerdote, el 28 de junio de 1968, partió para Bolivia, llegando por primera vez a La Paz. Las montañas, que siempre amo y que eran parte de su vida desde que nació en Gandino, ahora en Bolivia eran más sinuosas y majestosas; y padre Ángel las recorre al derecho y al revés, las domina con sus brazos, piernas – y sobre todo – fuerza que Dios le había dado. Justamente allí él se encuentra a sí mismo y encuentra a Dios en la gente campesina que inmediatamente hace “los suyos”.

 

La pobreza en la que había crecido lo forja y le hace capaz de amar a los pobres soportando los límites de la pobreza (y tantas veces la miseria) suponen. Como los campesinos de las alturas le vimos dormir sobre la tierra, sobre cueros viejos de oveja y cubierto sólo con un poncho, tantas veces sentado en unos cuantos adobes o protegiéndose del viento detrás de un muro… allí, con una taza o un plato de lata él nos invitaba a terminar todo los que nos daba de comer para no ofender a quien compartía con nosotros lo poco que tenía. Tal vez debido a la experiencia de su niñez siempre fue disponible para ellos: con los pobres y en la pobreza se sintió siempre “en casa” y en “familia”.

 

Inspirado en la figura de don Bepo, de quien se sintió siempre acogido y amado, fue capaz de hacer sentir bien a los pobres con los que se cruzaba: su vestimenta, su casa y sus costumbres le hicieron sentir parte de ellos, incluso su Quechua era popular, les tocaba el corazón y se quedaban prendidos de sus palabras, bastaba mirar sus rostros cuando les hablaba.

 

Un sacerdote escribió un artículo titulado Angelo, il vescovo povero” (Ángel, el obispo pobre) recordando un encuentro de bergamascos en Bolivia en el que Mons. Gelmi relató que su decisión de vivir en las montañas fue provocada por los niños del camino que sube de Cochabamba a La Paz, ellos se contendían con los perros, los pedazos de pan que los pasajeros arrojaban desde las ventanillas del bus. Habían pasado más de 20 años desde ese entonces pero cuando lo contaba todavía se conmovía como la primera vez.

 

Recuerdo que en agosto de 1989, cuando yo mismo vi por primera vez esa escena, junto a dos jóvenes de Gandino, que lo visitaban, él quiso que les compráramos patatas, incluso con sobreprecio, pero no quería que les arrojáramos pedazos de pan porque eso no resolvía la pobreza y les quitaba la dignidad.

 

Con ese espíritu fue que sobre las montañas nacieron colegios, comedores, escuelas y centros pedagógicos, los caminos abiertos a pico y pala, los esfuerzos para llevar agua a los pueblos y a los cultivos. Pero no fueron solo obras materiales: Este amor nacía del amor a Dios, sabía que si el Señor no estaba en el corazón no se podría vencer la pobreza y no podría amar de verdad a los pobres: Ellos necesitaban pan y necesitaba de Dios. Por este motivo se comprometió en un trabajo intenso, sobre todo de formación con los catequistas, siempre recordaremos los grandes congresos rurales para Pascua y Navidad enfocadas en la formación, la espiritualidad y la celebración.

 

Para ellos escribió cancioneros en quechua y compuso tanta música para las celebraciones litúrgicas y los encuentros de oración. En los últimos tiempos de su vida en Cochabamba, cuando ya no tenía las condiciones físicas para una actividad tan frenética, se dedicó a traducir más de un centenar de artículos de catequesis que sirvieron como base para un manual de formación de catequistas de las zonas rurales.

 

Mientras viajaba por las montañas, por esos caminos sinuosos y peligrosos, su diversión era desgranar el rosario y luego cantar a las montañas que le recordaban sus raíces y lo transportaban a su infancia.

 

Era simple pero no banal, pobre pero no inculto, hombre de acción y reflexión, con un corazón grande para Dios y para las personas que se le confió como sacerdote y después como obispo.

 

Un día le pregunté cuál fue su reacción cuando lo nombraron obispo: él aclaró que non se quedaría en la ciudad detrás de un escritorio, aceptó de ser obispo por los caminos de las montañas, sintió que no podía excusarse por el amor que le tenía a la gente y por la fidelidad al Evangelio y a los dones de Dios. Era consiente que esta decisión le traerían sufrimientos y nuevos cansancios, y aunque no lo deseaba asumió con obediencia aquello que la Iglesia le estaba pidiendo. Modificó parcialmente su actividad pero no el estilo de ser y de hacer, encontraban su gratificación cuando veía que la gente se sabía valorizada al recibir la visita “inclusive del Tata Obispo”.

 

Los últimos años que vivió en Bolivia tuvo que dedicarse a las tierras tropicales del Chapare que pertenecían a la Arquidiócesis de Cochabamba, las enormes distancias y el clima no facilitaban ese trabajo, pero los campesinos habían migrado allí desde las montañas y bastaba eso para ir hacia allá, cuando debía celebrar las confirmaciones. Tenía un sueño importante: construir un gran templo en uno de esos pueblos de la selva.

 

Pero una noche del año 2010, mientras visitaba en una de estas comunidades para confirmar a los jóvenes, tuvo una caída desastrosa desde el primer piso de una casa y lo transportaron de emergencia a la ciudad. Fueron días de gran sufrimiento físico entre las operaciones y la fisioterapia.

 

Para Mons. Ángel había iniciado el declino y empeoramiento de su salud, y paulatinamente toma conciencia de su situación, pero decide ser fiel a su servicio al menos hasta cumplir 75 años de edad como prescriben las leyes eclesiales y las costumbres de la Iglesia. Así, pone en orden sus obligaciones, sus pertenencias y y sobre todo se organiza con las personas que lo han acompañado: él que siempre dispuso ahora debía dejarse ayudar. Entiende con sufrimiento que el tiempo de “hacerse todavía más pobre” era iniciado, el sentido del oído lo abandona y su camino se hace más difícil porque progresivamente queda asilado. Para él se abre el tiempo de la oración y de la espera, hasta entregarse a su único Gran Bien que llena de plenitud cualquier pobreza: El Señor.

El Arzobispo emérito de Cochabamba, Mons. Solari, escribió al obispo de Bérgamo, mons. Franchesco Beschi:

“Señor Obispo, uno después del otro los grandes misioneros de Bérgamo se están yendo, los misioneros de la fe y de corazón inmenso como aquel del Papa Juan XXIII: Berto, Berta, Ferrari y ahora Gelmi.

Todos ellos estuvieron marcados por la generosidad, de la coherencia de vida, del amor por los pobres, los huérfanos, los marginados, los encarcelados y los campesinos. Es como una rosa de pétalos completos. Así, el Evangelio ha sido vivido en plenitud y si ha hecho carne en el corazón de tantos fieles que los han conocido y han sido marcados de su gran amor.

La Iglesia de Bérgamo todavía está luminosamente presente en la Iglesia de Cochabamba, y la Iglesia de Cochabamba está presente en la Iglesia de Bérgamo con tanta gratitud y un inmenso amor fraterno.

Juntos vivimos el dolor de la partida de mons. Gelmi y juntos celebramos la vida y el testimonio de este santo Obispo Boliviano-Bergamasco.”

 

Mons. Ángel: ahora es tiempo de ir viajar hacia lo alto, pero esta vez es el mismo Dios que te lleva – como reza el salmo – sobre las alas del águila.

Mons. Eugenio Coter

 

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